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13- Tony | Los Amigos de Peter Pan

13- Tony

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Pegó las solapas de la caja con el último trozo de cinta aislante y precintó sus recuerdos. El adhesivo era blanco y liso, pero bien podría haber sido uno de esos que utiliza la policía para acordonar la escena de un homicidio: prohibido el paso, crimen pasional.

Aquella caja de cartón estaba repleta de cosas que por algún motivo le recordaban a Amandine. Allí descansaban los libros que le había ido regalando, todos con su dedicatoria escrita con la típica letra esponjosa de niña buena, las entradas de las películas que habían ido a ver juntos, los gorritos del cotillón que utilizaron en la fiesta de inauguración del piso, las notas que acostumbraba a dejar por toda la casa recordando todo tipo de asuntos o simplemente diciéndole lo mucho que le quería, el tanga que le había regalado después de la primera noche que pasaron juntos en su pequeña habitación de estudiante, cuando todo era misterio y ganas de agradar, cuando quedaba todo por descubrir.

Dentro estaban también los vasos de diseño que les habían regalado los amigos de Amandine. Podía recordar perfectamente el día en que se los dieron entre risas y buenos deseos. En un momento dado alguien dijo que si la cosa no salía bien, los vasos se los quedaba Tony. Y allí estaban, dentro de una caja de cartón a la espera de ser sepultados en uno de esos lugares limbo que son los trasteros.   

Agarró la caja, la apiló sobre las otras 6 y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared donde antes había estado el sofá. Contempló el salón. Lucía desangelado; parecía más grande. La atmósfera de las casas vacías siempre le había resultado inquietante. Las habitaciones estaban para contener muebles, cosas personales, y si no era así, se convertían en espacios muertos carentes de sentido. Mudarse equivalía a extirparle el estatus de hogar a una casa, era retornarla a su función de mero habitáculo inerte. Los objetos se iban, los sueños se quedaban atrapados en 75 metros cuadrados.  

En un arranque de infantilismo idiota tal vez impulsado por las cervezas que yacían a medio acabar a sus pies, Tony pronunció la palabra eco. Y efectivamente, los muros desprovistos de muebles le devolvieron el eco de su propia voz. Su propia voz le sonó extraña. Un sonido lastimero y apagado que reverberó en su cabeza, rebotando una y otra vez contra las paredes del cráneo. Sentía que le iba a estallar. Había pasado las tres últimas noches refugiado en casa de Alex, incapaz de afrontar la soledad ártica de aquel piso. Pero ya era hora de dar carpetazo al asunto, de cauterizar la herida o por lo menos, de coserla aunque por dentro la infección siguiera su curso. 

 Se levantó movido por el único impulso que era capaz de romper la pátina de desidia que le recubría: las ansias de fumar. Palpó el pantalón esperando encontrar el reconfortante bulto del paquete de tabaco, pero sus bolsillos estaban vacíos. Rápidamente cayó en la cuenta de que en la habitación grande debería haber un cartón a medio terminar. Pero ese era territorio vedado. Después de pensárselo dos y tres veces, tragó saliva y enfiló el pasillo hasta el cuarto que había compartido con Amandine.

Poco quedaba en él de ella. Ni de nada. Apenas la enorme cama de matrimonio que seguramente había estrenado la bisabuela de la casera, un armario forrado con espejos biselados y un par de mesillas de noche. Tony abrió uno a uno los cajones, pero no encontró ni rastro del tabaco. Tampoco de la ropa interior de su exnovia. Una ropa interior que ya no reposaba colocada con mimo en el cajón, doblada con una delicadeza que él como hombre, y como hombre especialmente torpe con las cosas pequeñas, nunca podría igualar.

Esa ausencia material le trastocó más de lo que hubiera pensado, tal vez porque era algo sobre lo que nunca se había parado a reflexionar: en la relación íntima que uno establece con la lencería de su pareja. En ese momento comprendió que Amandine también eran esas braguitas desgastadas que usaba entre diario, esos tangas en sus infinitas variedades que se ponía los fines de semana, esos culotes que gastaba para estar por casa. Esas pequeñas prendas que había admirado durante horas y horas y que ocultaban el más preciado de los tesoros. Uno que a buen seguro ya había sido puesto a disposición de otro pirata; camarero para más señas.

