Image Hosted by ImageShack.us
9- Tirso | Los Amigos de Peter Pan

9- Tirso

20080108030410-494715431-bc27ec4f86.jpg

Desde hacía algún tiempo tenía la ligera sospecha de que dependía demasiado de los demás. Más concretamente de la opinión que los demás tenían de él. Esa clase de análisis introspectivos no eran típicos de Tirso. El era sociólogo, o al menos pretendía serlo al cabo de siete u ocho años de carrera, y lo suyo era diseccionar a la masa, no a las personas. Y mucho menos a él mismo cuando la conclusión se intuía poco satisfactoria.

Tirso abrió el bolso, sacó un cuaderno y buscó una postura cómoda para escribir. Era bastante alto y aquel nuevo modelo de autobús tenía muy poco espacio entre asientos. Además los pantalones pitillo último modelo que llevaba no eran de lo más confortable. Intentando acomodar el pulso al brusco recorrido por las adoquinadas calles del centro, dibujó una circunferencia que ocupaba toda una hoja. Luego la fue dividiendo en cuñas que representaban los diferentes usos que daba al tiempo en un día normal. La tarta tenía veinticuatro horas, y más o menos, seis de ellas se esfumaban en dormir, dos en ir y volver de la universidad, y otras dos en comer y cenar. El resto del tiempo lo empleaba en actividades netamente sociales: cinco horas para confraternizar en la cafetería de la facultad o jugar al Risk en la asociación estudiantil que presidía, cuatro para navegar y dejarse ver por las muchas redes sociales de Internet de las que formaba parte, y tres para tomarse unas cañitas en algún bar del centro con cualquiera que se apuntara. Por último dibujó un pequeño sector de dos horas que representaba un cajón desastre de actividades tan diversas como tomar una ducha, hablar con los padres o masturbarse.       

El diagnóstico estaba bastante claro. Pasaba la mayor parte de su vida interactuando con gente. Con gente, ya fuera de carne y hueso o virtual. Ya casi no había diferencia. Los nicks eran tan válidos como los nombres, y los avatares tan representativos como los rostros. Todo ello formaba parte de la personalidad de cada uno, de la impresión general que se transmitía a los demás. El límite que separaba el mundo real del mundo construido a base de bits resultaba especialmente difuso para Tirso, y tal vez también para todos sus conocidos. Los dos mundos se retroalimentaban. Uno conocía a otra persona por Internet, y al poco tiempo estaba bailando en una discoteca con ella. Y a la inversa. Se podía conocer a alguien en los pasillos de la facultad para terminar conversando sobre cine durante horas por msn.

En contra de lo que se podría pensar, la Red amplificaba las relaciones interpersonales, y eso era lo que le pasaba a Tirso. Que la tecnología había elevado exponencialmente su sociabilidad, y con ello, le había avocado al desgaste que suponía estar expuesto constantemente al juicio de la gente. Gente que gracias a las redes sociales de Internet solía renovarse con extraordinaria rapidez. Todas las semanas entablaba relación con caras nuevas, con personas con las que una y otra vez tenía que empezar de cero. En cierto sentido era algo maravilloso y excitante, pero también algo agotador e inevitablemente superficial.

Y en esas estaba.

 

Bajó del autobús y el calor de la noche le golpeó en las mejillas. Miró el reloj. Eran las diez menos tres minutos, tenía tiempo para echar un cigarro. Fue hasta el banco más cercano y se sentó. Pegó la primera calada, se quitó el sombrero de fieltro negro y se masajeó suavemente las sienes. Los efectos secundarios de la juerga de la noche anterior persistían. Tenía los músculos doloridos, una sed inagotable y la extraña sensación de que la cabeza le funcionaba al cincuenta por ciento. Se puso de pie antes de que la resaca le cortara las ganas de pasarlo bien,  y volvió a mirar el reloj, nervioso como un hombre casado que aguarda para entrar en un puticlub. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… las diez de la noche en punto. Y comenzó a andar calle arriba.

