12/05/2008
13- Tony

Pegó las solapas de la caja con el último trozo de cinta aislante y precintó sus recuerdos. El adhesivo era blanco y liso, pero bien podría haber sido uno de esos que utiliza la policía para acordonar la escena de un homicidio: prohibido el paso, crimen pasional.
Aquella caja de cartón estaba repleta de cosas que por algún motivo le recordaban a Amandine. Allí descansaban los libros que le había ido regalando, todos con su dedicatoria escrita con la típica letra esponjosa de niña buena, las entradas de las películas que habían ido a ver juntos, los gorritos del cotillón que utilizaron en la fiesta de inauguración del piso, las notas que acostumbraba a dejar por toda la casa recordando todo tipo de asuntos o simplemente diciéndole lo mucho que le quería, el tanga que le había regalado después de la primera noche que pasaron juntos en su pequeña habitación de estudiante, cuando todo era misterio y ganas de agradar, cuando quedaba todo por descubrir.
Dentro estaban también los vasos de diseño que les habían regalado los amigos de Amandine. Podía recordar perfectamente el día en que se los dieron entre risas y buenos deseos. En un momento dado alguien dijo que si la cosa no salía bien, los vasos se los quedaba Tony. Y allí estaban, dentro de una caja de cartón a la espera de ser sepultados en uno de esos lugares limbo que son los trasteros.
Agarró la caja, la apiló sobre las otras 6 y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared donde antes había estado el sofá. Contempló el salón. Lucía desangelado; parecía más grande. La atmósfera de las casas vacías siempre le había resultado inquietante. Las habitaciones estaban para contener muebles, cosas personales, y si no era así, se convertían en espacios muertos carentes de sentido. Mudarse equivalía a extirparle el estatus de hogar a una casa, era retornarla a su función de mero habitáculo inerte. Los objetos se iban, los sueños se quedaban atrapados en 75 metros cuadrados.
En un arranque de infantilismo idiota tal vez impulsado por las cervezas que yacían a medio acabar a sus pies, Tony pronunció la palabra eco. Y efectivamente, los muros desprovistos de muebles le devolvieron el eco de su propia voz. Su propia voz le sonó extraña. Un sonido lastimero y apagado que reverberó en su cabeza, rebotando una y otra vez contra las paredes del cráneo. Sentía que le iba a estallar. Había pasado las tres últimas noches refugiado en casa de Alex, incapaz de afrontar la soledad ártica de aquel piso. Pero ya era hora de dar carpetazo al asunto, de cauterizar la herida o por lo menos, de coserla aunque por dentro la infección siguiera su curso.
Se levantó movido por el único impulso que era capaz de romper la pátina de desidia que le recubría: las ansias de fumar. Palpó el pantalón esperando encontrar el reconfortante bulto del paquete de tabaco, pero sus bolsillos estaban vacíos. Rápidamente cayó en la cuenta de que en la habitación grande debería haber un cartón a medio terminar. Pero ese era territorio vedado. Después de pensárselo dos y tres veces, tragó saliva y enfiló el pasillo hasta el cuarto que había compartido con Amandine.
Poco quedaba en él de ella. Ni de nada. Apenas la enorme cama de matrimonio que seguramente había estrenado la bisabuela de la casera, un armario forrado con espejos biselados y un par de mesillas de noche. Tony abrió uno a uno los cajones, pero no encontró ni rastro del tabaco. Tampoco de la ropa interior de su exnovia. Una ropa interior que ya no reposaba colocada con mimo en el cajón, doblada con una delicadeza que él como hombre, y como hombre especialmente torpe con las cosas pequeñas, nunca podría igualar.
Esa ausencia material le trastocó más de lo que hubiera pensado, tal vez porque era algo sobre lo que nunca se había parado a reflexionar: en la relación íntima que uno establece con la lencería de su pareja. En ese momento comprendió que Amandine también eran esas braguitas desgastadas que usaba entre diario, esos tangas en sus infinitas variedades que se ponía los fines de semana, esos culotes que gastaba para estar por casa. Esas pequeñas prendas que había admirado durante horas y horas y que ocultaban el más preciado de los tesoros. Uno que a buen seguro ya había sido puesto a disposición de otro pirata; camarero para más señas.
La idea le rasgó como el zarpazo de un oso asestado desde dentro. Volvió la cabeza asqueado y dolorido, y se topó con su reflejo en el espejo. Se miró durante varios minutos mientras se mesaba el pelo de las sienes. Tenía un aspecto lamentable. Una barba cada vez más amish le cubría el rostro demacrado, y sus ojos carecían del más mínimo brillo.
En ese momento sonó el teléfono.
Aunque en lo más profundo de su ser todavía albergaba la esperanza de recibir una llamada que lo cambiara todo, echó mano del móvil convencido de que sería cualquiera menos ella. Dejó pasar unos segundos escuchando el politono de eye of the tiger pensando en si tenía ganas o no de hablar. Finalmente miró la pantalla: Alex Móvil.
–¿Sí?
–Buenas, ¿dónde estás?
–En el piso, a ver si termino de recogerlo todo.
–¿Estás sólo?
–Sí, ¿pasa algo? –preguntó Tony intrigado.
–Bueno, a ver… Es Sonia
“Sonia”, “Sonia”, “Sonia…”
Tony sólo pudo escuchar la siguiente frase. Luego, como si las palabras de Alex encerraran algún sortilegio maligno, se quedó paralizado, con la conciencia en punto muerto. Aflojó los dedos de la mano y el teléfono cayó al suelo. Se derrumbó sobre la cama, boca arriba, mirando al techo. Todo comenzó a dar vueltas. Experimentó la sensación de estar cayendo por una pendiente vertiginosa. Comprendió que su vida se estaba yendo por el sumidero. Y que eso sólo era el principio.
Tardó en retomar las riendas. Sólo pudo hacerlo cuando la ola de endorfinas que su organismo había segregado para afrontar las palabras de Alex, se esfumó dejando tras de si un rastro de dolor. El efecto dopante había desaparecido. Fue entonces cuando afloró una angustia llena de matices desconocidos. Las paredes de la habitación comenzaron a oprimirle, el techo descendió lentamente, sus pulmones se negaron a recibir un centilitro más de aire. Tenía que escapar de aquella casa. Se levantó como pudo, se calzó a toda prisa unas viejas zapatillas de deporte y salió a la calle con la urgencia del náufrago que emerge a la superficie desde las profundidades del mar. Ya en el exterior inspiró con fuerza y se sintió algo mejor. Miró a la derecha, luego al frente. Finalmente comenzó a correr hacia la izquierda, calle abajo. Corrió con los puños cerrados y la mandíbula contraída, con la vista al frente y los ojos nublados. Corrió, corrió más que nunca.
Después de dos horas decidió parar a descansar. Estaba empapado en sudor, agotado, y tenía la certeza de que algo había cambiado en su interior. Lo sabía. Sentado en un banco de madera, llegó a la conclusión de que no tenía el valor suficiente para volver a aquella casa.
Pasó la primera noche en el enorme parque que circundaba la ciudad. Durmió acurrucado sobre una de las rejas que cubrían los respiraderos del metro, agradeciendo el aire caliente que ascendía hacia el exterior. Nunca hubiera sospechado que las noches de agosto pudieran ser tan frescas. Pero así eran, al menos durante aquel extraño año en el que todo parecía venirse abajo. Ni el verano resistía.
Echarse a la calle sin el más mínimo equipaje y apenas sin dinero nunca había estado en sus planes. Pero todo había cambiado; ya nada era lo mismo. Siempre había tenido buena estrella. Había empezado la partida con una buena mano, pero la avaricia había podido más. Había tomado las decisiones equivocadas y por su culpa, una persona inocente, tal vez la mejor persona que había conocido, estaba a punto de dejar de existir. Sonia había saltado desde un tercer piso y se debatía entre la vida y la muerte en una cama del viejo hospital metropolitano.
Era hora de pagar las consecuencias, de vivir al límite de lo imprescindible, de dejarse llevar por la deriva de los acontecimientos y aceptar todo lo que llegara. Sin aspavientos, sin renegar del precio de sus acciones. Según le había insinuado Alex, el impacto con la acera había hecho añicos el cráneo de Sonia. Pero Tony sabía que aquello no era más que la consecuencia de otra fractura interior que el había ayudado a crear. Sonia, su exnovia, la mujer con la que había descubierto las dos caras de la misma moneda, la del amor y la del desamor, con la que había despertado al sexo, la persona con la que había compartido seis años de su vida, estaba apunto de morir. Y él se sentía infinitamente culpable por ello, porque de alguna manera, él era quien la había empujado a saltar desde el mismo momento en que la reemplazó de mala manera por Amandine.
La dejó sin previo aviso una fría tarde de abril, con una no menos fría actitud, ejerciendo su derecho a compartir su vida con quien quisiera, con la tranquilidad con la que un cirujano abre heridas, soltando frases demoledoras completamente hechizado por Amandine. Le dijo que ya no la quería, que se había enamorado de otra persona. Así de sencillo. Sonia pasó en una décima de segundo de existir a no existir, de serlo todo a no serlo nada. Y nunca lo asimiló.
