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28/09/2007
3- Tirso

Algo hizo contacto en su cabeza y su conciencia se activó de repente.
Abrió los ojos de par en par y tomó aire como si acabara de salir a la superficie después de cruzar el atlántico a pulmón. Era una pesadilla. Se llevó las manos a la cabeza y se acarició el pelo mientras miraba al techo. Tenía resaca y el cuerpo empapado en sudor. Permaneció inmóvil, boca arriba, evitando cualquier movimiento por si el cráneo se le rompía en pedazos. Se miró los pies. Estaban en su sitio, a ciento noventa centímetros de la coronilla y calzados con unas converse a cuadros. Descubrió con alivio que podía moverlos. Se palpó el pecho, las piernas. Estaba vestido. Había dormido vestido.
Se incorporó lentamente, se pasó la mano por la frente, como queriendo arrancar el martillo neumático que estaba funcionando ahí dentro y miró el reloj de la mesilla. Eran más de las cuatro de la tarde. Intentó recordar que había pasado la noche anterior pero todo era demasiado confuso. Tan sólo tenía una serie de imágenes inconexas, fragmentadas. Era como descifrar el pasado a través de un calidoscopio. Sabía que había salido, que había vuelto a casa poco antes del amanecer, que había bebido, que había gritado, que había bailado, que había besado… pero no tenía ni idea de que había pasado antes o después. ¿Qué significaba aquella sensación que tenía aferrada al pecho? ¿Era producto del alcohol? ¿Era insatisfacción?
Finalmente pudo armar el puzzle de los acontecimientos y decidió sentirse bien. Al fin y al cabo había tenido sexo y lo demás era secundario. Se levantó y fue hasta el equipo de sonido. Puso un mp3 de varios y comenzó a sonar Rod Stewart a todo trapo. Luego fue al baño desnudándose por el camino. Tenía los sentidos abotargados, pero notaba perfectamente el frío de las baldosas del pasillo en los pies.
Ya sin ropa se miró en el espejo de la mampara del baño. Tenía el pelo ondulado, castaño y con flequillo. Las largas patillas se le confundían con la barba incipiente. Abrió el grifo del lavabo, juntó las palmas de las manos para recoger agua y se mojó la cara un par de veces. Prestó atención al estribillo de la canción que sonaba a todo volumen:
If you want my body and you think I'm sexyCome on, honey, tell me soIf you really need me just reach out and touch meCome on, sugar, let me know
Comenzó a sentirse mejor. Sí, estaba mejor; estaba bien. No tenía motivos para lo contrario. La noche anterior había ligado sin apenas proponérselo, y seguramente su hazaña, fuera cual fuera, ya estaría en todas las conversaciones. Un granito de arena más en la montaña que formaba su ego. Se señaló en el espejo, se hizo un par de muecas y entró en la bañera para pegarse una ducha. Salió quince minutos después. Se secó sin demasiado convencimiento, se revolvió el pelo con las manos, y fue silbando y desnudo hasta la cocina. En la puerta de la nevera, sujeta con un imán con forma de cupido, había una nota escrita a mano:
Tirso cariño, no te he querido despertar. Te he dejado algo de comer para cuando te levantes. Papá ha salido de viaje un par de días y yo llegaré tarde del trabajo. Quédate en casa y procura estudiar algo, que todavía estamos a miércoles. Te quiero, mamá.
Abrió el frigorífico envuelto en una oleada de afecto. Adoraba a su madre, todo dulzura y comprensión. Ella sabía que lo había pasado mal y que no podía presionarle en exceso, a pesar de que estaba en su séptimo año de sociología. Observó el amplio stock de comida y pensó brevemente en lo terrible que sería vivir sin una nevera mágica que se recargara sola. Finalmente echó mano de un plato lleno de pollo frito. Cogió un muslo y sin calentarlo en el microondas, le asestó una dentellada mientras regresaba a la habitación.
Allí había empezado a sonar Catpower. Tirso sacó unos calzoncillos naranjas de la mesilla de noche, se los puso y se sentó en el sillón que había frente al ordenador. Era hora de actualizar el photoblog. Abrió el firefox, entró en la página de administración y comenzó a escribir:
Cuando tenía doce años nos cambiamos de casa, y yo me hice mi armario empotrado. Me gustaba eso de cortar madera y encolarla, y como lo hacía yo, cree un falso fondo para esconder cosas. Evidentemente “cosas”, a los doce años, significaba porno. Compré mucho material entre los doce y los dieciséis. Recuerdo que recortaba las revistas y vendía en el colegio las páginas sueltas. Así sacaba algo de dinero con el que comprar porno de mayor calidad y a partir de los quince, porros. Desgraciadamente solo me quedan números del último año, cuando dejaron de comprarme los de mi clase y me pareció un exceso vender porno a los niños de cursos anteriores. El hueco en cuestión es vertical, y encima del porno, tengo una colección de ropa femenina. Sí, me encanta la moda, en general. Todo empezó el día que me desvirgué. Sin motivo alguno, acabé robándole las bragas a la tía con la que lo había hecho. Eran negras, una pena. Con lo que me hubiese gustado que fuesen rosas o blancas. Estoy enfermo, lo reconozco, no hace falta que lo posteeis. Sé que es una mala costumbre, excesivamente literaria, pero me encanta eso de robarle una prenda a la mujer que ha compartido cama conmigo, a poder ser el vestido. Es por eso que adoro el Hostal Flamingo, el que está justo enfrente del Shockwave Blue y de los locales de ropita alternativa. Eso me permite huir con el vestido mientras ella se ducha, entrar en alguna tienda, comprar algo mejor de lo que llevaba puesto y dejárselo en recepción. Lo he hecho solo un par de veces, pero espero poder repetirlo. Si alguna de las fieles lectoras de este humilde photoblog se anima, que se ofrezca con algo de estilo, por favor.
Lo que me está empezando a preocupar no es por qué hago estas cosas, sino por qué las cuento...
Tirso se levantó y fue hasta el armario. Apartó varias camisetas que había dobladas sobre una repisa y abrió la tapa del doble fondo. Introdujo la mano y tras rebuscar unos segundos, sacó unas braguitas negras. Las sostuvo con la boca, cogió la cámara que había sobre el escritorio y se hizo varias fotos cambiando de pose y ángulo cada vez. Luego sacó la tarjeta de memoria y la introdujo en el lector para descargar el contenido. Revisó lo que había escrito, seleccionó una de las fotografías que acababa de hacer y apretó el botón de publicar.