La idea le rasgó como el zarpazo de un oso asestado desde dentro. Volvió la cabeza asqueado y dolorido, y se topó con su reflejo en el espejo. Se miró durante varios minutos mientras se mesaba el pelo de las sienes. Tenía un aspecto lamentable. Una barba cada vez más amish le cubría el rostro demacrado, y sus ojos carecían del más mínimo brillo.  

En ese momento sonó el teléfono.

Aunque en lo más profundo de su ser todavía albergaba la esperanza de recibir una llamada que lo cambiara todo, echó mano del móvil convencido de que sería cualquiera menos ella. Dejó pasar unos segundos escuchando el politono de eye of the tiger pensando en si tenía ganas o no de hablar. Finalmente miró la pantalla: Alex Móvil. 

     

–¿Sí?

–Buenas, ¿dónde estás?

–En el piso, a ver si termino de recogerlo todo.

–¿Estás sólo?

–Sí, ¿pasa algo? –preguntó Tony intrigado.

–Bueno, a ver… Es Sonia

 

Sonia”, “Sonia”, “Sonia…”

 

Tony sólo pudo escuchar la siguiente frase. Luego, como si las palabras de Alex encerraran algún sortilegio maligno, se quedó paralizado, con la conciencia en punto muerto. Aflojó los dedos de la mano y el teléfono cayó al suelo. Se derrumbó sobre la cama, boca arriba, mirando al techo. Todo comenzó a dar vueltas. Experimentó la sensación de estar cayendo por una pendiente vertiginosa. Comprendió que su vida se estaba yendo por el sumidero. Y que eso sólo era el principio.

 

Tardó en retomar las riendas. Sólo pudo hacerlo cuando la ola de endorfinas que su organismo había segregado para afrontar las palabras de Alex, se esfumó dejando tras de si un rastro de dolor. El efecto dopante había desaparecido. Fue entonces cuando afloró una angustia llena de matices desconocidos. Las paredes de la habitación comenzaron a oprimirle, el techo descendió lentamente, sus pulmones se negaron a recibir un centilitro más de aire. Tenía que escapar de aquella casa. Se levantó como pudo, se calzó a toda prisa unas viejas zapatillas de deporte y salió a la calle con la urgencia del náufrago que emerge a la superficie desde las profundidades del mar. Ya en el exterior inspiró con fuerza y se sintió algo mejor. Miró a la derecha, luego al frente. Finalmente comenzó a correr hacia la izquierda, calle abajo. Corrió con los puños cerrados y la mandíbula contraída, con la vista al frente y los ojos nublados. Corrió, corrió más que nunca.

Después de dos horas decidió parar a descansar. Estaba empapado en sudor, agotado, y tenía la certeza de que algo había cambiado en su interior. Lo sabía. Sentado en un banco de madera, llegó a la conclusión de que no tenía el valor suficiente para volver a aquella casa.     

Pasó la primera noche en el enorme parque que circundaba la ciudad. Durmió acurrucado sobre una de las rejas que cubrían los respiraderos del metro, agradeciendo el aire caliente que ascendía hacia el exterior. Nunca hubiera sospechado que las noches de agosto pudieran ser tan frescas. Pero así eran, al menos durante aquel extraño año en el que todo parecía venirse abajo. Ni el verano resistía.

Echarse a la calle sin el más mínimo equipaje y apenas sin dinero nunca había estado en sus planes. Pero todo había cambiado; ya nada era lo mismo. Siempre había tenido buena estrella. Había empezado la partida con una buena mano, pero la avaricia había podido más. Había tomado las decisiones equivocadas y por su culpa, una persona inocente, tal vez la mejor persona que había conocido, estaba a punto de dejar de existir. Sonia había saltado desde un tercer piso y se debatía entre la vida y la muerte en una cama del viejo hospital metropolitano.

Era hora de pagar las consecuencias, de vivir al límite de lo imprescindible, de dejarse llevar por la deriva de los acontecimientos y aceptar todo lo que llegara. Sin aspavientos, sin renegar del precio de sus acciones. Según le había insinuado Alex, el impacto con la acera había hecho añicos el cráneo de Sonia. Pero Tony sabía que aquello no era más que la consecuencia de otra fractura interior que el había ayudado a crear. Sonia, su exnovia, la mujer con la que había descubierto las dos caras de la misma moneda, la del amor y la del desamor, con la que había despertado al sexo, la persona con la que había compartido seis años de su vida, estaba apunto de morir. Y él se sentía infinitamente culpable por ello, porque de alguna manera, él era quien la había empujado a saltar desde el mismo momento en que la reemplazó de mala manera por Amandine.