Se despertó muerto de frío, con la garganta inflamada y el cuerpo dolorido por haber dormido sobre las rejas del respiradero. El remordimiento llegó tan rápido como el conocimiento de dónde estaba. Se frotó los ojos, luego las sienes, y comprobó que no se trataba de una pesadilla: Sonia realmente había saltado. Se puso en pie y comenzó a andar sin saber adónde iba. Lo que sí sabía era que se había equivocado y que se odiaba por ello. Y sabía que se había equivocado no sólo porque lo suyo con Amandine no hubiera salido bien, sino porque había hecho sufrir a una buena persona. Se había equivocado porque sabía que en el fondo de su corazón, oculto por el brillo deslumbrante y embaucador de Amandine, estaba escrito que nunca había dejado de querer a Sonia. Había querido menos a la que más le había querido, y eso era mucho más de lo que en aquel momento podía soportar.
Recorrió los caminos de tierra durante horas, despacio, con las manos en los bolsillos, dando vueltas alrededor del lago atestado de patos y ocas que dominaba el parque. Para matar el tiempo jugó a reconstruir las vidas de los demás paseantes. Caminó detrás suyo analizando sus ropas, sus rostros, sus gestos, sacando conclusiones de los detalles más pequeños, rellenando la falta de información con aportes creativos de su propia cosecha, siempre con la intención de hacerse una idea de a qué se dedicaban, a qué tipo de vida pertenecían y cómo de lejos estaban de ser felices. Aquellas recreaciones de los diferentes personajes que paseaban por el parque fueron su único ejercicio literario, porque durante aquel tiempo, no consiguió construir una sola frase para su novela.
Pasó la segunda noche en el mismo sitio. Amaneció con un hambre atroz aunque esta vez con menos frío. Si alguien le hubiera asegurado que terminaría comprobando que en la calle unos cartones eran sinónimo de confort y abrigo, no le hubiera creído. Pero así era. Se levantó, se estiró y escondió cuidadosamente entre unos arbustos los restos de la enorme caja de cartón que le habían servido de cama y manta. Fue hasta una fuente cercana, se lavó la cara sin demasiada intensidad y se secó las manos en la camiseta. Estaba llena de mierda. Luego comenzó a andar alrededor del lago, con los ojos a medio abrir y el pelo enmarañado. Se sentía bien en aquel parque, o por lo menos, no se sentía tan insoportablemente angustiado como en plena ciudad. Vivir allí era como vivir a medias, como estar en el mundo sin estar. Podía sentarse durante horas a mirar los patos sin que pasara nada, sin que nadie le molestara. A efectos prácticos, allí no existía, y eso era justo lo que necesitaba. Lo contrario, existir, o al menos, ser consciente de que existía, era condenarse al remordimiento. Siempre había querido vivir en una casa con jardín. Ahora no tenía casa, pero sí un enorme jardín con lago, patos y jubilados feneciendo al sol; así que no estaba tan mal.
A media mañana, después de dar trece vueltas al lago, Tony abandonó el parque para ir a comprar algo con las pocas monedas que tenía en el bolsillo. Compró cuatro packs de seis cervezas y una barra de pan rellena de embutido. Le sobraron cinco céntimos que dejó de propina al tendero por haberle envuelto el bocadillo en papel de plata. De regreso al parque cayó en la cuenta de que no había comprado tabaco. Y de que no tenía dinero, y de que se moría por fumar. Dio un pequeño rodeo antes de entrar en el parque para pasar por una boca de metro. Alrededor de las escaleras descansaban todos los cigarrillos a medio fumar que los usuarios de metro habían tirado antes de entrar en la estación. Tony miró a izquierda y derecha, tragó el poco orgullo que le quedaba y se arrodilló para recoger las colillas que a buen seguro sabrían a prisas y despertador. Mientras las recolectaba a toda velocidad empujado por la vergüenza y las ansias de nicotina, pensó en que al menos no estaba muerto. Conservaba tres de los impulsos más básicos en un ser humano: las ganas de comer, de beber y de fumar. Pero en aquel momento, el único señor feudal que campaba a sus anchas por su interior era el sentimiento de culpa. El instinto de supervivencia genuinamente humano era un mero vasallo del todo prescindible.
Tony había decidido que la indigencia era el único camino que podía seguir. Un camino que sólo toman los que huyen desesperadamente de algo y que fácilmente, puede convertirse en el atajo más rápido hacia una muerte estúpida, hacia una suerte de suicidio de lo más refinado y extravagante. Tocaba remontar o ser eliminado, resurgir de las cenizas con el alma purificada o consumirse hasta los huesos. Esa era la única forma de resetear, de volver a un estado de paz. Esa era su penitencia, la prueba que todo personaje épico tiene que pasar para saber si se convierte en héroe o en villano. Tony había decidido iniciar un viaje del que únicamente sabría si tenía retorno cuando llegara al final.
El tercer día fue un calco de los anteriores salvo por el hecho de que Tony recibió sus primera limosna. El encargado de bautizarle en la senda de la mendicidad fue un niño de unos ocho años que depositó a sus pies unas monedas que previamente le había dado su padre. El niño se le quedó mirando como solamente pueden mirar los niños a aquello que no encaja con su mundo inocente, con lo que papá y mamá dicen que está bien. Tony no se sintió mal por ello. De hecho no sintió nada.
Después de cinco días no había nada que a simple vista le diferenciara de un mendigo cualquiera. Ni su barba, ni su ropa sucia, ni su mirada vidriosa y perdida. Ni su conciencia difuminada. Ni los cigarros apurados hasta el filtro, ni las uñas negras, ni el penetrante olor a sudor y orín. Ni su ropa manchada de cerveza. Ni su pelo enmarañado, ni su piel quemada por el sol, ni los gestos repetitivos. Ni su pose de espera inútil.
Tal y como había hecho desde que empezó su nueva vida, aquel día caminó sin descanso durante horas. Sin descanso y sin rumbo. Sólo seguía el impulso mecánico de dar un paso para corresponder al paso anterior, de trasladar su cuerpo un metro adelante con cada zancada. Lo importante de verdad era no estar quieto mucho tiempo, el destino era lo de menos. Su brújula tenía el norte en los cuatro puntos cardinales. Había que andar. Por algún motivo estar en movimiento le ayudaba a no pensar demasiado, le anestesiaba. En cambio si paraba más de la cuenta, la realidad se cernía sobre él como una ave rapaz y los porqués, los cómos y los cuándos sobre Sonia y Amandine, regresaban para acosarle de forma implacable.
A medio día se sentó en unas escaleras situadas frente a un supermercado. Encendió el medio cigarro que había reservado para cuando hiciera la parada. Luego quitó el ajado papel de plata que recubría el último trozo de bocadillo y comenzó a comer con parsimonia mientras observaba a las personas que entraban en el super. Estaba en un barrio residencial con cierto tufo de exclusividad, cerca del distrito financiero. Una parte importante de la clientela vestía de traje. Seguramente serían ejecutivos con paladares acostumbrados a las delicatessen que suelen degustarse en las comidas de negocios. Mientras masticaba el pan correoso, Tony imaginó el interior del super repleto de hombres de empresa recorriendo desesperadamente los pasillos de la sección gourmet buscando magret de pato, caviar o alguna variedad exquisita de aceite de oliva. Un supermercado lleno de compradores que saltarían al vacío antes de dar de comer a sus hijos algún producto de marca blanca.
Antes de que pegara el último mordisco, un viejo ataviado con una descolorida camisa de cuadros se sentó a su lado. Lo hizo en silencio, sin decir una palabra. Simplemente plató un cartón de vino entre los dos como señal de buena voluntad y se sentó. Era uno de los muchos mendigos que trabajaban aquella parte de la ciudad, una de las más rentables, y a buen seguro no se había sentado al lado de Tony buscando una conversación interesante. No. A juzgar por su aspecto y su olor a humo rancio llevaba mucha calle encima como para seguir creyendo en las conversaciones interesantes. A lo máximo que aspiraba era a un rato de entretenimiento en compañía de un recién llegado. A eso y a satisfacer el instinto gregario que nunca abandona a los vagabundos, por muy enajenados que estén. Tony acabó el bocadillo, se limpió los restos de pan de las muelas con sus dedos sucios y dedicó media hora a manipular el papel de aluminio que había envuelto el bocata hasta conseguir una esfera perfecta. Luego lanzó la pelota plateada y la encestó en una papelera cercana. Durante todo ese tiempo no intercambió palabra alguna con el viejo. Simplemente compartieron bordillo, en silencio, posando ante los viandantes como miembros de una familia temática de lo más sórdido, como figurantes interpretando una performance bizarra llamada papá e hijo vagabundo esforzándose en el trabajo.
–Mira chico –dijo el viejo con voz casi de ultratumba, como si acabara de resucitar–, te agradezco que no quieras calentarme la cabeza con algún lloriqueo sobre lo puta que es la vida, pero deberías saber que entre nosotros no está bien visto obligar al mendigo de más edad a iniciar la conversación.
