Image Hosted by ImageShack.us
11- Alex | Los Amigos de Peter Pan

11- Alex

20080211222051-299318707-3fef0d2960.jpg

El centro de la ciudad era el decorado ideal para una película deprimente.

Tal vez para una ambientada en un país dictatorial, o en una posguerra, o lo que es peor, en plena crisis bursátil. Daba igual, el hombre gris se hubiera movido como pez en el agua en cualquiera de esos escenarios. Como no, vestía traje gris con raya diplomática, corbata negra y zapatos oscuros. Dos profundas ojeras nutridas de insomnio y arrepentimiento, destacaban como agujeros negros en su rostro pálido y vulgar. Iba recién afeitado, pero ya lucía una tenue sombra verdosa por toda la cara que le confería un aire de persona enferma. Llevaba días pensando en estrenar la corbata roja y morada que le había regalado su mujer meses atrás, pero siempre terminaba por descartar la idea. Muy rompedora, casi seguro fuera de lugar. No, no iba con su imagen, o puede que simplemente no le gustase el hecho de llevar algo de su mujer oprimiéndole la garganta. Demasiadas noches sin pegar ojo como para encima anudarse el remordimiento al pescuezo.

Sentada a la puerta de una iglesia, una viejecita vestida de negro de los pies a la cabeza, pedía limosna con la mano temblorosa y los ojos acuosos. Sin dejar de andar, el hombre rebuscó en el bolsillo y sacó un par de monedas. Poca cosa, calderilla. Paró y se echó a un lado para no ser arrollado por la marea humana que fluía somnolienta por la acera. Pensó en el tiempo que hacía que no había visto una iglesia abarrotada más allá de las bodas, bautizos y comuniones. A eso había quedado relegado el templo del Señor, a albergar pantomimas lúdico-festivas que poco tenían que ver con el verdadero sentimiento católico, y en cambio, mucho con la inercia del folclore tradicional, con el cariño sólo es un día y a mi madre le hace mucha ilusión.  La gente ya ni siquiera acudía a los funerales. Ahora sencillamente bastaba con ir diez minutos al tanatorio para cubrir el expediente. Todo apestaba, la moral de la sociedad estaba podrida, herida de muerte. Él era buena prueba de ello y lo sabía. Y le jodía. Se echó mano a la cartera que llevaba en el bolsillo interior de la americana y sacó uno de los gordos. Daba igual, la vieja necesitaba agarrar el billete que olía a pensión y comida caliente y en cierto modo, él necesitaba darlo. Después de santiguarse delante de la enorme cruz de forja que coronaba la entrada a la iglesia, se lo tendió a la anciana. Luego prosiguió su camino sintiéndose algo más en paz consigo mismo.

Entró en la oficina central de correos y fue directamente a los casilleros. Localizó su apartado postal, introdujo la llave y abrió la pequeña puerta. Dentro había un sobre color salmón. Un sobre igual que los anteriores, salvo que esta vez además había otro más pequeño y de color blanco. Sin pensarlo dos veces sacó la correspondencia, cerró el buzón y después de mirar a un lado y a otro en busca de alguna mirada sospechosa, salió a toda velocidad a la calle.

A pesar de la taquicardia consiguió cruzar la avenida y llegar hasta La Fuente Azul. Se sentó en la terraza ajardinada, junto al vaporizador de esencias, en la misma mesa de mimbre de todas las mañanas. Un camarero joven y perfectamente uniformado llegó al momento para tomarle nota. El hombre le hizo un gesto con la mano sin ni siquiera mirarle a la cara y el camarero se dio por enterado: lo de siempre, café con hielo y tostadas con aceite. Se quitó la americana, la dobló y la dejó en el respaldo de la silla de al lado. Estaba completamente empapado en sudor; también al borde del infarto. Decidió relajarse, cerró los ojos y se acomodó en la butaca de corte étnico. Se concentró en las minúsculas gotas de agua que lanzaba el aspersor y que tenían a bien aterrizar sobre su rostro. Era una sensación agradable. Más allá de la doble hilera de macetas plantadas con setos, el tráfico voraz surcaba el asfalto derretido por el sol de agosto, pero allí dentro se estaba realmente tranquilo. Aquella terraza de La Fuente Azul era un auténtico oasis. Un remanso de paz en medio de la zona más transitada de la ciudad. Una zona que incluso en agosto, era un maldito hormiguero.

