12- Tirso

El denso humo del porro inundaba el interior de la furgoneta. El tema de The Sounds que sonaba por los altavoces, a duras penas conseguía elevarse por encima de la conversación. Era animada, repleta de risas, lo normal cuando la marihuana se pasea libremente por el sistema nervioso de cinco jóvenes. Con su sombrero de fieltro y un cigarrillo mal liado prendido de la boca, Tirso manejaba el volante de una vieja Nissan propiedad de un tipo cuyo nombre había olvidado. En realidad sólo retenía con claridad el de Samanta, su proyecto de ligue, una rubia preciosa de rostro infantil y escote magnético. La chica a la que había salvado de recibir una paliza a manos de su novio la semana anterior. De los otros tres ocupantes de la furgoneta no sabía prácticamente nada. Los había conocido en persona aquella misma mañana. Eran dos chicos y una chica, músicos, la crema de la modernidad, de la vanguardia electrónica, amigos de Samanta. Y él estaba haciéndoles de chofer.
Lo hacía básicamente porque quería ganar puntos de cara a Samanta, pero también porque le apetecía eso de formar parte activa de un concierto. Siempre había sentido curiosidad por toda la troupe que acompaña a los músicos en sus actuaciones, por todos esos personajes que se mueven por los entresijos de los escenarios con gesto serio y actitud resuelta, como si tal cosa, como si estar a escasos metros de los artistas admirados por la multitud, con la música a todo volumen y rodeados de toneladas de entusiasmo y excitación, fuera lo más normal del mundo.
Siete días antes, después del episodio del novio violento que acabó probando de su propia medicina, Tirso y Samanta terminaron charlando animadamente hasta el amanecer, sentados en un bordillo en plena calle y con una lata de cerveza en la mano. En un momento dado la conversación derivó hacia la música independiente, y ella le comentó que tenía unos amigos que se estaban haciendo un nombre dentro de la escena de la nueva electrónica, que necesitaban a alguien que les echara una mano con la logística del siguiente concierto.
Así que dicho y hecho. Una semana después allí estaba Tirso, conduciendo más contento que unas castañuelas rumbo a la macro rave que se iba a celebrar en un lugar remoto a más de mil metros de altura. Iba con su camiseta negra ideal para backstages, y una identificación colgada del cuello que mostraba la palabra STAFF escrita con una preciosa impact negrita a 72 puntos. Estaba orgulloso de ella.
Llegaron después de siete horas. Tirso llevó el volante gran parte del camino, y lo hizo sin sentir el peso de los kilómetros sobre su conciencia algo abotargada por el tetrahidrocannabidol de la super skunk que no habían parado de ofrecerle durante todo el trayecto. Condujo animado por la sensación de sentirse vivo y dueño de su propio destino, con la excitación propia de los viajes que más que traslados de un punto a otro son aventuras en si mismas, de saberse rumbo a un lugar desconocido, de seguir las líneas de la carretera que le alejaban de la rutina. Del tedio del día a día.
Después de la segunda parada para tomar café y visitar el cuarto de baño, Tirso se intercambió el sitio con el dueño de la furgoneta. Era hora de ganar algo de terreno con Samanta en el asiento de atrás. El tipo en cuestión resultó llamarse Thiago y era el teclista del grupo. Thiago era de origen brasileño, fuerte, alto y musculado como un profesor de capoeira, pero para desgracia de las fans que solían devorarle con la mirada en cada concierto, era meridianamente homosexual. Llevaba el pelo teñido de negro azabache y cortado de forma asimétrica, una camiseta de rombos y unos pantalones pitillos de color azul a juego con las zapatillas de lona del mismo color. A Tirso le pareció un buen tío.
El concierto se iba a celebrar en la misma fábrica de vidrio abandonada del año anterior. Se trataba de una enorme nave desocupada que resistía como podía el paso del tiempo. Yacía inútil, oxidada, inerte en mitad de una explanada a la que sólo se podía acceder por un camino de tierra casi sepultado por el avance de la vegetación. El sitio era ideal para una rave clandestina. Reunía las condiciones de aislamiento necesarias para no llamar demasiado la atención. La fábrica estaba encajonada entre dos grandes montañas, a unos mil quinientos metros de altura y a más de media hora de carretera del pueblo más cercano. En la primera edición de la RuralRave actuaron diez dj´s y cinco grupos, y acudieron alrededor de seiscientos participantes convocados exclusivamente a través de los foros especializados de Internet y del boca a boca. La policía ni se enteró del evento. En esta ocasión todo parecía indicar que habría aún más público.
