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2- Alex | Los Amigos de Peter Pan

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24/09/2007

2- Alex

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Las lágrimas recorrían el rostro fofo y peludo de la mujer.

Alex abrió un cajón y empezó a rebuscar uno de los impresos de ayuda de emergencia. Mientras lo hacía no pudo evitar sentir compasión por la pobre silla. Aquella mujer que permanecía a duras penas sentada ante él, le estaba pidiendo dinero para comprar algo de comer. La obesidad mórbida que sufría le hacía aparentar más de cuarenta años, aunque en realidad no tenía más de veinticuatro. Se aferraba a la esperanza de ser operada en breve para perder peso mediante una reducción de estómago, y a la vez, relataba entre sollozos la complicada situación económica que estaba viviendo y que le impedía tener algo que llevarse a la boca.

Alex sacó el impreso, rellenó los datos de uno de los supermercados de la zona, los datos de la usuaria pensando en lo irónica que podía llegar a ser la vida, y firmó debajo de donde ponía el Trabajador Social. La mujer cogió la hoja con sus dedos cortos e hinchados. Una hoja que no la haría adelgazar, pero con la que al menos podría adquirir alimentos para una semana. Se apoyó en el escritorio para levantar sus ciento setenta kilos y se marchó del despacho entre frases de agradecimiento. Alex casi pudo escuchar el suspiro de alivio de la silla.

Meses atrás, una situación como aquella le habría impactado considerablemente. Pero ya no. Alex ya estaba acostumbrado. Más que acostumbrado, estaba profesionalizado. Había aprendido a mantener una cierta distancia entre lo que veía, lo que escuchaba y lo que sentía. No es que se hubiera vuelto una persona insensible, sino que había descubierto la única forma de desempeñar su trabajo. En la universidad le habían explicado que la clave para ser un buen trabajador social consistía en ser empático, en ponerse en lugar del usuario. Pero en la práctica eso llevaba al bloqueo. Lo que realmente había que lograr era una especie de empatía fría, una empatía no emocional. Ponerse en el lugar de la persona que demandaba ayuda era básico, pero sólo para comprender sus motivos, el porqué de sus actos, y nunca para asimilar sus emociones. Esto le llevaba en muchos momentos a actuar mecánicamente, como movido por un algoritmo interior que trataba de buscar el mejor recurso para la demanda planteada. Pero esa era la única forma de desempeñar su trabajo de manera medianamente eficaz.

A Alex le asombraba cada día más lo parecidos que eran los problemas de la gente. A pesar de la enorme diversidad humana, a la hora de la verdad, no había más que una lista de diez o quince situaciones conflictivas que se repetían una y otra vez en todos los lugares, en todos los ámbitos: familias desestructuradas, paro, consumo de sustancias, malos tratos, complicaciones económicas, trastornos psicológicos, vejez, aislamiento, etc. Y ahí es donde entraba él, en tratar de diagnosticar la dolencia a partir de un relato de los hechos a menudo confuso, disperso o directamente falso, para tratar de poner remedio.

Alex miró el reloj. Aún tenía algo de tiempo antes de la reunión de equipo. Movió el ratón del ordenador y la imagen de Eva que hacía de salvapantallas desapareció para dejar paso al escritorio, donde también había una imagen de Eva, su novia. Aparecía tumbada en la cama boca abajo, con un vestido negro, zapatos rojos de tacón, con las piernas en alto y la barbilla apoyada entre las manos. Tenía un aire a lo Uma Thurman en Pulp Fiction. Llevaban siete años juntos y Alex seguía sintiendo por ella la misma admiración que al principio. Una admiración que se materializaba en las toneladas de fotos que tenía sobre ella.

Se conocieron en el último año de instituto en un pub del centro. Alex estaba apurando la excitación de consumir alcohol en un local siendo menor de edad. Lo hacía junto a Tony y Tirso, los dos personajes de los que no se separaba ni un minuto por aquel entonces. Sólo eran amigos desde principios de curso, pero ya eran uña y carne. Se encontraban en la fase en la que uno necesitaba escapar del niño que había sido toda su vida en el entorno familiar, para construirse como persona adulta. Y para ello, necesitaban encontrar apoyo y reconocimiento entre sus iguales. Por eso anteponían la amistad a todas las cosas. Ninguno hubiera dudado un momento antes de arriesgar la vida por cualquiera de los otros dos.

Hablaban animadamente, transitando de tema en tema entre risas y tragos de cerveza, mirando de un lado a otro del local deseando toparse con una mirada femenina que les aupara a la fantasía de creerse deseados. Lo hacían impulsados por el calor que les otorgaba el alcohol que recorría sus cuerpos inseguros y deseosos.