El camarero imberbe trajo el café y las tostadas, y el hombre interrumpió la breve tregua que se había concedido. En cuanto el joven se hubo marchado, cogió el sobre blanco con las manos sudorosas y lo abrió. En el interior había una nota escrita a mano:

 

   He recibido el tercer pago según lo previsto.Tal y como le comenté en mi primera carta, he tratado de ser discreto. Algo me dice que he fracasado porque según tengo entendido, su mujer se marchó de casa hace un par de días. Es probable que no le sentara bien saber que su marido espera un hijo de otra mujer.Es usted un hijo de puta y le tengo agarrado por los huevos. Le ha jodido la vida a su esposa y a menos que haga un último ingreso, yo haré lo mismo con la suya. Creo que a la congregación no le caerían nada bien las fotos que le adjunto.Por favor, la misma cantidad de siempre pero multiplicada por cinco y le dejaré en paz.

Que tenga un buen día.

   

Una mezcla de ira y miedo estalló en su interior. La honda expansiva le recorrió de arriba a abajo empequeñeciendo cualquier barrabasada hecha con napalm en las selvas de Vietnam. Rompió compulsivamente la nota y se guardó los trozos en el bolsillo. Luego tomó aire. Abrió el sobre color salmón. Tal y como esperaba había fotos. Hechas de noche, desde lejos, con teleobjetivo. Las dos primeras eran demasiado oscuras, imposible que nadie le reconociera. Ni el mismo podía adivinar cual de las cuatro siluetas era la suya. Pero en la tercera ya sí se le distinguía perfectamente. En la cuarta, el rostro de la sombra a la que estaba abrazado se definía: risueño, luminoso… unos diez o doce años más joven que el de su mujer. La cosa quedaba bien clara en las imágenes sucesivas. El letrero del Flamingo iluminando levemente la calle certificaba la secuencia: dos parejas acarameladas saliendo de un lupanar de alto standing.     

Un nuevo acceso de rabia dominó al hombre. Rompió una a una todas las fotos e introdujo los pedazos en el sobre color salmón. Luego sacó el móvil y marcó un número de memoria.  

–Soy yo –dijo después de unos segundos–. He cambiado de idea, necesito que me localices esos movimientos, sí, quiero saber quién hay detrás. Cuanto antes posible y con discreción.

El hombre cerró el móvil sin despedirse de su interlocutor, cogió la americana del respaldo de la silla y el sobre con las fotos rotas. Se marchó sin pegar bocado. Dispuesto a morir matando si fuera necesario.

    

Alex era completamente ateo. Esa era una de las pocas cosas de las que estaba seguro al cien por cien. Sin embargo, cada noche a la vuelta del trabajo rezaba insistentemente para encontrar un hueco donde dejar el maldito coche. Era el mayor devoto de Santa Plaza de Aparcamiento y no le dolía en prendas reconocerlo. Si para aparcar tenía que hacerse católico no había problema, siempre podía apostatar a la mañana siguiente. Como si tenía que vender su alma al mismísimo Satán. Daba igual.

Eso era lo peor de aquel barrio. Ni la suciedad de las calles, ni el deterioro de los edificios, ni la falta de zonas verdes, ni los indios inundándolo todo con el olor a curry de sus comidas, ni las broncas monumentales de los vecinos, ni los adolescentes que se emborrachaban en la calle lanzados tras los pasos de sus padres alcohólicos. Sin duda lo peor del barrio era la insufrible falta de aparcamiento. Encontrar un sitio donde poder dejar el coche era la última y más exigente prueba antes de finiquitar la jornada, la mayor fuente de estrés, de encogimiento de arterias, de generación de mala leche. La constatación evidente de que la vida en la ciudad era una auténtica locura.

Después de media hora dando vueltas como un imbécil, Alex encontró un hueco minúsculo junto a unos cubos repletos de basura. No sin esfuerzo logró subir el ford a la acera y lo dejó todo lo pegado que pudo a la fachada de un locutorio de pakistanies.

No estaba de humor. Había sido un día duro en el trabajo. Cada vez le desgastaba más el tener que escuchar los problemas de la gente, uno detrás de otro, en cadena. En el fondo aquellas personas no le importaban lo más mínimo, pero sobre su espalda recaía la responsabilidad de solucionar sus problemas. Aunque a veces, esos problemas no fueran ni la mitad de lo que deberían ser si existiera algo parecido a la justicia divina.