Se caló hasta las cejas el sombrero pretendidamente moderno, apuró el cigarrillo antes de lanzarlo sobre las baldosas gastadas y encendió el mp3. Comenzó a sonar Muse a todo volumen. Era hora de montarse una buena peli en la cabeza. Aguzó la vista y a unos veinte metros de distancia divisó unas medias negras de rejilla que avanzaban en su misma dirección. Objetivo fijado.

La dueña de las medias, y de los botines rojos de tacón, y del vestido popero, y de una melena larga, lisa y morena, era casi tan alta como él. Andaba con paso firme, plantando sus zapatos de chica mala con decisión. Giró a la derecha en la primera calle y se adentró en la oscuridad. Tirso aceleró el paso y giró tras de ella. Estaba a unos quince metros. Había coches aparcados a ambos lados, contenedores desbordados de bolsas de basura y muy poca luz. El bullicio de la calle principal había dejado paso al silencio de aquella estrecha travesía. El sonido de los tacones de la chica sobre la acera se oía perfectamente, rítmico, acompasado. Pero Tirso no podía escucharlo. Estaba demasiado concentrado en el Plug in Baby que Matthew Bellamy le cantaba al oído. En eso y en lo cachondo que le ponía la situación.

No era la primera vez que seguía de cerca a una mujer y seguramente no sería la última. No, le excitaba demasiado. Sintió el impulso de abalanzarse sobre ella, de taparla la boca, de empujarla contra uno de los coches y levantarla el vestido como había hecho años atrás con las compañeras de primaria. Sólo que esta vez no se trataría de un juego de niños. La tenía a tiro y seguramente no les vería ni escucharía nadie.

La chica miró con disimulo hacia atrás, apenas un movimiento mínimo para confirmar que efectivamente la seguía alguien. Cambió de calle un par de veces, cada vez más nerviosa, acelerando el paso después de cada giro. Tirso aceleró a su vez, dispuesto a no dejarla escapar. Estaba tan cerca que podía oler su maravilloso perfume. Era un aroma a rosas, tal vez a jazmín. También olía a algo de miedo y feromonas, eso  seguro. A Tirso ese miedo le excitaba aún más. Al cabo de cinco minutos de persecución, la última callejuela por donde se había adentrado la chica desembocó en una plaza. Tirso miró a un lado y a otro. Tampoco había nadie a la vista, pero era un sitio abierto, menos propicio para intentar nada. En el otro extremo, un luminoso de color rosa parpadeaba insistente. Era el letrero del Groupie. La chica rompió a correr en dirección a la entrada del garito. En un primer momento Tirso salió tras ella para impedirle la entrada, pero finalmente la dejó escapar.

Al cabo de un par de minutos Tirso cruzó la puerta de la discoteca con ganas de encontrar a su presa. Como siempre el Groupie estaba atestado de mujeres entregadas a la noche. Según bajaba la escalera que daba a la pista de baile, fue notando como sus ganas de quemar el fin de semana aumentaban. El pop mezclado con electrónica parecía acompañar. Antes de que bajara el último escalón, una mano le tapó con fuerza la boca y lo empujó hacia el interior de un pequeño cuarto. Los labios de la popera le besaron con frenesí. El cazador había sido cazado.

