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1- Tony | Los Amigos de Peter Pan

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18/09/2007

1- TONY

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La mañana era una fotografía desenfocada a ojos de Tony.

Salió del portal despacio, sumiso ante lo inevitable, con el organismo todavía anestesiado por el madrugón. La puerta se cerró tras de él con un estruendo metálico y se sumergió en la atmósfera de la ciudad. Como si su mano obedeciera a un reflejo indeleblemente fijado en su cabeza tiempo atrás, se palpó el bolsillo del pantalón. Pero allí no había nada. Sus sentidos se agudizaron buscando un lugar donde poder comprar un paquete de tabaco en pleno verano y a primera hora de la mañana. No tenía ganas de fumar, pero dar cuenta del primer cigarro del día le servía para algo más que calmar las ansias de nicotina. Lo necesitaba para engancharse al tren de la rutina con resignación, para poder afrontar las exigencias de una nueva jornada.

Echó a andar en dirección al kiosco de prensa que había a pocos metros de su portal. La calle estaba en silencio y sólo se oía el anodino canto de los pájaros al amanecer. Un sonido que significaba dos cosas para el que lo oía: que iba de camino al trabajo roto por el sueño, o que regresaba a casa con varias copas de más y la amenaza de una resaca inminente.

Dentro del pequeño y oxidado rectángulo, rodeado de una ingente cantidad de publicaciones, se encontraba como siempre el viejo Tomás, toda una institución en el barrio que se negaba a obedecer la prohibición de vender tabaco en los kioscos. Era un hombre dicharachero, alto, de ojos azules y tez pálida al que le encantaba fantasear sobre sus orígenes con todo aquel que se demorara más de la cuenta a la hora de comprar el periódico. Unas veces contaba que había nacido en medio de la pampa argentina al amparo de varias reses que resguardaban a su madre de los fuertes vientos. Otras que le habían alumbrado en la cubierta de un trasatlántico camino de Brasil, o que pasó los primeros meses de su vida en un campo para refugiados en el sur de Francia. Tony no tenía ni idea de cual de esas versiones era la menos falsa, ni si en el extraño acento del kioskero había más de argentino, brasileño o francés, pero cada vez veía más similitudes entre Tomás y los comerciantes chinos que se habían asentando en el barrio. Aquel hombre compartía con ellos el hecho de que prácticamente vivía para su negocio, que desconocía el significado de la palabra vacaciones y que no presentaba signos evidentes de envejecimiento. 

Después de intercambiar varias frases hechas con Tomás, Tony agarró su paquete de tabaco, dejó el dinero sobre un montón de periódicos y prosiguió su camino. Era agosto, pero no un agosto normal. Era un agosto frío, con todo lo que eso supone. Los meteorólogos habían advertido meses atrás que el verano iba a ser uno de los más calurosos de los últimos cincuenta años, pero quien fuera que manejase los engranajes del tiempo había decidido dejarlos en ridículo. Las temperaturas diurnas no estaban siendo ni mucho menos tan altas como en años anteriores, y por las noches la gente había dejado de dar vueltas en la cama empapada en sudor antes de poder conciliar el sueño.

Lo cierto era que hacía frío a aquellas horas. Tony pegó una profunda calada al cigarro, metió las manos en los bolsillos del pantalón, encorvó el cuerpo y enfiló el camino hacia la tienda de discos. Avanzaba con paso firme, vestido con unos vaqueros desgastados, una camisa de franela a cuadros y una gorra de los yankees. Había veinte minutos de caminata hasta el trabajo, lo que significaba que tenía tiempo para hurgar en su cabeza e intentar poner las cosas en orden.

Todo se estaba complicando en su vida. Había construido una relación de la noche a la mañana, levantando un edificio sin pararse a afianzar los cimientos. Y todo se estaba desmoronando a la misma velocidad con la que había crecido. Tenía la sensación de estar haciendo frente a los acontecimientos medio noqueado, justo como lo haría un boxeador venido a menos incapaz de adivinar desde donde le vendría el siguiente puñetazo.

Tony no podía evitar fantasear mientras andaba, siempre lo había hecho y siempre lo haría. Su imaginación se movía más rápido que sus piernas, y eso le ayudaba a que los metros pasaran casi sin que se diera cuenta. Unas veces se metía en la piel de una estrella de rock que salta al escenario en medio de un estadio abarrotado; otras caminaba experimentando las sensaciones de un futbolista que acaba de marcar en la final de la copa del mundo. Últimamente se veía a si mismo como una especie de Rocky Balboa urbano que utilizaba aquellos paseos matutinos como método de entrenamiento, como forma de esquivar los golpes que estaba recibiendo.    