Hacía un calor insoportable. El aire acondicionado del coche seguía inerte, y perder el tiempo dando vueltas tras un hueco para aparcar había provocado que le hirviera la sangre. Era una noche bochornosa como todas las de la última semana y en casa le esperaba aún más calor. Más calor; esta vez de invernadero. En casa estaría Eva, con su maravilloso cuerpo, un cuerpo que a buen seguro se arrimaría a él en cuanto se sentara en el sofá para comerse la cena a deshora. Estaría sudoroso y ávido de cariño y buenas maneras, justo lo último que en ese momento él podía dispensar. No le apetecía ser amable con nadie y menos con el ser que amaba porque sabía, que aunque lo intentara, no sería capaz de darle lo que ella necesitaba. Se esforzaría por escuchar mientras ella le contaba cómo le había ido la jornada, pero a buen seguro terminaría por perder disimuladamente el hilo del monólogo en favor del plato de comida o de la patética programación veraniega. Luego ambos se tumbarían en el sofá y estarían a gusto durante unos minutos. Pero tarde o temprano Alex comenzaría a sentirse incómodo, o al menos, menos cómodo de lo que estaría si el sofá fuera todo para él. Sentiría calor, un calor pegajoso agravado por el hecho de estar tumbado en un sofá de cuero, en medio de un salón caldeado durante más de ocho horas de intenso sol y pegado al cuerpo de otra persona. Y desearía estar solo. Intentaría eludir el contacto con todo el disimulo del mundo pero ella terminaría por darse cuenta y comenzaría la discusión con ella. Ella, la mujer a la que últimamente engañaría con cualquiera; pero también la mujer con la que compartiría el resto de su vida, por la que moriría sin dudarlo. 

Alex quitó la carátula del radioCD extraíble, la guardó debajo del asiento y salió por el lado del copiloto. Eran las once de la noche y la oscuridad era dueña de las calles. Gran parte de las farolas estaban fundidas y era muy probable que permanecieran así otra buena temporada. A nadie parecía importarle el mantenimiento de aquel rincón de la urbe. De aquella colmena obrera de extrarradio. Los pequeños edificios de cuatro plantas y fachadas de ladrillo que se descomponían como trozos de carne al sol, eran buena prueba de ello.

No había un alma en la calle. En aquellas fechas la ciudad quedaba casi desierta. La mayoría de la gente prefería huir a la costa en busca de un merecido descanso, puede que con la vana intención de encontrarle algo de sentido a la vida, o puede que simplemente empujada por la euforia de haber recibido una paga extra. Alex se echó mano al bolsillo derecho del pantalón y sacó un papel cuidadosamente doblado. Era un resguardo del banco. Se fijó una vez más en la cantidad que había abajo a la izquierda, esbozó una leve sonrisa y se guardó de nuevo el papel en el bolsillo. Pronto él también podría irse a la playa, podría escapar de aquel maldito suburbio, de aquella maldita caja de cerillas cuyo alquiler se llevaba buena parte de sus dos sueldos. Podría escapar de la idílica monotonía que vivía con Eva y desmelenarse un poco con sus amigos. Podría recuperar algo de su libertad. Y podría ser un iluso y marcharse creyendo que a ella eso no le iba a importar.

Después de pasar la vieja tienda de ultramarinos giró a la izquierda y entró en el largo y estrecho callejón que desembocaba en su portal. Había un coche aparcado al fondo, a unos diez metros de su posición, casi pegado a las escalerillas de su casa. Caminó hacia él. Las luces del coche se encendieron de repente. Las largas, de xenon. Alex se llevó la mano a los ojos totalmente deslumbrado. Se quedó quieto, tan estúpidamente quieto como el perro que en plena carretera se detiene para intentar memorizar la matrícula del coche que está apunto de arrollarle, como si eso le pudiera ayudar, como si los perros supieran leer.  

No vio al tipo salir del coche a toda velocidad hacia él hasta un segundo antes de que le hundiera el puño en las costillas. Alex cayó abatido sobre el asfalto caliente, sin respiración, sin saber que coño pasaba. Una mano le agarró de los pelos, le obligó a incorporarse y le lanzó con furia contra el capó del coche. Era un Audi. Lo supo porque apunto estuvo de dejarse los dientes contra los dichosos cuatro aros de la marca. Fuera quien fuera el que le estaba pegando la paliza del siglo al menos tenía buen gusto. O puede que simplemente tuviera dinero, que eran cosas diferentes.  Se recostó en el capó y miró a su atacante.

