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10-Tony | Los Amigos de Peter Pan

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22/01/2008

10-Tony

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Durante aquel minuto tocaba buscarle el lado positivo al asunto.

Si estaba jodido seguramente podría escribir mejor. Estaba claro. La angustia y la incertidumbre eran campo fértil, eran el alimento de las musas que huían de la felicidad acomodada. Todo el mundo lo sabía. Si estaba jodido, realmente hecho polvo, estaría en la mejor disposición para empezar su ansiada novela. Al menos eso era lo que se suponía que debía pasar, lo que infinidad de nombres ilustres de la literatura habían afirmado vehementemente. Pero no. Tony podía ser un cornudo apunto de quedarse en el paro, pero no era tonto. Sabía, porque algo sabía de si mismo y de sus ínfulas de literato, que la mayoría de los escritores eran seres extremadamente egocéntricos capaces de vender su alma al diablo, o de arruinar su vida personal, o de maltratar sin piedad su hígado o de aguantar una pose falsa y estúpida, a cambio de figurar ante el mundo como seres interesantes, como supervivientes a los que había que agradecer que hubieran superado sus momentos difíciles para ponerse a escribir. Tony no los culpaba, aunque sólo fuera por el corporativismo primigenio del que aspira a convertirse en un hombre de letras. Al fin y al cabo, ¿era posible crear algo y exponerlo sin pecar de cierto egocentrismo?

El puente seguía en el mismo sitio de siempre, y como siempre, eran las siete en punto cuando caminaba sobre él. Miró a la carretera. La misma estampa gris de todas las mañanas. Tony sacó una hoja arrancada de un cuaderno y un boli, dispuesto a apuntar todo lo que se le ocurriera. Había que aprovechar el momento, había que crear del dolor, y joder, a fe que sentía dolor en aquel instante. Pegó la última calada, apuntó a la mediana y lanzó la colilla. Acertó de pleno, pero esta vez no hubo ningún clic en su cabeza, no hubo ninguna analogía que surgiera de la nada. Sólo veía el lento discurrir de la procesión de coches que iban camino del centro de la ciudad, sólo la enorme y metálica columna de vehículos conducidos por ojerosos trabajadores con gesto grave y resignado, como borregos dirigiéndose al matadero. Esperó un par de minutos más con la esperanza de que los inescrutables surcos de su cerebro unieran en armonía dos elementos lejanos, a que los engranajes de su mente parieran una imagen literariamente poderosa. Pero nada. Finalmente se forzó a escribir: “La mañana era gris como…” Nada, gris como una puta mierda. No se le ocurría nada que no apestara a tópico, a manido o que no fuera directamente idiota. Disgustado se guardó el boli y el cacho de papel, y reanudó el camino a la tienda. Tal vez debería empezar con el plan B.

Echó mano a uno de los bolsillos de atrás de sus vaqueros y sacó una petaca que más bien parecía una cantimplora. Desenroscó el tapón y pegó un buen trago. Jack Daniel´s. Odiaba el whisky. Y el whisky bueno más, pero llenar una petaca con calimocho le había parecido algo poco glamoroso, demasiado estúpido, y de estupidez ya iba sobrado.

Se las apañó para sacar un pitillo del paquete y  encenderlo con el zippo mientras caminaba sintiendo como el licor le devoraba el esófago. Pero ese era el plan, recurrir al tabaco, al alcohol, a sustancias que le anclaran a su mundo en ruinas. En cierto modo era cuestión de masoquismo. Del masoquismo del romántico, del estúpido e innegable poder de atracción que tiene el regodearse de las miserias propias. De autocompadecerse, de saborear de forma morbosa y malsana aquello que hace daño, de saberse un animal herido, de rememorar una y otra vez una traición, aquello que salió mal, aquello que es mejor no imaginar. Viene a ser algo así como ese diente de leche que está apunto de caerse y que por mucho que duela, no podemos dejar de toquetear. Y el alcohol, sobretodo si era lunes y eran las siete de la mañana, ayudaba a eso. A eso y seguramente también a que le echaran del trabajo.

Tony pegó un nuevo lingotazo a la petaca y comprobó como el whisky ya no le sabía tan mal. Sí, estaría gracioso que le largaran de la tienda el mismo día del cierre. Sería el remate a un lunes cojonudo en el que la mujer que amaba, le había abandonado definitivamente.   