Tirso recuperó el control de la situación y la acorraló contra la pared. Con un movimiento ágil agarró la parte baja del vestido y tiró hacia arriba. Se lo sacó con facilidad por los hombros. Intentó contemplarla desnuda, pero ella no le dejó. La chica le agarró inmediatamente el rostro y lo reclamó para si, para seguir besándole con pasión, como si su boca fuera un manantial de agua fresca y ella acabara de cruzar el desierto de Mojabe a pie. Tirso recurrió al tacto para recorrer aquel cuerpo que no le había dejado dormir en días. Llevaba toda la semana pensando en aquel momento. La chica tenía unos pechos grandes, tersos, desafiantes ante la ley de la gravedad que hacían prescindible la labor de cualquier sujetador. Del sujetador que no llevaba. Tampoco llevaba bragas que cubrieran su pubis totalmente rasurado. Tan sólo tenía las medias negras de rejilla y los botines rojos. Tirso abandonó los senos y le clavó los dedos en las nalgas, separándolas con fuerza una y otra vez mientras se apretaba a ella. Luego dejó libre la mano derecha y tras llevar los dedos a la boca de la chica para que los chupara, se los introdujo despacio en la vagina, ya de por si suficientemente húmeda.  

–Veo que te has olvidado la ropa interior.

–Tal y como me pediste la última vez –dijo la chica casi sin dejar de besar a Tirso. Luego le plantó la mano en la bragueta y le susurró al oído–. Házmelo, házmelo como a una desconocida.

 

Tirso salió del almacén de bebidas tres cuartos de hora después acompañado de Sara, su ex novia.   

–Genial, cariño –dijo Sara mientras le daba dos besos en la mejilla.

–Lo mismo digo, guapa. Cuando quieras volvemos a repetir.

–Por mí la semana que viene. A las diez en punto en el mismo sitio.

–Vale, pero no sé si me voy a poder contener. Me has puesto loquísimo durante el camino.

–¿Si? –preguntó Sara riendo–. A mi también me ha excitado pensar que eras un desconocido. Bueno guapo, tengo que entrar ya mismo a la barra, que hoy está esto repleto.

–Venga, cuídate.

En la pista de baile el personal se agitaba con entusiasmo al ritmo de Franz Ferdinan. Tirso se mezcló tranquilamente entre la multitud con la claridad de ideas que le otorgaba el acabar de eyacular, mirando aquí y allá sin dejarse atrapar por aquellos flequillos que lucían las chavalas y que tanto le gustaban. Junto a una de las barras, se encontraban varios personajes familiares, todos ellos reunidos por obra y gracia de myspace.

–Muy buenas chicos.

–¡Hombre, el señor Tirso! –exclamó Zana con entusiasmo. Con ese estúpido entusiasmo fraternal que sólo se puede dar en los bares de copas.

–¿Cómo estás tío? Quiero decir… ¿cómo estás? –preguntó Luilli tomándose su tiempo. 

–Bien, aquí a pasar el rato.

–Como debe ser, colega –sentenció Zana.

Zana era un tipo realmente inconfundible, cargante y genial a partes iguales. Una de esas personas que terminan por confundir su yo auténtico con el personaje histriónico que de forma lícita se han construido para llamar la atención y salir de la mediocridad. Claro que a Zana, Zanahorio durante demasiados años de colegio e instituto, tampoco le hacía falta mucho artificio para resultar llamativo. Era alto, delgado y con algo de chepa, una especie de spaghetti mal cocido que ni estaba recto ni completamente doblado. Y por si fuera poco, era pelirrojo. Muy pelirrojo. De ahí lo de Zanahorio, un mote evidente e inevitable que algún genio de las metáforas le puso en el colegio y que él había recuperado para su causa, poniéndoselo como nick del myspace, asegurándose así los réditos que suponía aparentar saber reírse de uno mismo. Sin duda la mejor estrategia para ligar cuando uno tenía su aspecto.