Como todas las mañanas se detuvo sobre el puente que cruzaba la autopista. Diez metros por debajo de él, centenares de vehículos surcaban el asfalto azuzados por las prisas de sus conductores. Unos conductores que en pleno agosto, tenían el deber moral de llegar a sus trabajos a tiempo para mantener la ciudad operativa, de tener todo abastecido y a pleno funcionamiento para cuando llegaran los afortunados que habían encontrado el sentido de la vida en mitad de sus vacaciones.

Los coches eran de muchos colores, pero a aquellas horas lucían atenuados. Era como si algún gigante los hubiera lavado con agua demasiado caliente y hubieran desteñido. A ojos de Tony, todo era gris: el alquitrán de la carretera, el hormigón del puente, los soportes de las farolas que alumbraban con timidez, los quitamiedos de los arcenes, el cielo inusualmente encapotado. Todo formaba parte de un todo monocromático. Hasta un sinestésico podría percibir el sonido de los neumáticos como gris.

Pegó una última calada al cigarro y el humo le salió lentamente por las fosas nasales. Luego relajó la presión de los labios y dejó que la implacable gravedad diera cuenta de la colilla. El pequeño filtro marrón cayó muy cerca de la mediana. En ese momento se le ocurrió una analogía. Le pasaba a menudo, pero desconocía el porqué. Simplemente pasaba. De vez en cuando algo hacía contacto en su cabeza y establecía conexiones más o menos absurdas entre elementos.

Eran las siete de la mañana y Tony estaba pensando en la mediana que dividía los dos sentidos de la autopista. A ojos de Tony, aquella enorme serpiente de cemento era una pieza clave en el sistema coronario de la ciudad. Si los miles de puestos de trabajo eran células que mantenían con vida al gran supraorganismo que era la ciudad, entonces los viajeros que iban en el interior de los vehículos rumbo a sus empleos surcando las congestionadas venas de asfalto, eran glóbulos rojos que abastecían de oxígeno dichas células. Pero si no hubiera una barrera física que separara el torrente venoso del torrente arterial, el sistema circulatorio se colapsaría y el supraorganismo moriría instantáneamente. A aquellas horas de la mañana, el flujo arterial de glóbulos rojos cargados de oxígeno se movía en sentido entrada, rumbo al centro de la ciudad. Ocho o diez horas más tarde, el flujo venoso circularía en sentido salida, alejando de las células del corazón de la ciudad el peligroso dióxido de carbono generado durante una jornada laboral.  

Tony se prometió una vez más que empezaría a anotar ese tipo de razonamientos en una libreta. Pensaba que por absurdos que fueran, tal vez podría aprovechar algo de ellos para la novela que llevaba años queriendo escribir. Sacó un nuevo cigarro del bolsillo, se lo encendió con su fiel zippo de siempre y continuó su camino.

 

La tienda de discos estaba ubicada dentro de un centro comercial de la periferia. Las personas que lo frecuentaban se encontraban en su mayoría en las antípodas del público especializado que Splash Discos necesitaba para dar salida a su selecto fondo musical. El local había aguantando con heroísmo la crisis de la industria discográfica. Los dueños habían tratado por todos los medios mantener a flote un negocio anacrónico, pero la contabilidad terminó por emitir su frío dictamen. La oferta de instalar un Zara en el espacio que ocupaba la tienda había terminado por imponerse al romanticismo del puñado de melómanos que seguían invirtiendo dinero en algo que todo el mundo podía tener gratis.

Quedaba menos de un mes para que se echara el cierre a Splash Discos y a una etapa más o menos satisfactoria en la vida profesional de Tony. Una etapa que terminaría en la oficina del paro rodeada de la peor de las incertidumbres. Hasta entonces su trabajo consistiría en atender el mostrador de un local fantasma, en cuidar de un negocio canceroso cuya metástasis quedaba patente en el hecho de que a pesar de los precios de saldo, el género apenas desaparecía de las estanterías. Tony pasaba su jornada laboral penosamente, mirando la pantalla del ordenador esperando para hablar sin ganas con todo aquel que se conectara al messenger. Tenía la sensación de estar haciendo algo inútil, de estar gastando su tiempo en un proyecto sin futuro. Era una lucha de ocho horas contra el sueño, y el tedio y la idea de que lo mejor sería bajar el cierre de la tienda y eutanasiar cuanto antes el negocio que tanto le gustaba.