La dejó sin previo aviso una fría tarde de abril, con una no menos fría actitud, ejerciendo su derecho a compartir su vida con quien quisiera, con la tranquilidad con la que un cirujano abre heridas, soltando frases demoledoras completamente hechizado por Amandine. Le dijo que ya no la quería, que se había enamorado de otra persona. Así de sencillo. Sonia pasó en una décima de segundo de existir a no existir, de serlo todo a no serlo nada. Y nunca lo asimiló.

  

Se despertó muerto de frío, con la garganta inflamada y el cuerpo dolorido por haber dormido sobre las rejas del respiradero. El remordimiento llegó tan rápido como el conocimiento de dónde estaba. Se frotó los ojos, luego las sienes, y comprobó que no se trataba de una pesadilla: Sonia realmente había saltado. Se puso en pie y comenzó a andar sin saber adónde iba. Lo que sí sabía era que se había equivocado y que se odiaba por ello. Y sabía que se había equivocado no sólo porque lo suyo con Amandine no hubiera salido bien, sino porque había hecho sufrir a una buena persona. Se había equivocado porque sabía que en el fondo de su corazón, oculto por el brillo deslumbrante y embaucador de Amandine, estaba escrito que nunca había dejado de querer a Sonia. Había querido menos a la que más le había querido, y eso era mucho más de lo que en aquel momento podía soportar.    

Recorrió los caminos de tierra durante horas, despacio, con las manos en los bolsillos, dando vueltas alrededor del lago atestado de patos y ocas que dominaba el parque. Para matar el tiempo jugó a reconstruir las vidas de los demás paseantes. Caminó detrás suyo analizando sus ropas, sus rostros, sus gestos, sacando conclusiones de los detalles más pequeños, rellenando la falta de información con aportes creativos de su propia cosecha, siempre con la intención de hacerse una idea de a qué se dedicaban, a qué tipo de vida pertenecían y cómo de lejos estaban de ser felices. Aquellas recreaciones de los diferentes personajes que paseaban por el parque fueron su único ejercicio literario, porque durante aquel tiempo, no consiguió construir una sola frase para su novela.

Pasó la segunda noche en el mismo sitio. Amaneció con un hambre atroz aunque esta vez con menos frío. Si alguien le hubiera asegurado que terminaría comprobando que en la calle unos cartones eran sinónimo de confort y abrigo, no le hubiera creído. Pero así era. Se levantó, se estiró y escondió cuidadosamente entre unos arbustos los restos de la enorme caja de cartón que le habían servido de cama y manta. Fue hasta una fuente cercana, se lavó la cara sin demasiada intensidad y se secó las manos en la camiseta. Estaba llena de mierda. Luego comenzó a andar alrededor del lago, con los ojos a medio abrir y el pelo enmarañado. Se sentía bien en aquel parque, o por lo menos, no se sentía tan insoportablemente angustiado como en plena ciudad. Vivir allí era como vivir a medias, como estar en el mundo sin estar. Podía sentarse durante horas a mirar los patos sin que pasara nada, sin que nadie le molestara. A efectos prácticos, allí no existía, y eso era justo lo que necesitaba. Lo contrario, existir, o al menos, ser consciente de que existía, era condenarse al remordimiento. Siempre había querido vivir en una casa con jardín. Ahora no tenía casa, pero sí un enorme jardín con lago, patos y jubilados feneciendo al sol; así que no estaba tan mal.

A media mañana, después de dar trece vueltas al lago, Tony abandonó el parque para ir a comprar algo con las pocas monedas que tenía en el bolsillo. Compró cuatro packs de seis cervezas y una barra de pan rellena de embutido. Le sobraron cinco céntimos que dejó de propina al tendero por haberle envuelto el bocadillo en papel de plata. De regreso al parque cayó en la cuenta de que no había comprado tabaco. Y de que no tenía dinero, y de que se moría por fumar. Dio un pequeño rodeo antes de entrar en el parque para pasar por una boca de metro. Alrededor de las escaleras descansaban todos los cigarrillos a medio fumar que los usuarios de metro habían tirado antes de entrar en la estación. Tony miró a izquierda y derecha, tragó el poco orgullo que le quedaba y se arrodilló para recoger las colillas que a buen seguro sabrían a prisas y despertador. Mientras las recolectaba a toda velocidad empujado por la vergüenza y las ansias de nicotina, pensó en que al menos no estaba muerto. Conservaba tres de los impulsos más básicos en un ser humano: las ganas de comer, de beber y de fumar. Pero en aquel momento, el único señor feudal que campaba a sus anchas por su interior era el sentimiento de culpa. El instinto de supervivencia genuinamente humano era un mero vasallo del todo prescindible.