Tony le miró sorprendido, pero no contestó. El hombre tenía los ojos pequeños, azules, enmarcados por unos párpados irritados y recubiertos por un velo blancuzco. Cataratas. Después ambos retornaron la vista al frente y el silencio se hizo de nuevo. Un ejecutivo que vestía traje gris con raya diplomática y lucía dos profundas ojeras, dejó caer una moneda a los pies del viejo.
–Vale, ya veo que prefieres tener el pico cerrado. Estás cabreado con el mundo y crees que todos los que estamos en él somos una mierda. Yo huelo a mierda, pero salta a la vista que tú sólo juegas a oler a mierda. Te crees muy duro, crees que podrás con esto, pero a mí no me engañas chaval. No nos engañas. ¿Verdad que no nos engaña? Lo que yo diga. Mira, ¿ves esto de aquí? –dijo señalando alguno de los muchos rotos que tenía la camisa–. Son galones, medallas ganadas noche tras noche en la calle, así que a mi no me engañas. Por mucho que quieras aparentar calma, por mucho que desees guardar silencio, sé que por dentro no paras de hablar. No paras de hablarte a ti mismo, de repetirte el mismo monólogo una y otra vez. ¿Acaso crees que alguien desea convertirse en basura maloliente e invisible? ¿Eh? Porque eso es lo éste y yo somos; la gente nos huele pero no nos ve, y de vez en cuando, tipos uniformados vienen a sacarnos de las calles. Basureros sociales, eso es lo que pone en sus curriculums… No, escúchame, así empezamos todos en algún momento y luego no sabemos escapar. Créeme, chico, lo que haces está muy bien para una novela, pero te aseguro que no tiene nada de glamoroso. Te recomiendo que hables. Si no quieres volverte loco, habla o regresa a casa.
–No tengo casa –contestó Tony sin querer. Lo hizo mecánicamente, en voz baja, con las cuerdas vocales entumecidas. Eran las primeras palabras que pronunciaba en cinco días. Luego agarró el cartón de vino y pegó un largo trago.
–Vaya –exclamó el viejo volviéndose hacia la izquierda–, dice que no tiene casa. ¿Has oído eso? –preguntó a un tercer mendigo invisible. Luego soltó una sonora risotada–. No tiene casa pero sí tiene sed –rió de nuevo–. Ahora me dirás que tampoco tienes trabajo.
–No tengo trabajo.
–Cojonudo, no tiene trabajo. ¿Qué hacemos con él? –comentó de nuevo el viejo con su amigo incorpóreo después de recuperar el cartón de vino–. No tiene casa y no tiene trabajo. Chico, veo que estás realmente jodido. Solo faltaría que tampoco tuvieras novia.
–No tengo novia –contestó apretando los dientes, masticando cada palabra. Cogió de nuevo el brick de las manos del viejo y bebió para tragar lo que acaba de decir.
–Y supongo que todo te importa una mierda.
–Todo me importa una mierda, sí.
–Ya, ni casa, ni trabajo, ni novia ni nada de nada… Vale chico, buen intento, pero no me lo trago. Eres un farsante y se te nota a la legua. Éste tampoco se cree una mierda.
–¿Farsante? –Tony miró indignado al viejo, quien sonreía satisfecho mostrando los tres únicos dientes que le quedaban.
–Sí, un jodido farsante. Llevo un buen rato aquí contigo y no has parado de mirarte la muñeca. ¿Puedes explicarme para qué cojones quiere un reloj alguien que no tiene ni casa, ni trabajo, ni novia? Alguien que no llega tarde a la cena, al curro, o a una cita. ¿Crees que de verdad alguien que ha renunciado a recuperar todo eso mira el reloj con tanta insistencia como tú?
28/03/2008
12- Tirso

El denso humo del porro inundaba el interior de la furgoneta. El tema de The Sounds que sonaba por los altavoces, a duras penas conseguía elevarse por encima de la conversación. Era animada, repleta de risas, lo normal cuando la marihuana se pasea libremente por el sistema nervioso de cinco jóvenes. Con su sombrero de fieltro y un cigarrillo mal liado prendido de la boca, Tirso manejaba el volante de una vieja Nissan propiedad de un tipo cuyo nombre había olvidado. En realidad sólo retenía con claridad el de Samanta, su proyecto de ligue, una rubia preciosa de rostro infantil y escote magnético. La chica a la que había salvado de recibir una paliza a manos de su novio la semana anterior. De los otros tres ocupantes de la furgoneta no sabía prácticamente nada. Los había conocido en persona aquella misma mañana. Eran dos chicos y una chica, músicos, la crema de la modernidad, de la vanguardia electrónica, amigos de Samanta. Y él estaba haciéndoles de chofer.
Lo hacía básicamente porque quería ganar puntos de cara a Samanta, pero también porque le apetecía eso de formar parte activa de un concierto. Siempre había sentido curiosidad por toda la troupe que acompaña a los músicos en sus actuaciones, por todos esos personajes que se mueven por los entresijos de los escenarios con gesto serio y actitud resuelta, como si tal cosa, como si estar a escasos metros de los artistas admirados por la multitud, con la música a todo volumen y rodeados de toneladas de entusiasmo y excitación, fuera lo más normal del mundo.
Siete días antes, después del episodio del novio violento que acabó probando de su propia medicina, Tirso y Samanta terminaron charlando animadamente hasta el amanecer, sentados en un bordillo en plena calle y con una lata de cerveza en la mano. En un momento dado la conversación derivó hacia la música independiente, y ella le comentó que tenía unos amigos que se estaban haciendo un nombre dentro de la escena de la nueva electrónica, que necesitaban a alguien que les echara una mano con la logística del siguiente concierto.
Así que dicho y hecho. Una semana después allí estaba Tirso, conduciendo más contento que unas castañuelas rumbo a la macro rave que se iba a celebrar en un lugar remoto a más de mil metros de altura. Iba con su camiseta negra ideal para backstages, y una identificación colgada del cuello que mostraba la palabra STAFF escrita con una preciosa impact negrita a 72 puntos. Estaba orgulloso de ella.
Llegaron después de siete horas. Tirso llevó el volante gran parte del camino, y lo hizo sin sentir el peso de los kilómetros sobre su conciencia algo abotargada por el tetrahidrocannabidol de la super skunk que no habían parado de ofrecerle durante todo el trayecto. Condujo animado por la sensación de sentirse vivo y dueño de su propio destino, con la excitación propia de los viajes que más que traslados de un punto a otro son aventuras en si mismas, de saberse rumbo a un lugar desconocido, de seguir las líneas de la carretera que le alejaban de la rutina. Del tedio del día a día.
Después de la segunda parada para tomar café y visitar el cuarto de baño, Tirso se intercambió el sitio con el dueño de la furgoneta. Era hora de ganar algo de terreno con Samanta en el asiento de atrás. El tipo en cuestión resultó llamarse Thiago y era el teclista del grupo. Thiago era de origen brasileño, fuerte, alto y musculado como un profesor de capoeira, pero para desgracia de las fans que solían devorarle con la mirada en cada concierto, era meridianamente homosexual. Llevaba el pelo teñido de negro azabache y cortado de forma asimétrica, una camiseta de rombos y unos pantalones pitillos de color azul a juego con las zapatillas de lona del mismo color. A Tirso le pareció un buen tío.
El concierto se iba a celebrar en la misma fábrica de vidrio abandonada del año anterior. Se trataba de una enorme nave desocupada que resistía como podía el paso del tiempo. Yacía inútil, oxidada, inerte en mitad de una explanada a la que sólo se podía acceder por un camino de tierra casi sepultado por el avance de la vegetación. El sitio era ideal para una rave clandestina. Reunía las condiciones de aislamiento necesarias para no llamar demasiado la atención. La fábrica estaba encajonada entre dos grandes montañas, a unos mil quinientos metros de altura y a más de media hora de carretera del pueblo más cercano. En la primera edición de la RuralRave actuaron diez dj´s y cinco grupos, y acudieron alrededor de seiscientos participantes convocados exclusivamente a través de los foros especializados de Internet y del boca a boca. La policía ni se enteró del evento. En esta ocasión todo parecía indicar que habría aún más público.
Tras dar cuenta de un par de litros de cerveza para contrarrestar el entumecimiento provocado por el largo viaje, se pusieron manos a la obra con el equipo. No era muy abundante, apenas un par de amplificadores, tres teclados, micros, platos y una mesa de mezclas. Tardaron poco en disponerlo en el escenario principal, junto al de los demás grupos que componían el cartel. A Tirso la música electrónica no le terminaba de convencer. De hecho, no concebía la música, la buena música, sin guitarras. Para su gusto, no había nada como un buen guitarrista rasgando con furia unas cuerdas electrificadas, nada como la distorsión en su justa medida y bien conjugada con una batería, un bajo y una voz cantando buenas letras. Pero había que reconocer que la música electrónica era ideal para bailar, para desinhibirse con o sin ayuda química, para crear estados inducidos de fraternidad, para vivir la fiesta. Thiago y los demás se quedaron en el interior de la fábrica con el equipo, esperando a que les llegara el turno para probar el sonido. Tirso aprovechó y se llevó a Samanta aparte. El tiempo pasaba y había que picar mucha piedra antes de llegar al preciado metal. O tal vez no.