Era él. El hombre de gris. Tenía el rostro congestionado por el esfuerzo y la rabia. Vestía una camisa blanca remangada y una fina corbata negra con el nudo prácticamente deshecho.  

–Mira tío, no te pases un pelo –dijo Alex apenas sin aliento, con las manos en el regazo.

–Calla.

–Tu puta madre –escupió en un alarde de inconsciencia. Y recibió un puñetazo en los morros como premio.  

–Te creías muy listo, mocoso –dijo el hombre de gris–, pero he podido acabar contigo desde el primer momento.

Alex se levantó como pudo, se llevó la mano al labio y comprobó que se lo había partido.

–Ya, y supongo que no lo has hecho porque te ponía cachondo eso de darle pasta a un desconocido.

El hombre se abalanzó de nuevo sobre Alex, pero éste se echó a un lado y le hundió el codo en la cara. El hombre calló al suelo. A la mañana siguiente luciría un bonito moratón en la cara, gris verdoso, a juego con todo él.

–¿Qué coño quieres de mí? –preguntó el tipo desde el asfalto, apunto de llorar de rabia–. ¿Haces esto por dinero? Dime cuanto quieres para terminar de una santa vez.

–¿Y tú? ¿La has jodido por dinero? No, capullo, en la vida hay más cosas que el dinero.

–No pienso aceptar sermones de un niñato –dijo el hombre tras ponerse en pie.

–Claro, supongo que te sientes más cómodo siendo tú el que emite los juicios morales, desde tu posición de miembro honorable del Opus, con tu fachada de marido ideal. Pero no eres más que un maldito hipócrita. 

–No sabes una mierda.

–Sé que sus lágrimas eran auténticas. Ella estaba segura, pero aún así me contrató. Tenía la esperanza de equivocarse.

–Mira, no vayas de justiciero.

–No voy de nada, no me invento nada. Si hago esto es porque se lo debo a ella.

El hombre se llevó la mano al pómulo dolorido, luego escupió y se dirigió a la parte derecha del Audi. Abrió la puerta del copiloto. Sacó una bolsa de papel y vació el contenido en el suelo.

–Ahí tienes, seis mil –dijo el hombre mientras se encaraba con Alex–. ¿Se llama Eva, verdad? Como vuelva a tener noticias tuyas, te juro que os mando matar. Con la mitad de esa cantidad bastaría.

Alex miró como el hombre se montaba en su coche. Luego fijó la vista en los fajos de billetes desparramados por el suelo. Se agachó y comenzó a recogerlos. El hombre de gris arrancó el motor, bajó la ventanilla y dijo:

–¿Quién es el hipócrita ahora?
11/02/2008 22:21

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.com
Autor: lady sisiak

No sé que me ha excitado más si las perras que dió a la ancianita mendicante o la pelea con el tipo Audi... prosiga prosigo Lord Ray

"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado volar, y...
Wendy se levantó y encendió la luz: Él alzó un grito de dolor.."
J.M Barrie, Peter pan

Fecha: 12/02/2008 12:05.


gravatar.com
Autor: Inocencia Prohibida

¡Qué entrega tan emocionante! me ha gustado mucho. Sobre todo la pelea. Aunque me ha dejado pensando en la próxima reacción de Alex.

Un besito grande ;-)


Fecha: 13/02/2008 15:33.



Autor: lady sisiak

Me parece maravilloso esto de scribir y postear cada vez que las musas acompañen pero chico, ha pasado más de un mes dsde que te comente aka y otro tanto en el otro, la vida, aunque resulte aburrida y futil, presenta en ocasiones vias de skape para olvidar... desahogar y recordar, una de ellas es escribir asi q date brillo, bien????

Fecha: 20/03/2008 05:39.


gravatar.com
Autor: clementine

Esto me ha traído recuerdos... es lo que trae la lectura, muchas veces sentimos la necesidad de hacer nuestras las historias que leemos. Es una mezcla agridulce, pero hoy es que estoy melancólica.

Felicidades por el blog.

Fecha: 26/05/2008 14:49.


Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]