Tony había decidido que la indigencia era el único camino que podía seguir. Un camino que sólo toman los que huyen desesperadamente de algo y que fácilmente, puede convertirse en el atajo más rápido hacia una muerte estúpida, hacia una suerte de suicidio de lo más refinado y extravagante. Tocaba remontar o ser eliminado, resurgir de las cenizas con el alma purificada o consumirse hasta los huesos. Esa era la única forma de resetear, de volver a un estado de paz. Esa era su penitencia, la prueba que todo personaje épico tiene que pasar para saber si se convierte en héroe o en villano. Tony había decidido iniciar un  viaje del que únicamente sabría si tenía retorno cuando llegara al final.

El tercer día fue un calco de los anteriores salvo por el hecho de que Tony recibió sus primera limosna. El encargado de bautizarle en la senda de la mendicidad fue un niño de unos ocho años que depositó a sus pies unas monedas que previamente le había dado su padre. El niño se le quedó mirando como solamente pueden mirar los niños a aquello que no encaja con su mundo inocente, con lo que papá y mamá dicen que está bien. Tony no se sintió mal por ello. De hecho no sintió nada.

 

Después de cinco días no había nada que a simple vista le diferenciara de un mendigo cualquiera. Ni su barba, ni su ropa sucia, ni su mirada vidriosa y perdida. Ni su conciencia difuminada. Ni los cigarros apurados hasta el filtro, ni las uñas negras, ni el penetrante olor a sudor y orín. Ni su ropa manchada de cerveza. Ni su pelo enmarañado, ni su piel quemada por el sol, ni los gestos repetitivos. Ni su pose de espera inútil.

Tal y como había hecho desde que empezó su nueva vida, aquel día caminó sin descanso durante horas. Sin descanso y sin rumbo. Sólo seguía el impulso mecánico de dar un paso para corresponder al paso anterior, de trasladar su cuerpo un metro adelante con cada zancada. Lo importante de verdad era no estar quieto mucho tiempo, el destino era lo de menos. Su brújula tenía el norte en los cuatro puntos cardinales. Había que andar. Por algún motivo estar en movimiento le ayudaba a no pensar demasiado, le anestesiaba. En cambio si paraba más de la cuenta, la realidad se cernía sobre él como una ave rapaz y los porqués, los cómos y los cuándos sobre Sonia y Amandine, regresaban para acosarle de forma implacable.   

A medio día se sentó en unas escaleras situadas frente a un supermercado. Encendió el medio cigarro que había reservado para cuando hiciera la parada. Luego quitó el ajado papel de plata que recubría el último trozo de bocadillo y comenzó a comer con parsimonia mientras observaba a las personas que entraban en el super. Estaba en un barrio residencial con cierto tufo de exclusividad, cerca del distrito  financiero. Una parte importante de  la clientela vestía de traje. Seguramente serían ejecutivos con paladares acostumbrados a las delicatessen que suelen degustarse en las comidas de negocios. Mientras masticaba el pan correoso, Tony imaginó el interior del super repleto de hombres de empresa recorriendo desesperadamente los pasillos de la sección gourmet  buscando magret de pato, caviar o alguna variedad exquisita de aceite de oliva. Un supermercado lleno de compradores que saltarían al vacío antes de dar de comer a sus hijos algún producto de marca blanca.

Antes de que pegara el último mordisco, un viejo ataviado con una descolorida camisa de cuadros se sentó a su lado. Lo hizo en silencio, sin decir una palabra. Simplemente plató un cartón de vino entre los dos como señal de buena voluntad y se sentó. Era uno de los muchos mendigos que trabajaban aquella parte de la ciudad, una de las más rentables, y a buen seguro no se había sentado al lado de Tony buscando una conversación interesante. No. A juzgar por su aspecto y su olor a humo rancio llevaba mucha calle encima como para seguir creyendo en las conversaciones interesantes. A lo máximo que aspiraba era a un rato de entretenimiento en compañía de un recién llegado. A eso y a satisfacer el instinto gregario que nunca abandona a los vagabundos, por muy enajenados que estén. Tony acabó el bocadillo, se limpió los restos de pan de las muelas con sus dedos sucios y dedicó media hora a manipular el papel de aluminio que había envuelto el bocata hasta conseguir una esfera perfecta. Luego lanzó la pelota plateada y la encestó en una papelera cercana. Durante todo ese tiempo no intercambió palabra alguna con el viejo. Simplemente compartieron bordillo, en silencio, posando ante los viandantes como miembros de una familia temática de lo más sórdido, como figurantes interpretando una performance bizarra llamada papá e hijo vagabundo esforzándose en el trabajo.    