Eran las dos de la tarde y el sol estaba en todo lo alto achicharrando la explanada. Tirso sacó una sombrilla de playa del interior de la furgoneta para fabricar algo de sombra. Luchó en vano contra el terreno pedregoso durante varios minutos, hasta que Samanta, porro en mano y entre carcajadas, se ofreció a ayudarle. Juntos consiguieron hundir el mástil lo suficiente como para que la sombrilla se mantuviera erguida. Perfecto, trabajo en equipo, lo ideal para acortar distancias. Además, estaba claro que a las mujeres les gustaba ver de vez en cuando alguna debilidad en el hombre, algo que les permitiera sentirse útiles, que les creara la ilusión de imaginarse superiores. Tirso lo llevaba comprobando mucho tiempo. De todas sus estrategias para atrapar a las mujeres, la más sana y la que mejores resultados le daba, era la de hacerse el despistado, el incompetente en determinados aspectos. Se trataba de hacer del defecto virtud. Recordaba con especial cariño como había conquistado definitivamente a su última novia; nada menos que utilizando para lavarse las manos una de esas esponjas abrillantadoras de zapatos que regalan en los hoteles. Tirso se manchó los dedos por accidente, pero ella terminó tirada por los suelos de la risa y completamente prendada de él.
Después de colocar la sombrilla, Tirso extendió una toalla y sacó la pequeña nevera de plástico con los hielos. Mezcló el vino de brick con la coca cola en un vaso de litro, y se lo pasó a Samanta después de pegarle un buen trago. Comenzaron a hablar, tumbados sobre la toalla y con el sonido de los grupos ensayando de fondo. Dos vasos de calimocho después, Tirso se ató la cinta blanca con el sol naciente alrededor de la cabeza y como un kamikaze japonés, se lanzó contra la boca de Samanta.
La gente comenzó a llegar a partir de media tarde. Un goteo constante de coches multicolores ocupados por personas con una sola cosa en común: las ganas arrolladoras de fiesta. Los vehículos terminaron por abarrotar la explanada que circundaba la nave. Rápidamente, como si fueran miembros de un pelotón de elite con la orden de conquistar la montaña, los recién llegados tomaron posiciones. Abrieron los maleteros, subieron el volumen de los equipos de sonido y sacaron a pasear los vasos de plástico y las botellas de alcohol. Eso de momento, la bebida era el primer plato. En cuestión de minutos el paisaje cambió por completo. La bucólica quietud de la antigua fábrica de vidrio fue vencida por una atronadora amalgama de músicas discordantes. Todo quedó sepultado bajo el poder arrollador de las ansias de diversión de una horda de jóvenes. Aquel efímero y ruidoso campamento no era más que una especie de Woodstock reformulado. No había hippies sino modernos, las barbas y pelambreras salvajes habían dejado paso a las melenas desfiladas y los peinados de vanguardia, y en lugar de rock setentero lo que sonaba era pop bailable o electrónica pura y dura; pero la esencia, por encima de estéticas o supuestos valores, era básicamente la misma. Escapismo, libertad. Un montón de jóvenes sedientos de sensaciones capaces de hacerles olvidar la semana vivida y la inminencia del lunes próximo, en busca de paraísos artificiales, jóvenes actuando como jóvenes, tratando de aferrarse a la parte buena de la vida, esa que sólo tiene sentido entre risas, brindis y amigos, tratando de postergar el advenimiento de las responsabilidades de la vida adulta y las castraciones que trae aparejada.
A las doce de la noche la gente se encontraba en estado de ebullición. Afuera la gente charlaba en pequeños grupos aquí y allá, con vasos en la mano y alguna que otra pastilla disolviéndose en el estómago. Dentro no cabía ni un alma. La fábrica estaba abarrotada, una catedral gótica consagrada al hedonismo. Thiago, Marc y Paula salieron a escena contribuyendo a la algarabía general. Tirso ocupó su puesto como pipa en el espacio libre que quedaba entre la primera fila y el escenario, con su camiseta negra, su identificación y su mirada ensayada al estilo del Che. El concierto duró algo menos de una hora. Después la juerga se retomó en la parte de atrás del escenario. Thiago cambiaba impresiones con cuatro tipos con más pluma que él, así que Tirso decidió encaramarse a la estela de Marc, quien ya daba conversación a dos groupies de muy buen ver. Una morena, otra pelirroja. Por su parte Paula intentaba animar a una Samanta claramente perjudicada por la bebida.
Los cuatro salieron de la fábrica. Era una noche cálida. No había ni una sola nube en el cielo y las estrellas se veían con total nitidez. El concierto del siguiente grupo se oía atenuado por los gruesos muros de la nave. Tirso se sentó entre Marc y la morena de pelo rizado. Rápidamente la pelirroja sacó una bolsita de plástico e insistió en invitar a una ronda de algo que según ella hacía flipar. Tirso aceptó y se llevó a la boca una especie de picadillo marrón. Después de comentar entre risas y caras de asco el mal sabor de los hongos, comenzaron a dar cuenta de una botella de absenta rebajada con agua. La conciencia de Tirso se fue diluyendo poco a poco entre carcajadas, alucinógenos, música, alcohol y unas ganas irrefrenables de abrazar a la mujer que parecía reírle las gracias. Y eso fue lo que hizo sin tener que sortear las más mínima inhibición. Toda barrera había sido fulminada por obra y gracia de las drogas. Todo era maravilloso, sólo había lugar para el amor. Se abrazaron, se besaron, pero no de una forma cualquiera. Lo hicieron movidos por un impulso fraternal, sin lujuria, guiados por una incontrolable necesidad de dar y recibir afecto. Marc y la pelirroja siguieron el ejemplo y al rato terminaron los cuatro abrazados, tumbados boca arriba sobre la hierba y jugando a unir estrellas para inventar nuevas constelaciones.
Samanta apareció poco después. Llegó tambaleante, se agachó a duras penas y se hizo hueco entre los cuatro en un evidente intento por interrumpir, por llamar la atención de Tirso. Tenía la piel pálida, los ojos irritados, la mandíbula oscilante como una llama andina. Tirso miró con una mezcla de lástima y diversión el lamentable estado de la chica a la que había besado apasionadamente apenas unas horas antes bajo una sombrilla; miró a la chica a la que había repudiado con exquisita diplomacia después de que se negara a acostarse con él en plena montaña. Samanta comenzó a prepararse una raya mientras murmuraba algo ininteligible. Las dos chicas retomaron las caricias dispuestas a que la recién llegada no les chafara el momento. Marc correspondió a los mimos de la pelirroja con un morreo impetuoso. Tirso hizo lo propio con la morena sin pensar en la proximidad de su antigua conquista. Era tiempo de dejarse llevar y de nada más. Samanta contempló la escena con los ojos entrecerrados, torció la boca y se concentró en enderezar la línea de polvo que había dispuesto sobre un pequeño espejo. Finalmente esnifó con todas sus fuerzas. Luego se levantó, le dijo algo a Tirso con voz empalagosa y comenzó a andar rumbo al grupo de chicos que brindaban efusivamente junto a un coche cercano. Poco antes de que el caos de música y voces que reinaba en la explanada la engullera, Tirso se zafó del beso de su amante y la miró. Vio como se perdía en la oscuridad de la noche andando como una vulgar yonki. Era una buena chica, inocente, guapa, atractiva pero que sin embargo, había dejado de interesarle en un abrir y cerrar de ojos. La morena reclamó de nuevo su boca y retomaron el beso, pero las últimas palabras de Samanta comenzaron a retumbar en la cabeza de Tirso. No la había prestado mucha atención, pero juraría haber escuchado un tú me gustabas de verdad. Nunca pudo salir de dudas; nunca volvió a escuchar su voz.
Ni él ni nadie.
11/02/2008
11- Alex

El centro de la ciudad era el decorado ideal para una película deprimente.
Tal vez para una ambientada en un país dictatorial, o en una posguerra, o lo que es peor, en plena crisis bursátil. Daba igual, el hombre gris se hubiera movido como pez en el agua en cualquiera de esos escenarios. Como no, vestía traje gris con raya diplomática, corbata negra y zapatos oscuros. Dos profundas ojeras nutridas de insomnio y arrepentimiento, destacaban como agujeros negros en su rostro pálido y vulgar. Iba recién afeitado, pero ya lucía una tenue sombra verdosa por toda la cara que le confería un aire de persona enferma. Llevaba días pensando en estrenar la corbata roja y morada que le había regalado su mujer meses atrás, pero siempre terminaba por descartar la idea. Muy rompedora, casi seguro fuera de lugar. No, no iba con su imagen, o puede que simplemente no le gustase el hecho de llevar algo de su mujer oprimiéndole la garganta. Demasiadas noches sin pegar ojo como para encima anudarse el remordimiento al pescuezo.