Luilli por su parte era físicamente normal, salvo que quien opinase al respecto fuera una mujer. En ese caso quedaría claramente encuadrado por encima de la media, en la categoría de los tíos buenos. Su éxito con las chicas era tan cierto como inexplicable. A decir verdad si que podía ser explicado: era alto, guapo, con el rostro bien formado y una sonrisa que embaucaba a todo aquel que la contemplase. Pero por contra, era extremadamente lento a la hora de hablar, como si estuviera hasta arriba de toda la marihuana que no fumaba, como si analizara infinitas variables antes de emitir cualquier juicio y eso le llevara a tener que repetir todas las frases que le parecían demasiado complejas. En cualquier caso, de lo que si que no había duda era de que su éxito era inimitable. Por muy guapo, rico o famoso que uno fuera, resultaba imposible obtener el mismo rendimiento que Luilli. Con el mínimo esfuerzo, o más bien, con la ausencia total de esfuerzo e interés por las mujeres, conseguía rendirlas a sus pies en poco tiempo. Luilli era alguien que anteponía una conversación con los colegas, ya fuera una conversación buena o directamente estúpida e insustancial, a gastar algo de tiempo en ligotear. Nunca traspasaba la barrera de la corrección para pasar a ser cortés con el género femenino, y nunca, bajo ningún concepto, bailaba, lo que en la práctica suponía una violación del requisito sine qua non para ligar tanto en el Groupie como en los demás garitos afines. Luilli lo tenía todo para despertar envidias, pero en lugar de eso generaba a su alrededor la reacción contraria, una especie de atracción, de admiración por el hombre tranquilo que siempre está contento y al que siempre le salían bien las cosas. Por algún motivo, Luilli daba buen rollo y todo el mundo, aunque fuera de forma inconsciente, se acercaba a él para recibir algo de Karma positivo.

Las horas pasaron y Tirso consumió tres o cuatro copas mientras bailaba de forma efectista con Zana en medio de la pista. Luilli repartía el tiempo entre dar buena cuenta de los chupitos de absenta que pedía sin falta cada cuarenta minutos, y entre dar largas a Sara, una de las camareras del local que le asediaba desde el otro lado de la barra. Luilli sabía que a Tirso no le importaría lo más mínimo que se liara con su ex, pero desde su punto de vista alimentarse de carroña sería  algo poco elegante.

Tirso y Zana regresaron a donde estaba Luilli, quien había conseguido desembarazarse se Sara a cambio de darle falsas esperanzas para la semana siguiente. Retomaron una conversación sobre cine y las actrices más morbosas, pero la entrada en escena de uno de los pocos cabestros que había en el local interrumpió de nuevo la confección del ranking. El tipo en cuestión era un conocido de vista del local, el novio de la amiga de alguien que tenía relación con Zana. El caso es que llegó como loco, preguntando insistentemente por una tal Samanta.       

 –Como la encuentre la mato, por hija de puta –decía una y otra vez con la mandíbula oscilando de un lado para otro.

–¿Algo habrá hecho, no? –preguntó Zana, confraternizando más por inercia que por gusto.

–Eso digo yo tronco –dijo el cabestro pegándole una palmada en la fina espalda a Zana–, tú me comprendes. Son unas perras y a ésta por lista, le voy a poner la cara morada esta noche.

El primer impulso de Tirso fue mirar a Luilli, quien le devolvió la mirada. Zana comprendió rápidamente. Sí, estaba mal decirlo, pero desde luego había gente que se lo merecía.

–Eh colega, las tías son unas zorras. Sí, lo son, unas zorras –dijo Luilli.

–A mí me lo vas a contar, como la pille me la cargo.

–¿Pero sabes dónde está? –preguntó Zana.

–Aquí desde luego que no, seguramente esté fuera.

–Mira tío, estamos un poco cansados de estar aquí, si quieres salimos y te ayudamos a buscarla –dijo Tirso.

–Joder colegas, pues os lo agradecería.

 

Dicho y hecho. Los cuatro se abrieron paso entre la multitud y salieron del local con rapidez, con la misma expresión en la cara, a medio camino entre lo chulesco y lo concentrado del que sale de un bar a encontrarse con una pelea segura. Afuera había multitud de grupitos salidos de la discoteca para tomarse un respiro. El cabestro, fiel a su naturaleza, iba el primero, mirando grupo por grupo a ver si encontraba a su novia. Sus tres aliados de última hora le seguían de cerca, mirando también a izquierda y derecha a ver si encontraban a alguien que encajara con la descripción de Samanta y podían echar una manita.