 

El centro comercial se asemejaba al esqueleto de una ballena descomunal varada en medio de un antiguo polígono industrial. Decenas de arcos de acero blanco se sucedían creando un basto espacio que era ocupado por todo tipo de locales. Era temprano y los pasillos estaban desiertos. Inquietantemente desiertos, como sólo pueden estarlo los sitios que han sido diseñados para estar masificados. A Tony le encantaba aquella sensación, la de poder caminar por el pasillo central tan sólo acompañado por el rechinar de sus zapatillas sobre el suelo encerado. Debía de ser algo similar a recorrer la quinta avenida después de que la totalidad de la población de Manhattan hubiera desaparecido sin dejar rastro.  

Llegó hasta la tienda, levantó el cierre y encendió las luces. Todo seguía igual: las estanterías prácticamente vacías, una pila de cajas de cartón llenas con los restos del stock invendible y el mostrador a medio desmantelar. Encendió el equipo de sonido y dejó que sonara el cd que había dentro. Daba igual lo que fuera, simplemente necesitaba escuchar algo que acallara sus conversaciones internas. Se puso manos a la obra, con los sentidos abotargados por el alcohol y la inquietante idea de ser descubierto colgando de una de las vigas del almacén.

     

La jornada transcurrió lenta y pesada. A las seis de la tarde Tony dio por concluida la agonía de la tienda y echó el cierre definitivo al negocio; a su aspiración de vivir de la música, aunque sólo fuera como vendedor de discos. Salió del local sin mirar atrás, tampoco mirando hacia delante. Tan sólo caminó por el centro comercial ya concurrido rumbo a la calle. Al pasar junto al Starbucks una mano le agarró firmemente del hombro.

–¿Ya te marchas, tío?

–Sí, ya hemos cerrado –contestó Tony volviendo al mundo real.

Ante él tenía a un guarda de seguridad, alto, con papada y enfundando en un uniforme marrón que iba a estallar de un momento a otro.

–Joder, qué putada –dijo el guarda con los ojos rojos, apunto de llorar.

–Eh… sí, supongo que sí –silencio. Finalmente el enorme guarda se derrumbó en sus brazos–. ¿Estás bien, colega?

–Bueno, no muy bien, la verdad –dijo mientras se limpiaba las lágrimas con unos dedos regordetes–. Joder, creo que te voy a echar de menos, me gustaba ir a verte,  charlar contigo…

–Ya, bueno –a Tony le pareció que aquel tipo con el que había hablado como mucho seis horas en toda su vida y del que nunca había sospechado nada raro, tenía una pluma cada vez más evidente.

–Ya, ya sé que es una tontería, pero coño, es que estoy sensible –sorbió con fuerza por la nariz mientras sacaba una foto tamaño carnet del interior de una cartera de piel–. Tío, resulta que ésta no es la primera despedida de hoy. Mira, nunca te lo he contado, pero se llama Julia –dijo señalando a la mujer obesa cuyo rostro a duras penas entraba en la pequeña foto–. Me ha abandonado por Miguel.

–¿Julia? –preguntó Tony aliviado–. ¿Miguel? ¿El que limpia los baños de la segunda planta?

–Ese, colega –el guarda rompió a llorar de nuevo.

–Joder –dijo Tony poniéndole una mano en el hombro, borracho, superado por la situación–, mira tío que la den por el culo. Que se quede con su jodido limpia retretes, que le cuente sus neuras a otro, que se la sujete a quien le de la gana, pero tú no sueltes ni una lágrima por ella. Esas zorras no se lo merecen. Además, por si no te has dado cuenta esa tía está obesa. Joder, si casi no cabe en la foto. Puedes permitirte alguien diez o doce kilos mejor. Toma, te la regalo, aún queda un culín.El guarda aceptó estupefacto la petaca y observó en silencio como Tony abandonaba renqueante el centro comercial.

 El día a día se configura en base a una maraña de coincidencias que en ocasiones, son realmente sarcásticas. Y el caso del abandono del guarda de seguridad era una de ellas. Así salió Tony al exterior aquel lunes, después de haberse visto así mismo en la piel de aquel pobre hombre gordo que daba lástima a la legua. Un guarda de seguridad que había sido reemplazado por un limpiador de cuartos de baño. Siempre era así, siempre había un nombre que borraba a otro nombre, una nueva cualidad que ensombrecía a las antiguas y una profesión que sustituía a otra. Tony había sido dependiente, tal vez el mejor dependiente de una tienda de discos en plena era de las descargas de música por Internet, y al igual que el guarda, también había sido suplantado; en su caso por un camarero. Por un vulgar camarero de discoteca, un embaucador acostumbrado a actuar con la bebida y la luz escasa como cómplices, aprovechándose de la falsa fraternidad que la noche genera. Por alguien que seguramente estaría tan atrapado a una botella tanto dentro como fuera del mostrador, por alguien cuyo bagaje cultural con suerte abarcaría cincuenta o sesenta marcas de alcohol.