Sentada a la puerta de una iglesia, una viejecita vestida de negro de los pies a la cabeza, pedía limosna con la mano temblorosa y los ojos acuosos. Sin dejar de andar, el hombre rebuscó en el bolsillo y sacó un par de monedas. Poca cosa, calderilla. Paró y se echó a un lado para no ser arrollado por la marea humana que fluía somnolienta por la acera. Pensó en el tiempo que hacía que no había visto una iglesia abarrotada más allá de las bodas, bautizos y comuniones. A eso había quedado relegado el templo del Señor, a albergar pantomimas lúdico-festivas que poco tenían que ver con el verdadero sentimiento católico, y en cambio, mucho con la inercia del folclore tradicional, con el cariño sólo es un día y a mi madre le hace mucha ilusión. La gente ya ni siquiera acudía a los funerales. Ahora sencillamente bastaba con ir diez minutos al tanatorio para cubrir el expediente. Todo apestaba, la moral de la sociedad estaba podrida, herida de muerte. Él era buena prueba de ello y lo sabía. Y le jodía. Se echó mano a la cartera que llevaba en el bolsillo interior de la americana y sacó uno de los gordos. Daba igual, la vieja necesitaba agarrar el billete que olía a pensión y comida caliente y en cierto modo, él necesitaba darlo. Después de santiguarse delante de la enorme cruz de forja que coronaba la entrada a la iglesia, se lo tendió a la anciana. Luego prosiguió su camino sintiéndose algo más en paz consigo mismo.
Entró en la oficina central de correos y fue directamente a los casilleros. Localizó su apartado postal, introdujo la llave y abrió la pequeña puerta. Dentro había un sobre color salmón. Un sobre igual que los anteriores, salvo que esta vez además había otro más pequeño y de color blanco. Sin pensarlo dos veces sacó la correspondencia, cerró el buzón y después de mirar a un lado y a otro en busca de alguna mirada sospechosa, salió a toda velocidad a la calle.
A pesar de la taquicardia consiguió cruzar la avenida y llegar hasta La Fuente Azul. Se sentó en la terraza ajardinada, junto al vaporizador de esencias, en la misma mesa de mimbre de todas las mañanas. Un camarero joven y perfectamente uniformado llegó al momento para tomarle nota. El hombre le hizo un gesto con la mano sin ni siquiera mirarle a la cara y el camarero se dio por enterado: lo de siempre, café con hielo y tostadas con aceite. Se quitó la americana, la dobló y la dejó en el respaldo de la silla de al lado. Estaba completamente empapado en sudor; también al borde del infarto. Decidió relajarse, cerró los ojos y se acomodó en la butaca de corte étnico. Se concentró en las minúsculas gotas de agua que lanzaba el aspersor y que tenían a bien aterrizar sobre su rostro. Era una sensación agradable. Más allá de la doble hilera de macetas plantadas con setos, el tráfico voraz surcaba el asfalto derretido por el sol de agosto, pero allí dentro se estaba realmente tranquilo. Aquella terraza de La Fuente Azul era un auténtico oasis. Un remanso de paz en medio de la zona más transitada de la ciudad. Una zona que incluso en agosto, era un maldito hormiguero.
El camarero imberbe trajo el café y las tostadas, y el hombre interrumpió la breve tregua que se había concedido. En cuanto el joven se hubo marchado, cogió el sobre blanco con las manos sudorosas y lo abrió. En el interior había una nota escrita a mano:
He recibido el tercer pago según lo previsto.Tal y como le comenté en mi primera carta, he tratado de ser discreto. Algo me dice que he fracasado porque según tengo entendido, su mujer se marchó de casa hace un par de días. Es probable que no le sentara bien saber que su marido espera un hijo de otra mujer.Es usted un hijo de puta y le tengo agarrado por los huevos. Le ha jodido la vida a su esposa y a menos que haga un último ingreso, yo haré lo mismo con la suya. Creo que a la congregación no le caerían nada bien las fotos que le adjunto.Por favor, la misma cantidad de siempre pero multiplicada por cinco y le dejaré en paz.
Que tenga un buen día.
Una mezcla de ira y miedo estalló en su interior. La honda expansiva le recorrió de arriba a abajo empequeñeciendo cualquier barrabasada hecha con napalm en las selvas de Vietnam. Rompió compulsivamente la nota y se guardó los trozos en el bolsillo. Luego tomó aire. Abrió el sobre color salmón. Tal y como esperaba había fotos. Hechas de noche, desde lejos, con teleobjetivo. Las dos primeras eran demasiado oscuras, imposible que nadie le reconociera. Ni el mismo podía adivinar cual de las cuatro siluetas era la suya. Pero en la tercera ya sí se le distinguía perfectamente. En la cuarta, el rostro de la sombra a la que estaba abrazado se definía: risueño, luminoso… unos diez o doce años más joven que el de su mujer. La cosa quedaba bien clara en las imágenes sucesivas. El letrero del Flamingo iluminando levemente la calle certificaba la secuencia: dos parejas acarameladas saliendo de un lupanar de alto standing.
Un nuevo acceso de rabia dominó al hombre. Rompió una a una todas las fotos e introdujo los pedazos en el sobre color salmón. Luego sacó el móvil y marcó un número de memoria.
–Soy yo –dijo después de unos segundos–. He cambiado de idea, necesito que me localices esos movimientos, sí, quiero saber quién hay detrás. Cuanto antes posible y con discreción.
El hombre cerró el móvil sin despedirse de su interlocutor, cogió la americana del respaldo de la silla y el sobre con las fotos rotas. Se marchó sin pegar bocado. Dispuesto a morir matando si fuera necesario.
Alex era completamente ateo. Esa era una de las pocas cosas de las que estaba seguro al cien por cien. Sin embargo, cada noche a la vuelta del trabajo rezaba insistentemente para encontrar un hueco donde dejar el maldito coche. Era el mayor devoto de Santa Plaza de Aparcamiento y no le dolía en prendas reconocerlo. Si para aparcar tenía que hacerse católico no había problema, siempre podía apostatar a la mañana siguiente. Como si tenía que vender su alma al mismísimo Satán. Daba igual.
Eso era lo peor de aquel barrio. Ni la suciedad de las calles, ni el deterioro de los edificios, ni la falta de zonas verdes, ni los indios inundándolo todo con el olor a curry de sus comidas, ni las broncas monumentales de los vecinos, ni los adolescentes que se emborrachaban en la calle lanzados tras los pasos de sus padres alcohólicos. Sin duda lo peor del barrio era la insufrible falta de aparcamiento. Encontrar un sitio donde poder dejar el coche era la última y más exigente prueba antes de finiquitar la jornada, la mayor fuente de estrés, de encogimiento de arterias, de generación de mala leche. La constatación evidente de que la vida en la ciudad era una auténtica locura.
Después de media hora dando vueltas como un imbécil, Alex encontró un hueco minúsculo junto a unos cubos repletos de basura. No sin esfuerzo logró subir el ford a la acera y lo dejó todo lo pegado que pudo a la fachada de un locutorio de pakistanies.
No estaba de humor. Había sido un día duro en el trabajo. Cada vez le desgastaba más el tener que escuchar los problemas de la gente, uno detrás de otro, en cadena. En el fondo aquellas personas no le importaban lo más mínimo, pero sobre su espalda recaía la responsabilidad de solucionar sus problemas. Aunque a veces, esos problemas no fueran ni la mitad de lo que deberían ser si existiera algo parecido a la justicia divina.
Hacía un calor insoportable. El aire acondicionado del coche seguía inerte, y perder el tiempo dando vueltas tras un hueco para aparcar había provocado que le hirviera la sangre. Era una noche bochornosa como todas las de la última semana y en casa le esperaba aún más calor. Más calor; esta vez de invernadero. En casa estaría Eva, con su maravilloso cuerpo, un cuerpo que a buen seguro se arrimaría a él en cuanto se sentara en el sofá para comerse la cena a deshora. Estaría sudoroso y ávido de cariño y buenas maneras, justo lo último que en ese momento él podía dispensar. No le apetecía ser amable con nadie y menos con el ser que amaba porque sabía, que aunque lo intentara, no sería capaz de darle lo que ella necesitaba. Se esforzaría por escuchar mientras ella le contaba cómo le había ido la jornada, pero a buen seguro terminaría por perder disimuladamente el hilo del monólogo en favor del plato de comida o de la patética programación veraniega. Luego ambos se tumbarían en el sofá y estarían a gusto durante unos minutos. Pero tarde o temprano Alex comenzaría a sentirse incómodo, o al menos, menos cómodo de lo que estaría si el sofá fuera todo para él. Sentiría calor, un calor pegajoso agravado por el hecho de estar tumbado en un sofá de cuero, en medio de un salón caldeado durante más de ocho horas de intenso sol y pegado al cuerpo de otra persona. Y desearía estar solo. Intentaría eludir el contacto con todo el disimulo del mundo pero ella terminaría por darse cuenta y comenzaría la discusión con ella. Ella, la mujer a la que últimamente engañaría con cualquiera; pero también la mujer con la que compartiría el resto de su vida, por la que moriría sin dudarlo.