–Mira chico –dijo el viejo con voz casi de ultratumba, como si acabara de resucitar–, te agradezco que no quieras calentarme la cabeza con algún lloriqueo sobre lo puta que es la vida, pero deberías saber que entre nosotros no está bien visto obligar al mendigo de más edad a iniciar la conversación.

Tony le miró sorprendido, pero no contestó. El hombre tenía los ojos pequeños, azules, enmarcados por unos párpados irritados y recubiertos por un velo blancuzco. Cataratas. Después ambos retornaron la vista al frente y el silencio se hizo de nuevo. Un ejecutivo que vestía traje gris con raya diplomática y lucía dos profundas ojeras, dejó caer una moneda a los pies del viejo.      

–Vale, ya veo que prefieres tener el pico cerrado. Estás cabreado con el mundo y crees que todos los que estamos en él somos una mierda. Yo huelo a mierda, pero salta a la vista que tú sólo juegas a oler a mierda. Te crees muy duro, crees que podrás con esto, pero a mí no me engañas chaval. No nos engañas. ¿Verdad que no nos engaña? Lo que yo diga. Mira, ¿ves esto de aquí? –dijo señalando alguno de los muchos rotos que tenía la camisa–. Son galones, medallas ganadas noche tras noche en la calle, así que a mi no me engañas. Por mucho que quieras aparentar calma, por mucho que desees guardar silencio, sé que por dentro no paras de hablar. No paras de hablarte a ti mismo, de repetirte el mismo monólogo una y otra vez. ¿Acaso crees que alguien desea convertirse en basura maloliente e invisible? ¿Eh? Porque eso es lo éste y yo somos; la gente nos huele pero no nos ve, y de vez en cuando, tipos uniformados vienen a sacarnos de las calles. Basureros sociales, eso es lo que pone en sus curriculums… No, escúchame, así empezamos todos en algún momento y luego no sabemos escapar. Créeme, chico, lo que haces está muy bien para una novela, pero te aseguro que no tiene nada de glamoroso. Te recomiendo que hables. Si no quieres volverte loco, habla o regresa a casa. 

–No tengo casa –contestó Tony sin querer. Lo hizo mecánicamente, en voz baja, con las cuerdas vocales entumecidas. Eran las primeras palabras que pronunciaba en cinco días. Luego agarró el cartón de vino y pegó un largo trago.

–Vaya –exclamó el viejo volviéndose hacia la izquierda–, dice que no tiene casa. ¿Has oído eso? –preguntó a un tercer mendigo invisible. Luego soltó una sonora risotada–. No tiene casa pero sí tiene sed –rió de nuevo–. Ahora me dirás que tampoco tienes trabajo.

–No tengo trabajo.

–Cojonudo, no tiene trabajo. ¿Qué hacemos con él? –comentó de nuevo el viejo con su amigo incorpóreo después de recuperar el cartón de vino–. No tiene casa y no tiene trabajo. Chico, veo que estás realmente jodido. Solo faltaría que tampoco tuvieras novia.

–No tengo novia –contestó apretando los dientes, masticando cada palabra. Cogió de nuevo el brick de las manos del viejo y bebió para tragar lo que acaba de decir.

–Y supongo que todo te importa una mierda.

–Todo me importa una mierda, sí.

–Ya, ni casa, ni trabajo, ni novia ni nada de nada… Vale chico, buen intento, pero no me lo trago. Eres un farsante y se te nota a la legua. Éste tampoco se cree una mierda.

–¿Farsante? –Tony miró indignado al viejo, quien sonreía satisfecho mostrando los tres únicos dientes que le quedaban.

–Sí, un jodido farsante. Llevo un buen rato aquí contigo y no has parado de mirarte la muñeca. ¿Puedes explicarme para qué cojones quiere un reloj alguien que no tiene ni casa, ni trabajo, ni novia? Alguien que no llega tarde a la cena, al curro, o a una cita. ¿Crees que de verdad alguien que ha renunciado a recuperar todo eso mira el reloj con tanta insistencia como tú?  

 

12/05/2008 00:26

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