El tipo de la cabina parecía sentirse cómodo poniendo las mismas canciones que todo el mundo ya había escuchado hasta la saciedad, como si temiera que el local se le vaciara de repente si pinchaba algo diferente a los himnos de U2 o The Beatles. Era tarde y más para ellos, sin duda los más jóvenes del local. Eso les complicaba todavía más el objetivo de encontrar pareja, o de por lo menos, conversar con algún miembro del género opuesto más allá de las cuatro palabras de cortesía. De los tres, el más motivado con la tarea era Tirso. A menudo se desenganchaba de la conversación de Tony y Alex para dedicarse a otear el horizonte en busca de alguna presa asequible que se hubiera quedado fuera del amparo que proporcionaba la manada. Y así fue como descubrió el grupo en el que se encontraba Eva.

–Ahora vengo –fueron las únicas palabras de Tirso antes de dirigirse como un kamikaze al grupo de chicas que bailaba despreocupadamente a diez metros. Tony y Alex zanjaron la conversación inmediatamente, mitad sorprendidos mitad asustados por el acto temerario de su compañero. Vieron como su amigo llegaba hasta donde estaban las chicas y como, contra todo pronóstico, no fue recibido de manera hostil. En un momento dado Tirso se giró hacia ellos y sin dejar de hablar con una de las chicas, les señaló. Tony y Alex tomaron aire de forma inconsciente para inflar el pecho, y miraron tratando de no parecer demasiado estúpidos, esperando que el acné y la bisoñez de sus rostros pasara desapercibida con la luz del local. Al poco tiempo Tirso volvió con una sonrisa en la boca.  

–Pasan de nosotros –sentenció.

–¿Qué les has dicho? –preguntó Alex excitado.

–Que éramos argentinos y que acabábamos de llegar a la ciudad. Les he preguntado por un sitio donde pinchen rock. 

–¡Has fingido acento argentino! –exclamó Tony meneando la cabeza.

–No, no, eso hubiera estado genial porque les encanta, pero no. Me he inventado una historia. A estas horas se lo creen todo, te lo digo yo.

–Claro, por eso te han despachado.

–A ver, les he dicho que somos primos, que nacimos en Argentina pero que como nuestras madres son de aquí, hemos crecido sin acento.

–Menuda gilipollez –dijo Tony decepcionado.

–Qué quieres que haga, no te jode.  He tenido que improvisar.

 

Cuando parecía que aquella noche se cerraría con el mismo camino a casa de siempre pensando en la necesidad de encontrar a alguien especial, llegó la emisaria del grupo de las chicas.

Querían ser acompañadas a otro local.

Así fue como Alex conoció a Eva, una estudiante de cuarto de bellas artes. A todas luces una mujer muy por encima de sus posibilidades, que por algún motivo, se había encaprichado de él. Y así fue como empezaron a salir, por la sobreexcitación de Tirso que le llevó a presentarse ante un grupo de desconocidas con la única defensa de un pretexto estúpido, por un cúmulo de circunstancias aleatorias o no, que habían conspirado para que estuvieran el mismo día y a la misma hora, juntos en el mismo bar.

En el grupo todo el mundo admiraba a Alex, tanto por su conquista como por su capacidad para retener a su lado a una mujer cuatro años mayor que él, con mucha más experiencia y un cuerpo de escándalo. Él, por su parte, se sentía como un privilegiado, como un niño pequeño al que le habían regalado las llaves de un parque de atracciones. Y ese sentimiento de ser afortunado se mantuvo a lo largo de los años. Ya llevaban siete juntos, y Alex seguía dando las gracias a diario por estar con una mujer como Eva.

Pero no todo era idílico. De hecho, la relación se encontraba en horas bajas, estancada en el fango de la rutina. La pasión había dado paso al desahogo semanal, los planes de  futuro a las dificultades del presente, el enamoramiento al cariño. Al cariño que se podía tener a un familiar, a un amigo o a una mascota. En cambio, la admiración de Alex por Eva seguía intacta. Una admiración que se materializaba en las toneladas de fotos que tenía sobre ella.

Alex revisó el correo y continuó varias conversaciones pendientes que tenía por messenger. En una de las ventanas Tony le decía que estaba contando los segundos para acabar la jornada en la tienda de discos. Luego abrió el explorer y visitó varios foros sobre fotografía. Estaba pensando en comprarse un nuevo teleobjetivo que le vendría muy bien en su otro trabajo. Y es que Alex estaba pluriempleado. Por las mañanas trabajaba como asistente social en un centro de servicios sociales, y por las noches, siempre y cuando el caso le pareciera sugerente, se sacaba un sobresueldo como detective privado.

Se había convertido en investigador a través de su afición a hacer fotografías a Eva. En un investigador que sólo aceptaba encargos de esposas que deseaban averiguar si estaban siendo engañadas por sus maridos. Por algún motivo, se sentía irremisiblemente atraído por las mujeres que estaban sufriendo.    
24/09/2007 15:00 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 2- Alex Hay 4 comentarios.


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