Alex quitó la carátula del radioCD extraíble, la guardó debajo del asiento y salió por el lado del copiloto. Eran las once de la noche y la oscuridad era dueña de las calles. Gran parte de las farolas estaban fundidas y era muy probable que permanecieran así otra buena temporada. A nadie parecía importarle el mantenimiento de aquel rincón de la urbe. De aquella colmena obrera de extrarradio. Los pequeños edificios de cuatro plantas y fachadas de ladrillo que se descomponían como trozos de carne al sol, eran buena prueba de ello.
No había un alma en la calle. En aquellas fechas la ciudad quedaba casi desierta. La mayoría de la gente prefería huir a la costa en busca de un merecido descanso, puede que con la vana intención de encontrarle algo de sentido a la vida, o puede que simplemente empujada por la euforia de haber recibido una paga extra. Alex se echó mano al bolsillo derecho del pantalón y sacó un papel cuidadosamente doblado. Era un resguardo del banco. Se fijó una vez más en la cantidad que había abajo a la izquierda, esbozó una leve sonrisa y se guardó de nuevo el papel en el bolsillo. Pronto él también podría irse a la playa, podría escapar de aquel maldito suburbio, de aquella maldita caja de cerillas cuyo alquiler se llevaba buena parte de sus dos sueldos. Podría escapar de la idílica monotonía que vivía con Eva y desmelenarse un poco con sus amigos. Podría recuperar algo de su libertad. Y podría ser un iluso y marcharse creyendo que a ella eso no le iba a importar.
Después de pasar la vieja tienda de ultramarinos giró a la izquierda y entró en el largo y estrecho callejón que desembocaba en su portal. Había un coche aparcado al fondo, a unos diez metros de su posición, casi pegado a las escalerillas de su casa. Caminó hacia él. Las luces del coche se encendieron de repente. Las largas, de xenon. Alex se llevó la mano a los ojos totalmente deslumbrado. Se quedó quieto, tan estúpidamente quieto como el perro que en plena carretera se detiene para intentar memorizar la matrícula del coche que está apunto de arrollarle, como si eso le pudiera ayudar, como si los perros supieran leer.
No vio al tipo salir del coche a toda velocidad hacia él hasta un segundo antes de que le hundiera el puño en las costillas. Alex cayó abatido sobre el asfalto caliente, sin respiración, sin saber que coño pasaba. Una mano le agarró de los pelos, le obligó a incorporarse y le lanzó con furia contra el capó del coche. Era un Audi. Lo supo porque apunto estuvo de dejarse los dientes contra los dichosos cuatro aros de la marca. Fuera quien fuera el que le estaba pegando la paliza del siglo al menos tenía buen gusto. O puede que simplemente tuviera dinero, que eran cosas diferentes. Se recostó en el capó y miró a su atacante.
Era él. El hombre de gris. Tenía el rostro congestionado por el esfuerzo y la rabia. Vestía una camisa blanca remangada y una fina corbata negra con el nudo prácticamente deshecho.
–Mira tío, no te pases un pelo –dijo Alex apenas sin aliento, con las manos en el regazo.
–Calla.
–Tu puta madre –escupió en un alarde de inconsciencia. Y recibió un puñetazo en los morros como premio.
–Te creías muy listo, mocoso –dijo el hombre de gris–, pero he podido acabar contigo desde el primer momento.
Alex se levantó como pudo, se llevó la mano al labio y comprobó que se lo había partido.
–Ya, y supongo que no lo has hecho porque te ponía cachondo eso de darle pasta a un desconocido.
El hombre se abalanzó de nuevo sobre Alex, pero éste se echó a un lado y le hundió el codo en la cara. El hombre calló al suelo. A la mañana siguiente luciría un bonito moratón en la cara, gris verdoso, a juego con todo él.
–¿Qué coño quieres de mí? –preguntó el tipo desde el asfalto, apunto de llorar de rabia–. ¿Haces esto por dinero? Dime cuanto quieres para terminar de una santa vez.
–¿Y tú? ¿La has jodido por dinero? No, capullo, en la vida hay más cosas que el dinero.
–No pienso aceptar sermones de un niñato –dijo el hombre tras ponerse en pie.
–Claro, supongo que te sientes más cómodo siendo tú el que emite los juicios morales, desde tu posición de miembro honorable del Opus, con tu fachada de marido ideal. Pero no eres más que un maldito hipócrita.
–No sabes una mierda.
–Sé que sus lágrimas eran auténticas. Ella estaba segura, pero aún así me contrató. Tenía la esperanza de equivocarse.
–Mira, no vayas de justiciero.
–No voy de nada, no me invento nada. Si hago esto es porque se lo debo a ella.
El hombre se llevó la mano al pómulo dolorido, luego escupió y se dirigió a la parte derecha del Audi. Abrió la puerta del copiloto. Sacó una bolsa de papel y vació el contenido en el suelo.
–Ahí tienes, seis mil –dijo el hombre mientras se encaraba con Alex–. ¿Se llama Eva, verdad? Como vuelva a tener noticias tuyas, te juro que os mando matar. Con la mitad de esa cantidad bastaría.
Alex miró como el hombre se montaba en su coche. Luego fijó la vista en los fajos de billetes desparramados por el suelo. Se agachó y comenzó a recogerlos. El hombre de gris arrancó el motor, bajó la ventanilla y dijo:
–¿Quién es el hipócrita ahora?22/01/2008
10-Tony

Durante aquel minuto tocaba buscarle el lado positivo al asunto.
Si estaba jodido seguramente podría escribir mejor. Estaba claro. La angustia y la incertidumbre eran campo fértil, eran el alimento de las musas que huían de la felicidad acomodada. Todo el mundo lo sabía. Si estaba jodido, realmente hecho polvo, estaría en la mejor disposición para empezar su ansiada novela. Al menos eso era lo que se suponía que debía pasar, lo que infinidad de nombres ilustres de la literatura habían afirmado vehementemente. Pero no. Tony podía ser un cornudo apunto de quedarse en el paro, pero no era tonto. Sabía, porque algo sabía de si mismo y de sus ínfulas de literato, que la mayoría de los escritores eran seres extremadamente egocéntricos capaces de vender su alma al diablo, o de arruinar su vida personal, o de maltratar sin piedad su hígado o de aguantar una pose falsa y estúpida, a cambio de figurar ante el mundo como seres interesantes, como supervivientes a los que había que agradecer que hubieran superado sus momentos difíciles para ponerse a escribir. Tony no los culpaba, aunque sólo fuera por el corporativismo primigenio del que aspira a convertirse en un hombre de letras. Al fin y al cabo, ¿era posible crear algo y exponerlo sin pecar de cierto egocentrismo?
El puente seguía en el mismo sitio de siempre, y como siempre, eran las siete en punto cuando caminaba sobre él. Miró a la carretera. La misma estampa gris de todas las mañanas. Tony sacó una hoja arrancada de un cuaderno y un boli, dispuesto a apuntar todo lo que se le ocurriera. Había que aprovechar el momento, había que crear del dolor, y joder, a fe que sentía dolor en aquel instante. Pegó la última calada, apuntó a la mediana y lanzó la colilla. Acertó de pleno, pero esta vez no hubo ningún clic en su cabeza, no hubo ninguna analogía que surgiera de la nada. Sólo veía el lento discurrir de la procesión de coches que iban camino del centro de la ciudad, sólo la enorme y metálica columna de vehículos conducidos por ojerosos trabajadores con gesto grave y resignado, como borregos dirigiéndose al matadero. Esperó un par de minutos más con la esperanza de que los inescrutables surcos de su cerebro unieran en armonía dos elementos lejanos, a que los engranajes de su mente parieran una imagen literariamente poderosa. Pero nada. Finalmente se forzó a escribir: “La mañana era gris como…” Nada, gris como una puta mierda. No se le ocurría nada que no apestara a tópico, a manido o que no fuera directamente idiota. Disgustado se guardó el boli y el cacho de papel, y reanudó el camino a la tienda. Tal vez debería empezar con el plan B.
Echó mano a uno de los bolsillos de atrás de sus vaqueros y sacó una petaca que más bien parecía una cantimplora. Desenroscó el tapón y pegó un buen trago. Jack Daniel´s. Odiaba el whisky. Y el whisky bueno más, pero llenar una petaca con calimocho le había parecido algo poco glamoroso, demasiado estúpido, y de estupidez ya iba sobrado.
Se las apañó para sacar un pitillo del paquete y encenderlo con el zippo mientras caminaba sintiendo como el licor le devoraba el esófago. Pero ese era el plan, recurrir al tabaco, al alcohol, a sustancias que le anclaran a su mundo en ruinas. En cierto modo era cuestión de masoquismo. Del masoquismo del romántico, del estúpido e innegable poder de atracción que tiene el regodearse de las miserias propias. De autocompadecerse, de saborear de forma morbosa y malsana aquello que hace daño, de saberse un animal herido, de rememorar una y otra vez una traición, aquello que salió mal, aquello que es mejor no imaginar. Viene a ser algo así como ese diente de leche que está apunto de caerse y que por mucho que duela, no podemos dejar de toquetear. Y el alcohol, sobretodo si era lunes y eran las siete de la mañana, ayudaba a eso. A eso y seguramente también a que le echaran del trabajo.