Tras dar cuenta de un par de litros de cerveza para contrarrestar el entumecimiento provocado por el largo viaje, se pusieron manos a la obra con el equipo. No era muy abundante, apenas un par de amplificadores, tres teclados, micros, platos y una mesa de mezclas. Tardaron poco en disponerlo en el escenario principal, junto al de los demás grupos que componían el cartel. A Tirso la música electrónica no le terminaba de convencer. De hecho, no concebía la música, la buena música, sin guitarras. Para su gusto, no había nada como un buen guitarrista rasgando con furia unas cuerdas electrificadas, nada como la distorsión en su justa medida y bien conjugada con una batería, un bajo y una voz cantando buenas letras. Pero había que reconocer que la música electrónica era ideal para bailar, para desinhibirse con o sin ayuda química, para crear estados inducidos de fraternidad, para vivir la fiesta. Thiago y los demás se quedaron en el interior de la fábrica con el equipo, esperando a que les llegara el turno para probar el sonido. Tirso aprovechó y se llevó a Samanta aparte. El tiempo pasaba y había que picar mucha piedra antes de llegar al preciado metal. O tal vez no.
Eran las dos de la tarde y el sol estaba en todo lo alto achicharrando la explanada. Tirso sacó una sombrilla de playa del interior de la furgoneta para fabricar algo de sombra. Luchó en vano contra el terreno pedregoso durante varios minutos, hasta que Samanta, porro en mano y entre carcajadas, se ofreció a ayudarle. Juntos consiguieron hundir el mástil lo suficiente como para que la sombrilla se mantuviera erguida. Perfecto, trabajo en equipo, lo ideal para acortar distancias. Además, estaba claro que a las mujeres les gustaba ver de vez en cuando alguna debilidad en el hombre, algo que les permitiera sentirse útiles, que les creara la ilusión de imaginarse superiores. Tirso lo llevaba comprobando mucho tiempo. De todas sus estrategias para atrapar a las mujeres, la más sana y la que mejores resultados le daba, era la de hacerse el despistado, el incompetente en determinados aspectos. Se trataba de hacer del defecto virtud. Recordaba con especial cariño como había conquistado definitivamente a su última novia; nada menos que utilizando para lavarse las manos una de esas esponjas abrillantadoras de zapatos que regalan en los hoteles. Tirso se manchó los dedos por accidente, pero ella terminó tirada por los suelos de la risa y completamente prendada de él.
Después de colocar la sombrilla, Tirso extendió una toalla y sacó la pequeña nevera de plástico con los hielos. Mezcló el vino de brick con la coca cola en un vaso de litro, y se lo pasó a Samanta después de pegarle un buen trago. Comenzaron a hablar, tumbados sobre la toalla y con el sonido de los grupos ensayando de fondo. Dos vasos de calimocho después, Tirso se ató la cinta blanca con el sol naciente alrededor de la cabeza y como un kamikaze japonés, se lanzó contra la boca de Samanta.
La gente comenzó a llegar a partir de media tarde. Un goteo constante de coches multicolores ocupados por personas con una sola cosa en común: las ganas arrolladoras de fiesta. Los vehículos terminaron por abarrotar la explanada que circundaba la nave. Rápidamente, como si fueran miembros de un pelotón de elite con la orden de conquistar la montaña, los recién llegados tomaron posiciones. Abrieron los maleteros, subieron el volumen de los equipos de sonido y sacaron a pasear los vasos de plástico y las botellas de alcohol. Eso de momento, la bebida era el primer plato. En cuestión de minutos el paisaje cambió por completo. La bucólica quietud de la antigua fábrica de vidrio fue vencida por una atronadora amalgama de músicas discordantes. Todo quedó sepultado bajo el poder arrollador de las ansias de diversión de una horda de jóvenes. Aquel efímero y ruidoso campamento no era más que una especie de Woodstock reformulado. No había hippies sino modernos, las barbas y pelambreras salvajes habían dejado paso a las melenas desfiladas y los peinados de vanguardia, y en lugar de rock setentero lo que sonaba era pop bailable o electrónica pura y dura; pero la esencia, por encima de estéticas o supuestos valores, era básicamente la misma. Escapismo, libertad. Un montón de jóvenes sedientos de sensaciones capaces de hacerles olvidar la semana vivida y la inminencia del lunes próximo, en busca de paraísos artificiales, jóvenes actuando como jóvenes, tratando de aferrarse a la parte buena de la vida, esa que sólo tiene sentido entre risas, brindis y amigos, tratando de postergar el advenimiento de las responsabilidades de la vida adulta y las castraciones que trae aparejada.