  

Como casi siempre, la tragaperras cumplía su función con profesionalidad, ejerciendo de bandolero a la antigua usanza, como uno de esos que te quitaban todo y todavía te dejaban con ganas de darle las gracias. Ésta vez el desvalijado era un veinteañero con pinta de peón de albañil que parecía encantado de iniciarse en el estúpido camino de la ludopatía. A pocos metros, el viejo Ernesto iba y venía atendiendo a la misma clientela de hacía veinte años, arrastrando de un lado a otro de la barra su característica cara de mala hostia y siempre sin quitarle el ojo de encima a Susi, su novia, su premio de consolación. Susi era a las mujeres atractivas lo que los coches americanos a la automoción ecológica, pero Ernesto la vigilaba como si fuera el santo grial. Prefería tenerla allí sentada a todas horas, marchitándose en el bar, antes que dejarla sola en casa al alcance de vete a saber quién. Susi era rubia, por lo menos lo era a dos centímetros de las raíces, llevaba los estrechísimos labios pintados de rojo y una sombra verde botella dispensada a brochazos irregulares. Una sombra verde como las heineken que se ventilaba más o menos cada veinte minutos. Tenía diez años menos que Ernesto pero el alcohol, la piel apergaminada y las penas la hacían parecer mayor. Se empeñaba en vestir con minifaldas, como si fuera una universitaria que busca seducir a un profesor en la revisión de un examen. Pero para su desgracia, la impostura se veía de lejos. Para el común de los mortales era la viva imagen del patetismo, pero en el interior de aquel bar, para Ernesto y su parroquia, representaba ese objeto de deseo capaz de despertar viejos impulsos, de arreglar mecanismos oxidados. 

Tony entró en el mismo bar donde había estado con Gordo. El mismo bar deprimente y con grasa en las paredes al que había jurado no regresar. Pero allí estaba. Por alguna razón había vuelto a elegir aquel antro de viejos para digerir la crisis más importante de su vida. Sería por la cerveza barata: tenía mucha sed y ya estaba en el paro.

Se sentó en uno de los taburetes que había junto a la barra y pidió una jarra. Ernesto se la puso al poco junto con una pequeña tapa de aspecto insalubre, sin siquiera mirarle, haciendo gala de la exquisita ausencia de hospitalidad marca de la casa. Tony se la bebió de dos tragos e inmediatamente pidió otra. Había que mantener la anestesia etílica, de lo contrario aquel día podía resultar insoportable. Alex salió del baño y estrechó la mano de Tony mientras se acodaba en la barra.

–Buenas tío –dijo Alex–, estaba meando.  

–Eso está bien.

–¿Cómo estás?

–Es una pregunta retórica, ¿no? –dijo Tony mientras agarraba la nueva jarra.

–No sé, dímelo tú.

–Pues jodido tío, muy jodido.

–¿Estás jodido?

–Sí, Amandine se ha ido.

–¿Se ha pirado definitivamente? –se interesó Alex.

–Sí, después de una bonita discusión

–¿Habéis discutido? –preguntó nuevamente Alex, poniendo en práctica la única técnica que recordaba de la carrera de trabajo social: las preguntas espejo;  o lo que es lo mismo, devolver en forma de interrogación el último comentario del entrevistado. Era la forma más eficaz de lograr que la otra persona se abriera, o eso decían. Según los teóricos, preguntar de esa manera equivalía a colocar un espejo delante del sujeto para que éste pudiera verse a si mismo y se cuestionara sobre sus propios sentimientos. A Alex aquello le parecía algo bastante estúpido, pero lo cierto es que funcionaba. Y si lo hacía cada día en el trabajo para ayudar a extraños, tenía la obligación moral de hacerlo con su mejor amigo.

–Sí, y te juro que esta vez casi pierdo los papeles. Tío, se lo ha estado tirando. Me lo ha contado.

–¿Te lo ha contado?

–Se lo he preguntado.

–¿Se lo has preguntado?

–¿Quieres dejar de una puta vez de repetir lo que te digo? No estás currando, tronco.