Tony pegó un nuevo lingotazo a la petaca y comprobó como el whisky ya no le sabía tan mal. Sí, estaría gracioso que le largaran de la tienda el mismo día del cierre. Sería el remate a un lunes cojonudo en el que la mujer que amaba, le había abandonado definitivamente.
El centro comercial se asemejaba al esqueleto de una ballena descomunal varada en medio de un antiguo polígono industrial. Decenas de arcos de acero blanco se sucedían creando un basto espacio que era ocupado por todo tipo de locales. Era temprano y los pasillos estaban desiertos. Inquietantemente desiertos, como sólo pueden estarlo los sitios que han sido diseñados para estar masificados. A Tony le encantaba aquella sensación, la de poder caminar por el pasillo central tan sólo acompañado por el rechinar de sus zapatillas sobre el suelo encerado. Debía de ser algo similar a recorrer la quinta avenida después de que la totalidad de la población de Manhattan hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Llegó hasta la tienda, levantó el cierre y encendió las luces. Todo seguía igual: las estanterías prácticamente vacías, una pila de cajas de cartón llenas con los restos del stock invendible y el mostrador a medio desmantelar. Encendió el equipo de sonido y dejó que sonara el cd que había dentro. Daba igual lo que fuera, simplemente necesitaba escuchar algo que acallara sus conversaciones internas. Se puso manos a la obra, con los sentidos abotargados por el alcohol y la inquietante idea de ser descubierto colgando de una de las vigas del almacén.
La jornada transcurrió lenta y pesada. A las seis de la tarde Tony dio por concluida la agonía de la tienda y echó el cierre definitivo al negocio; a su aspiración de vivir de la música, aunque sólo fuera como vendedor de discos. Salió del local sin mirar atrás, tampoco mirando hacia delante. Tan sólo caminó por el centro comercial ya concurrido rumbo a la calle. Al pasar junto al Starbucks una mano le agarró firmemente del hombro.
–¿Ya te marchas, tío?
–Sí, ya hemos cerrado –contestó Tony volviendo al mundo real.
Ante él tenía a un guarda de seguridad, alto, con papada y enfundando en un uniforme marrón que iba a estallar de un momento a otro.
–Joder, qué putada –dijo el guarda con los ojos rojos, apunto de llorar.
–Eh… sí, supongo que sí –silencio. Finalmente el enorme guarda se derrumbó en sus brazos–. ¿Estás bien, colega?
–Bueno, no muy bien, la verdad –dijo mientras se limpiaba las lágrimas con unos dedos regordetes–. Joder, creo que te voy a echar de menos, me gustaba ir a verte, charlar contigo…
–Ya, bueno –a Tony le pareció que aquel tipo con el que había hablado como mucho seis horas en toda su vida y del que nunca había sospechado nada raro, tenía una pluma cada vez más evidente.
–Ya, ya sé que es una tontería, pero coño, es que estoy sensible –sorbió con fuerza por la nariz mientras sacaba una foto tamaño carnet del interior de una cartera de piel–. Tío, resulta que ésta no es la primera despedida de hoy. Mira, nunca te lo he contado, pero se llama Julia –dijo señalando a la mujer obesa cuyo rostro a duras penas entraba en la pequeña foto–. Me ha abandonado por Miguel.
–¿Julia? –preguntó Tony aliviado–. ¿Miguel? ¿El que limpia los baños de la segunda planta?
–Ese, colega –el guarda rompió a llorar de nuevo.
–Joder –dijo Tony poniéndole una mano en el hombro, borracho, superado por la situación–, mira tío que la den por el culo. Que se quede con su jodido limpia retretes, que le cuente sus neuras a otro, que se la sujete a quien le de la gana, pero tú no sueltes ni una lágrima por ella. Esas zorras no se lo merecen. Además, por si no te has dado cuenta esa tía está obesa. Joder, si casi no cabe en la foto. Puedes permitirte alguien diez o doce kilos mejor. Toma, te la regalo, aún queda un culín.El guarda aceptó estupefacto la petaca y observó en silencio como Tony abandonaba renqueante el centro comercial.
El día a día se configura en base a una maraña de coincidencias que en ocasiones, son realmente sarcásticas. Y el caso del abandono del guarda de seguridad era una de ellas. Así salió Tony al exterior aquel lunes, después de haberse visto así mismo en la piel de aquel pobre hombre gordo que daba lástima a la legua. Un guarda de seguridad que había sido reemplazado por un limpiador de cuartos de baño. Siempre era así, siempre había un nombre que borraba a otro nombre, una nueva cualidad que ensombrecía a las antiguas y una profesión que sustituía a otra. Tony había sido dependiente, tal vez el mejor dependiente de una tienda de discos en plena era de las descargas de música por Internet, y al igual que el guarda, también había sido suplantado; en su caso por un camarero. Por un vulgar camarero de discoteca, un embaucador acostumbrado a actuar con la bebida y la luz escasa como cómplices, aprovechándose de la falsa fraternidad que la noche genera. Por alguien que seguramente estaría tan atrapado a una botella tanto dentro como fuera del mostrador, por alguien cuyo bagaje cultural con suerte abarcaría cincuenta o sesenta marcas de alcohol.
Como casi siempre, la tragaperras cumplía su función con profesionalidad, ejerciendo de bandolero a la antigua usanza, como uno de esos que te quitaban todo y todavía te dejaban con ganas de darle las gracias. Ésta vez el desvalijado era un veinteañero con pinta de peón de albañil que parecía encantado de iniciarse en el estúpido camino de la ludopatía. A pocos metros, el viejo Ernesto iba y venía atendiendo a la misma clientela de hacía veinte años, arrastrando de un lado a otro de la barra su característica cara de mala hostia y siempre sin quitarle el ojo de encima a Susi, su novia, su premio de consolación. Susi era a las mujeres atractivas lo que los coches americanos a la automoción ecológica, pero Ernesto la vigilaba como si fuera el santo grial. Prefería tenerla allí sentada a todas horas, marchitándose en el bar, antes que dejarla sola en casa al alcance de vete a saber quién. Susi era rubia, por lo menos lo era a dos centímetros de las raíces, llevaba los estrechísimos labios pintados de rojo y una sombra verde botella dispensada a brochazos irregulares. Una sombra verde como las heineken que se ventilaba más o menos cada veinte minutos. Tenía diez años menos que Ernesto pero el alcohol, la piel apergaminada y las penas la hacían parecer mayor. Se empeñaba en vestir con minifaldas, como si fuera una universitaria que busca seducir a un profesor en la revisión de un examen. Pero para su desgracia, la impostura se veía de lejos. Para el común de los mortales era la viva imagen del patetismo, pero en el interior de aquel bar, para Ernesto y su parroquia, representaba ese objeto de deseo capaz de despertar viejos impulsos, de arreglar mecanismos oxidados.
Tony entró en el mismo bar donde había estado con Gordo. El mismo bar deprimente y con grasa en las paredes al que había jurado no regresar. Pero allí estaba. Por alguna razón había vuelto a elegir aquel antro de viejos para digerir la crisis más importante de su vida. Sería por la cerveza barata: tenía mucha sed y ya estaba en el paro.
Se sentó en uno de los taburetes que había junto a la barra y pidió una jarra. Ernesto se la puso al poco junto con una pequeña tapa de aspecto insalubre, sin siquiera mirarle, haciendo gala de la exquisita ausencia de hospitalidad marca de la casa. Tony se la bebió de dos tragos e inmediatamente pidió otra. Había que mantener la anestesia etílica, de lo contrario aquel día podía resultar insoportable. Alex salió del baño y estrechó la mano de Tony mientras se acodaba en la barra.
–Buenas tío –dijo Alex–, estaba meando.
–Eso está bien.
–¿Cómo estás?
–Es una pregunta retórica, ¿no? –dijo Tony mientras agarraba la nueva jarra.
–No sé, dímelo tú.
–Pues jodido tío, muy jodido.
–¿Estás jodido?
–Sí, Amandine se ha ido.
–¿Se ha pirado definitivamente? –se interesó Alex.
–Sí, después de una bonita discusión
–¿Habéis discutido? –preguntó nuevamente Alex, poniendo en práctica la única técnica que recordaba de la carrera de trabajo social: las preguntas espejo; o lo que es lo mismo, devolver en forma de interrogación el último comentario del entrevistado. Era la forma más eficaz de lograr que la otra persona se abriera, o eso decían. Según los teóricos, preguntar de esa manera equivalía a colocar un espejo delante del sujeto para que éste pudiera verse a si mismo y se cuestionara sobre sus propios sentimientos. A Alex aquello le parecía algo bastante estúpido, pero lo cierto es que funcionaba. Y si lo hacía cada día en el trabajo para ayudar a extraños, tenía la obligación moral de hacerlo con su mejor amigo.
–Sí, y te juro que esta vez casi pierdo los papeles. Tío, se lo ha estado tirando. Me lo ha contado.
–¿Te lo ha contado?
–Se lo he preguntado.
–¿Se lo has preguntado?