De vez en cuando entraba algún cliente a curiosear entre los estantes, pero rara vez se dirigían a él. Aquella mañana no era diferente de las demás. En tres horas tan sólo había tenido que atender a un inquietante completista de Avril Lavigne. El tipo en cuestión era bajito, de unos treinta años y con el pelo moreno y grasiento. Vestía un amplio chándal azul que no mostraba indicios de haber sido utilizado para hacer deporte. Al parecer llevaba mucho tiempo buscando como loco un supuesto single grabado en alemán por la cantante. Tony sabía de sobra que no tenía una rareza similar en la tienda, e incluso dudaba de que tal single realmente hubiera sido grabado, pero aún así hizo como que lo consultaba en la base de datos del ordenador. Cuando le comunicó que no había nada parecido, el hombrecillo lanzó una mirada de desaprobación desde detrás de las grandes gafas de metal de las que a buen seguro no se había separado desde la infancia, y sin decir ni media palabra se marchó con desaire del local. Poco después entró una mujer de unos cuarenta años.

No fue el sonido de los altos tacones lo que llamó la atención de Tony, sino el olor a perfume que inundó la tienda tras de ella. La mujer paseó un rato por los pasillos sin fijar la mirada en ningún lugar en concreto. Luego cogió un cd aparentemente al azar y se dirigió al mostrador.     

–Me llevo esto –dijo.

–Radiohead, muy bien. ¿Algo más?

–Sí, me gustaría que me recomendaras alguna cosa interesante.

–¿Algo en particular? –dijo Tony animado por el inesperado interés de la mujer.

–Me fío de ti –contestó con una sonrisa reluciente enmarcada en carmín.

Tony salió del mostrador y cogió un par de discos que ya tenía localizados.

–Creo que le podrían interesar estos. El Pink Moon de Nick Drake y uno de Backworld.

La mujer observó las portadas sin demasiado interés. Llevaba un elegante traje de chaqueta color vainilla a juego con el bolso y el marcado perfume que la envolvía.

–Me llevo los dos –dijo al tiempo que abría el monedero para sacar la tarjeta de crédito–. Me gusta descubrir música nueva.

–Sí, eso está bien –Tony comprobó que el nombre del carné coincidía con el de la tarjeta y tecleó el importe en el terminal del banco.

–Estoy de paso en la ciudad y mañana salgo de viaje. ¿Hay alguna forma de estar en contacto por si me interesaran más discos?

–Tenemos la página web y el correo electrónico de la tienda.

–¿Y algún teléfono de contacto? –la mujer volvió a sonreír mientras se pasaba el pelo por detrás de la oreja. El maquillaje no ocultaba del todo su edad, pero el paso de los años tampoco había borrado la evidente belleza de aquel rostro maduro.

–Sí –dijo Tony sorprendido–. En la bolsa viene un teléfono.

La mujer cogió la tarjeta de crédito que Tony había dejado sobre el mostrador.

–¿No podría conseguir tu teléfono? Creo que tienes buen gusto y puede que me interesara alguna otra recomendación.

–Bueno –contestó algo cohibido–, la verdad es que vamos a cerrar la tienda pronto…

–No te preocupes –dijo la mujer casi de manera maternal–, mejor te dejo yo mi tarjeta –cogió la bolsa con los discos y volvió a lucir su sonrisa–. Por si me quisieras llamar, para aconsejarme sobre algún disco nuevo o para saber como me va.

–Vale, muchas gracias.

–A ti, se feliz

La mujer salió de la tienda con paso firme, andando con la determinación de las mujeres maduras que saben de su atractivo. Tony miró la tarjeta durante unos instantes. Luego la arrugó y la tiró a la papelera intentando convencerse de que había interpretado mal la situación.

En toda la mañana tan sólo vendió otros tres discos. Pasó el tiempo colocando los estantes ya de sobra ordenados, y naufragando por Internet sin rumbo fijo. Finalmente llegó la hora de hacer caja. Cogió las cosas del almacén, apagó las luces y salió al exterior de la tienda para echar el cierre. Antes de que la reja metálica tocara el suelo y sin saber por qué, se arrepintió de haber tirado a la basura la tarjeta que le había pasado la mujer vestida de color vainilla.

18/09/2007 19:19 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 1- Tony Hay 2 comentarios.


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