A las doce de la noche la gente se encontraba en estado de ebullición. Afuera la gente charlaba en pequeños grupos aquí y allá, con vasos en la mano y alguna que otra pastilla disolviéndose en el estómago. Dentro no cabía ni un alma. La fábrica estaba abarrotada, una catedral gótica consagrada al hedonismo. Thiago, Marc y Paula salieron a escena contribuyendo a la algarabía general. Tirso ocupó su puesto como pipa en el espacio libre que quedaba entre la primera fila y el escenario, con su camiseta negra, su identificación y su mirada ensayada al estilo del Che. El concierto duró algo menos de una hora. Después la juerga se retomó en la parte de atrás del escenario. Thiago cambiaba impresiones con cuatro tipos con más pluma que él, así que Tirso decidió encaramarse a la estela de Marc, quien ya daba conversación a dos groupies de muy buen ver. Una morena, otra pelirroja. Por su parte Paula intentaba animar a una Samanta claramente perjudicada por la bebida.
Los cuatro salieron de la fábrica. Era una noche cálida. No había ni una sola nube en el cielo y las estrellas se veían con total nitidez. El concierto del siguiente grupo se oía atenuado por los gruesos muros de la nave. Tirso se sentó entre Marc y la morena de pelo rizado. Rápidamente la pelirroja sacó una bolsita de plástico e insistió en invitar a una ronda de algo que según ella hacía flipar. Tirso aceptó y se llevó a la boca una especie de picadillo marrón. Después de comentar entre risas y caras de asco el mal sabor de los hongos, comenzaron a dar cuenta de una botella de absenta rebajada con agua. La conciencia de Tirso se fue diluyendo poco a poco entre carcajadas, alucinógenos, música, alcohol y unas ganas irrefrenables de abrazar a la mujer que parecía reírle las gracias. Y eso fue lo que hizo sin tener que sortear las más mínima inhibición. Toda barrera había sido fulminada por obra y gracia de las drogas. Todo era maravilloso, sólo había lugar para el amor. Se abrazaron, se besaron, pero no de una forma cualquiera. Lo hicieron movidos por un impulso fraternal, sin lujuria, guiados por una incontrolable necesidad de dar y recibir afecto. Marc y la pelirroja siguieron el ejemplo y al rato terminaron los cuatro abrazados, tumbados boca arriba sobre la hierba y jugando a unir estrellas para inventar nuevas constelaciones.
Samanta apareció poco después. Llegó tambaleante, se agachó a duras penas y se hizo hueco entre los cuatro en un evidente intento por interrumpir, por llamar la atención de Tirso. Tenía la piel pálida, los ojos irritados, la mandíbula oscilante como una llama andina. Tirso miró con una mezcla de lástima y diversión el lamentable estado de la chica a la que había besado apasionadamente apenas unas horas antes bajo una sombrilla; miró a la chica a la que había repudiado con exquisita diplomacia después de que se negara a acostarse con él en plena montaña. Samanta comenzó a prepararse una raya mientras murmuraba algo ininteligible. Las dos chicas retomaron las caricias dispuestas a que la recién llegada no les chafara el momento. Marc correspondió a los mimos de la pelirroja con un morreo impetuoso. Tirso hizo lo propio con la morena sin pensar en la proximidad de su antigua conquista. Era tiempo de dejarse llevar y de nada más. Samanta contempló la escena con los ojos entrecerrados, torció la boca y se concentró en enderezar la línea de polvo que había dispuesto sobre un pequeño espejo. Finalmente esnifó con todas sus fuerzas. Luego se levantó, le dijo algo a Tirso con voz empalagosa y comenzó a andar rumbo al grupo de chicos que brindaban efusivamente junto a un coche cercano. Poco antes de que el caos de música y voces que reinaba en la explanada la engullera, Tirso se zafó del beso de su amante y la miró. Vio como se perdía en la oscuridad de la noche andando como una vulgar yonki. Era una buena chica, inocente, guapa, atractiva pero que sin embargo, había dejado de interesarle en un abrir y cerrar de ojos. La morena reclamó de nuevo su boca y retomaron el beso, pero las últimas palabras de Samanta comenzaron a retumbar en la cabeza de Tirso. No la había prestado mucha atención, pero juraría haber escuchado un tú me gustabas de verdad. Nunca pudo salir de dudas; nunca volvió a escuchar su voz.
Ni él ni nadie.
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Autor: Inocencia Prohibida
Besitos
Inocencia Prohibida
Fecha: 01/04/2008 16:03.
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Autor: Nes Oliver
El manejo de la prosa y las metáforas son excelentes, la manera de introducir situaciones cotidianas fantástica, los tres personajes diferentes (que supongo que han de confluir como un ser complementario en algún momento) están esculpidos desde el inicio, empáticamente estructurados, la música acompaña y da forma, las tres diferentes partes que dejan buen gusto en los labios y ganas de llegar al siguiente capítulo... ¡Coño, qué está de puta madre, qué me ha gustado!
Hale, ya me has enganchado... Creo que este es el principio de una buena amistad, por lo menos literátamente hablando...
Salud y rocanrol!
Fecha: 13/04/2008 04:24.
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Autor: princesasur
Fecha: 29/04/2008 14:24.
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Autor: princesasur
Fecha: 29/04/2008 14:27.