–¿Quieres dejar de una puta vez de repetir lo que te digo? No estás currando, tronco.
–Vale, vale, lo siento. ¿Se lo has preguntado?
–Sí.
–Joder tío, ya son ganas las tuyas.
–Ya, pero necesitaba saberlo –pegó un nuevo trago a la cerveza. Le supo más amarga que nunca–. Necesitaba saber todos los detalles. Dónde lo han hecho, en qué posturas, si se la chupó… Toda esa mierda.
–¿Y la cabrona te ha dado detalles?
–He tenido que insistir.
–Joder, para ser escritor no hace falta fustigarse de esa manera, colega –dijo Alex.
–Necesitaba saberlo. Joder, si no me respondía me hervía la sangre porque me la imaginaba haciendo cosas que pensaba que sólo haría conmigo. Los veía, a él sin cara y a ella con la que ponía cuando nos acostábamos, con la cara que nunca me habría imaginado que le pondría a otro. En el fondo tenía la esperanza de que me dijera que había sido un polvo mal echado, sin disfrute ni nada por el estilo. No sé, es patético… pero necesitaba escuchar eso, tenía esperanzas. Haber oído eso de su boca habría sido como agarrarme a un madero en medio del naufragio.
–Pero no…
–No, la hija de puta, no sé si para joderme o porque realmente fue así, me ha gritado una a una todas las cerdadas que la ha hecho.
–No sé que decirte –dijo Alex después de un par de minutos de silencio–. Puede que haya sido lo mejor… mejor que te hayas dado cuenta ahora de cómo es y no dentro de cinco o diez años. Chocarse a cincuenta por hora es una putada, pero al menos salvas la vida. A ciento veinte no hay quien pueda contarlo.
–Ya, tienes razón, pero ahora eso me importa poco. Uno puede acostarse cada noche con el mismísimo diablo, saberlo, y querer dar la vida por seguir haciéndolo.
–Supongo, mira las adoradoras de Satán de la secta esa –añadió Alex intentado quitarle hierro al asunto.
–Sí, las adoradoras de Satán…
El veinteañero introdujo la última moneda. Cereza-Limón-Herradura. Nada, la máquina certificó que era gilipollas; uno que se había pulido todo el jornal en diez minutos. Se encendió un cigarro después de farfullar algo entre dientes, se despidió de Ernesto aunque éste de él no, y salió del bar. Un chino que aparentemente estaba dormido en la barra revivió de golpe y se lanzó sobre la tragaperras.
–Oye, ¿sabes a quién vi este fin de semana? –preguntó Alex después de un largo silencio.
–Ni idea.
–Al colgao de Tirso.
–¿Tirso? ¿Nuestro Tirso? –preguntó Tony sorprendido, con una sonrisa inédita en semanas.
– Claro tío, ni que hubiera muchos Tirsos.
–Y qué se cuenta.
–No sé, no hablé con él. Me dio corte pararle. Iba vestido super estrafalario, con un sombrero de fieltro y pegado a una tía por el centro.
–Ya, la verdad es que hemos perdido todo el contacto –dijo Tony recuperando el tono sombrío.
–Sí, pero me apetece llamarle para quedar algún día.
–Pues hazlo, que ya sabes cómo son estas cosas. O se llama al poco o no se llama, pero no te engañes, que esto siempre queda en papel mojado. Creo que pocas veces nos cuesta tanto materializar las intenciones como cuando hay una llamada telefónica de por medio.
–No te preocupes, lo haré, y si me sale bien algo que tengo entre manos, os propongo un plan de puta madre.
–Pues conmigo no cuentes, que estoy en el paro.
–No, lo tengo pensado. Puede que saque pasta con un negocio que me ha surgido.
–¿Otro más? –preguntó Tony–. Joder, pero si ya tienes dos curros.
–Ya, pero este me ha venido de repente. Es demasiado bueno para rechazarlo. Ya te contaré.
–Vale –Tony apuró la jarra de un trago largo. Luego dijo con voz empalagosa–: oye, tengo que pediros un favor a Eva y a ti.
–El que quieras tío.
–Que me dejéis pasar esta noche con vosotros. No puedo volver a ese piso estando vacío, no me veo capaz… –dijo mientras dos pequeñas lágrimas le manaban de los ojos. En ese momento se dio cuenta de que iba muy borracho, justo cuando la tragaperras empezaba a vomitar monedas sin parar.
Al menos el chino tenía suerte.
08/01/2008
9- Tirso

Desde hacía algún tiempo tenía la ligera sospecha de que dependía demasiado de los demás. Más concretamente de la opinión que los demás tenían de él. Esa clase de análisis introspectivos no eran típicos de Tirso. El era sociólogo, o al menos pretendía serlo al cabo de siete u ocho años de carrera, y lo suyo era diseccionar a la masa, no a las personas. Y mucho menos a él mismo cuando la conclusión se intuía poco satisfactoria.
Tirso abrió el bolso, sacó un cuaderno y buscó una postura cómoda para escribir. Era bastante alto y aquel nuevo modelo de autobús tenía muy poco espacio entre asientos. Además los pantalones pitillo último modelo que llevaba no eran de lo más confortable. Intentando acomodar el pulso al brusco recorrido por las adoquinadas calles del centro, dibujó una circunferencia que ocupaba toda una hoja. Luego la fue dividiendo en cuñas que representaban los diferentes usos que daba al tiempo en un día normal. La tarta tenía veinticuatro horas, y más o menos, seis de ellas se esfumaban en dormir, dos en ir y volver de la universidad, y otras dos en comer y cenar. El resto del tiempo lo empleaba en actividades netamente sociales: cinco horas para confraternizar en la cafetería de la facultad o jugar al Risk en la asociación estudiantil que presidía, cuatro para navegar y dejarse ver por las muchas redes sociales de Internet de las que formaba parte, y tres para tomarse unas cañitas en algún bar del centro con cualquiera que se apuntara. Por último dibujó un pequeño sector de dos horas que representaba un cajón desastre de actividades tan diversas como tomar una ducha, hablar con los padres o masturbarse.
El diagnóstico estaba bastante claro. Pasaba la mayor parte de su vida interactuando con gente. Con gente, ya fuera de carne y hueso o virtual. Ya casi no había diferencia. Los nicks eran tan válidos como los nombres, y los avatares tan representativos como los rostros. Todo ello formaba parte de la personalidad de cada uno, de la impresión general que se transmitía a los demás. El límite que separaba el mundo real del mundo construido a base de bits resultaba especialmente difuso para Tirso, y tal vez también para todos sus conocidos. Los dos mundos se retroalimentaban. Uno conocía a otra persona por Internet, y al poco tiempo estaba bailando en una discoteca con ella. Y a la inversa. Se podía conocer a alguien en los pasillos de la facultad para terminar conversando sobre cine durante horas por msn.
En contra de lo que se podría pensar, la Red amplificaba las relaciones interpersonales, y eso era lo que le pasaba a Tirso. Que la tecnología había elevado exponencialmente su sociabilidad, y con ello, le había avocado al desgaste que suponía estar expuesto constantemente al juicio de la gente. Gente que gracias a las redes sociales de Internet solía renovarse con extraordinaria rapidez. Todas las semanas entablaba relación con caras nuevas, con personas con las que una y otra vez tenía que empezar de cero. En cierto sentido era algo maravilloso y excitante, pero también algo agotador e inevitablemente superficial.
Y en esas estaba.
Bajó del autobús y el calor de la noche le golpeó en las mejillas. Miró el reloj. Eran las diez menos tres minutos, tenía tiempo para echar un cigarro. Fue hasta el banco más cercano y se sentó. Pegó la primera calada, se quitó el sombrero de fieltro negro y se masajeó suavemente las sienes. Los efectos secundarios de la juerga de la noche anterior persistían. Tenía los músculos doloridos, una sed inagotable y la extraña sensación de que la cabeza le funcionaba al cincuenta por ciento. Se puso de pie antes de que la resaca le cortara las ganas de pasarlo bien, y volvió a mirar el reloj, nervioso como un hombre casado que aguarda para entrar en un puticlub. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… las diez de la noche en punto. Y comenzó a andar calle arriba.
Se caló hasta las cejas el sombrero pretendidamente moderno, apuró el cigarrillo antes de lanzarlo sobre las baldosas gastadas y encendió el mp3. Comenzó a sonar Muse a todo volumen. Era hora de montarse una buena peli en la cabeza. Aguzó la vista y a unos veinte metros de distancia divisó unas medias negras de rejilla que avanzaban en su misma dirección. Objetivo fijado.
La dueña de las medias, y de los botines rojos de tacón, y del vestido popero, y de una melena larga, lisa y morena, era casi tan alta como él. Andaba con paso firme, plantando sus zapatos de chica mala con decisión. Giró a la derecha en la primera calle y se adentró en la oscuridad. Tirso aceleró el paso y giró tras de ella. Estaba a unos quince metros. Había coches aparcados a ambos lados, contenedores desbordados de bolsas de basura y muy poca luz. El bullicio de la calle principal había dejado paso al silencio de aquella estrecha travesía. El sonido de los tacones de la chi