–¿Y llevas mucho con ella? –preguntó Tirso mientras recorrían la gran plaza a buen ritmo.

–Casi dos años.

–¿Y todavía te sigue haciendo estas espantadas? No, tienes que meterla en cintura o se desmadra –dijo Zana.

–No te creas que no la he metido más de una buena, pero al final de bueno soy tonto.

–No tío, que juegan con eso, con que al final nos acobardamos –dijo Tirso.

–Pues mira, ahí está. Vas a ver  –dijo el tipo lanzándose como un halcón hacia un par de chicas que había sentadas en un banco.

Una de ellas tenía el rostro entre las manos, y lloraba a moco tendido mientras su amiga trataba de consolarla.   

–Llevo una hora buscándote, pedazo de puta –escupió el tipo fuera de si.

–Déjala en paz –pidió la amiga.

–Tú cállate, imbécil. Y tú, levanta la cara –Samanta obedeció–. Bien, que te quede bien clarito, que te lo has ganado –y lanzó con rabia la mano abierta contra el rostro de su novia.

El tipo se quedó helado cuando notó como algo se cerraba como un cepo alrededor de su brazo justo antes de que pudiera golpear valientemente a su novia. Se dio la vuelta sorprendido, y casi no tuvo tiempo de ver el puñetazo de Tirso. La nariz hizo un ruido horrible al romperse. Una vez en el suelo, mientras sangraba como un lechón en plena matanza, Zana tuvo la poca clase de propinarle un par de patadas en las costillas.

Samanta contempló la escena estupefacta.

Era guapa. Muy guapa, aunque previsiblemente también algo tonta. Justo lo que Tirso andaba buscando.

–Hola, lamento que nos conozcamos en estas circunstancias –dijo al tiempo que le tendía un pañuelo de papel–, pero es lo que hay. Me llamo Tirso.  

–Hola –dijo Samanta alucinada. Aceptó el pañuelo y se limpió el lápiz de ojos que se le había corrido con las lágrimas.

–Creo que sería bueno que diéramos una vuelta, ¿no crees? –preguntó Tirso tendiéndola la mano con la mejor de sus sonrisas.    

08/01/2008 03:04

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.com
Autor: princesasur

Vi una errata...na na na na na. Por no confiar en tu editora antes de colgarlo. Espero que sea broma lo de Sara, Bueno uno mas para hacerte famoso. Un besito

Fecha: 09/01/2008 02:23.



Autor: Une petite touche française

Ains!!Pero que bien que escribes chatito!!:P.Por ahora el personaje que mas me gusta es este,sin lugar a dudas...Saludos!

Fecha: 10/01/2008 02:55.


gravatar.com
Autor: Robert D. Paz

saludos

princesasur: si ves una errata, súbete a una silla y grita. luego, deberías dicirme donde está, por aquí o por privado, es igual. No me extraña que haya muchas, los subo con prisas, para no haceros esperar, más, jajaja.

Une petite touche française: una placer que cada vez que te veo aparecer, que eres como el guadiana, jajajaja. Me encanta que sigas la historia y sí, Tirso es el más crápula y molón de los tres, aunque también el que menos tiene de mi, jajajajaja. Creo que eso me deja en mal lugar.

Un saludo y muchas gracias!!!!

Fecha: 11/01/2008 21:20.



Autor: Enric

Un capítulo muy "no jodas". Has aprovechado de coña que el lector todavía no conoce en profundidad a los personajes y yo he picado las dos veces: primero con el Tirso violador y después con el Tirso misógino.
Salut!

Fecha: 12/01/2008 11:26.


gravatar.com
Autor: Inocencia Prohibida

Me ha encantado sobre todo como describes las escenas entre Tirso y su ex...genial.

Un besito...

Inocencia Prohibida

Fecha: 13/01/2008 18:24.


Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]