–Vale, vale, lo siento. ¿Se lo has preguntado?

–Sí.

–Joder tío, ya son ganas las tuyas.

–Ya, pero necesitaba saberlo –pegó un nuevo trago a la cerveza. Le supo más amarga que nunca–. Necesitaba saber todos los detalles. Dónde lo han hecho, en qué posturas, si se la chupó… Toda esa mierda.

–¿Y la cabrona te ha dado detalles?

–He tenido que insistir.

–Joder, para ser escritor no hace falta fustigarse de esa manera, colega –dijo Alex.

–Necesitaba saberlo. Joder, si no me respondía me hervía la sangre porque me la imaginaba haciendo cosas que pensaba que sólo haría conmigo. Los veía, a él sin cara y a ella con la que ponía cuando nos acostábamos, con la cara que nunca me habría imaginado que le pondría a otro. En el fondo tenía la esperanza de que me dijera que había sido un polvo mal echado, sin disfrute ni nada por el estilo. No sé, es patético… pero necesitaba escuchar eso, tenía esperanzas. Haber oído eso de su boca habría sido como agarrarme a un madero en medio del naufragio.

–Pero no…

–No, la hija de puta, no sé si para joderme o porque realmente fue así, me ha gritado una a una todas las cerdadas que la ha hecho.   

–No sé que decirte –dijo Alex después de un par de minutos de silencio–. Puede que haya sido lo mejor… mejor que te hayas dado cuenta ahora de cómo es y no dentro de cinco o diez años. Chocarse a cincuenta por hora es una putada, pero al menos salvas la vida. A ciento veinte no hay quien pueda contarlo. 

–Ya, tienes razón, pero ahora eso me importa poco. Uno puede acostarse cada noche con el mismísimo diablo, saberlo, y querer dar la vida por seguir haciéndolo.

–Supongo, mira las adoradoras de Satán de la secta esa –añadió Alex intentado quitarle hierro al asunto.

–Sí, las adoradoras de Satán…

El veinteañero introdujo la última moneda. Cereza-Limón-Herradura. Nada, la máquina certificó que era gilipollas; uno que se había pulido todo el jornal en diez minutos. Se encendió un cigarro después de farfullar algo entre dientes, se despidió de Ernesto aunque éste de él no, y salió del bar. Un chino que aparentemente estaba dormido en la barra revivió de golpe y se lanzó sobre la tragaperras.   

–Oye, ¿sabes a quién vi este fin de semana? –preguntó Alex después de un largo silencio.

–Ni idea.

–Al colgao de Tirso.

–¿Tirso? ¿Nuestro Tirso? –preguntó Tony sorprendido, con una sonrisa inédita en semanas.

– Claro tío, ni que hubiera muchos Tirsos.

–Y qué se cuenta. 

–No sé, no hablé con él. Me dio corte pararle. Iba vestido super estrafalario, con un sombrero de fieltro y pegado a una tía por el centro.

–Ya, la verdad es que hemos perdido todo el contacto –dijo Tony recuperando el tono sombrío.

–Sí, pero me apetece llamarle para quedar algún día.

–Pues hazlo, que ya sabes cómo son estas cosas. O se llama al poco o no se llama, pero no te engañes, que esto siempre queda en papel mojado. Creo que pocas veces nos cuesta tanto materializar las intenciones como cuando hay una llamada telefónica de por medio.

–No te preocupes, lo haré, y si me sale bien algo que tengo entre manos, os propongo un plan de puta madre.

–Pues conmigo no cuentes, que estoy en el paro.

–No, lo tengo pensado. Puede que saque pasta con un negocio que me ha surgido.

–¿Otro más? –preguntó Tony–. Joder, pero si ya tienes dos curros.

–Ya, pero este me ha venido de repente. Es demasiado bueno para rechazarlo. Ya te contaré.

–Vale –Tony apuró la jarra de un trago largo. Luego dijo con voz empalagosa–: oye, tengo que pediros un favor a Eva y a ti.

–El que quieras tío.

–Que me dejéis pasar esta noche con vosotros. No puedo volver a ese piso estando vacío, no me veo capaz… –dijo mientras dos pequeñas lágrimas le manaban de los ojos. En ese momento se dio cuenta de que iba muy borracho, justo cuando la tragaperras empezaba a vomitar monedas sin parar.

Al menos el chino tenía suerte.

22/01/2008 23:06 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 10-Tony Hay 6 comentarios.


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