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4- Tony | Los Amigos de Peter Pan

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11/10/2007

4- Tony

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Un ama de casa se fundía el dinero de la compra en la máquina tragaperras.

Lo hacía de forma mecánica, impasible, como si aquello no fuera con ella. Puede que pensara en como explicar en casa la ausencia de comida en la nevera, o puede que simplemente no sintiera nada mientras perdía una y otra vez la batalla contra la estupidez. Es posible que simplemente hubiera aceptado que estaba podrida por el juego y se dejara llevar con resignación. Tenía los ojos claros, los pómulos marcados y unos labios que debieron de ser apetecibles antes de circundarse de arrugas. En la cara, un tosco maquillaje distribuido a brochazos no lograba disimular el hecho de que había rebasado la cincuentena. Llevaba el pelo por los hombros, cubierto por un tinte rubio aplicado meses atrás a juzgar por las raíces morenas que se veían sin dificultad. Introducía las monedas con la mano derecha mientras que con la izquierda, sujetaba el asa del carrito que volvería a casa vacío; a no ser que las tres malditas cerezas se alinearan de una santa vez. A pocos metros de la mujer, un hombre vulgar también de unos cincuenta años, se enchufaba el tercer tinto de la tarde, el séptimo del día. Bebía poco a poco, en silencio, casi con resignación, observando incansablemente cada resquicio de las cuatro paredes del local. Los aperitivos que el diligente camarero le ponía en cada ronda, se amontonaban intactos a su alrededor. Sólo él sabía que es lo que pretendía encontrar en el fondo de aquellas copas; sólo él sabía que coño tenía de divertido beber en soledad. Una soledad que para nada experimentaban los cuatro adolescentes de sesenta años que como siempre, ocupaban una de las mesas que había bajo el ignorado televisor. Jugaban al dominó, cada uno con su purito en la boca y el licor de hierbas en la mesa. Discutían como si la vida les fuera en ello y en evidente estado de embriaguez por algún lance de la partida. A cada trago que pegaban, más fuerte colocaban las fichas sobre la mesa, y más probabilidades había de que organizaran una fiesta de gritos y hostias cuando llegaran a casa y sus respectivas no hubieran alcanzado la perfección en las tareas domésticas.    

A ojos de Tony, el papel de los tipos que trabajaban detrás de la barra no era nada fácil. Aparte de tener que echar doce horas al día y renunciar al concepto de fin de semana y por tanto, al de familia feliz, se veían obligados a contribuir de forma decidida en la autodestrucción de demasiadas personas. La máquina tragaperras estaba para que la gente se jugara el cambio de los cafés, el coñac para tomarlo después de una buena comida y los cuchillos para cortar los filetes. Pero era evidente que no todo el mundo sabía utilizar las cosas correctamente, y ellos no estaban allí para hacer pedagogía con los individuos que sustentaban el negocio que daba de comer a sus hijos. No estaban para reeducar al triste elenco costumbrista que llenaba el local y que no eran más que un calco del que se podía encontrar en cualquier bar del barrio. Durante unos instantes, Tony pensó en su amigo Alex y en su trabajo como asistente social, y en como aquel ambiente decadente encajaría perfectamente en su novela. Memorizó el escenario para un posible capítulo.

 –Que cada palo aguante su vela –pensó Tony–, ya tengo bastante con lo mío.

Y efectivamente, él ya tenía bastante con lo suyo.

Rápidamente echó mano del paquete de tabaco y se encendió un cigarro. No había nada como recurrir al vicio para hacer un paréntesis mental. Cambió de tercio y se centró en su compañía. Se encontraba en aquel bar porque había decidido quedar con Gordo, su amigo de siempre.

Le conocía desde el parvulario, y por alguna extraña razón que no acertaba a comprender, Gordo era de los pocos conocidos de la infancia con los que aún mantenía contacto. ¿Por qué con él sí y con otros no? A Tony le parecía del todo desconcertante el oscuro mecanismo que operaba dentro de él, y que sin motivo aparente, le llevaba a mirar para otro lado cuando se cruzaba con algún antiguo compañero de clase. ¿Por qué aquel impulso de romper vínculos?  

Habían sido amigos inseparables hasta el fracaso escolar de Gordo que le llevó a tripitir octavo y los cambios adolescentes que llegaron después. Tal y como solía pasar en la mayoría de las amistades, los raíles que marcaban las diferentes vidas tarde o temprano terminaban por dejar de transcurrir en paralelo. Era ley de vida. Una ley que dictaba que salvo que uno tuviera una suerte exagerada, llegaría a viejo sin conservar a los amigos de la niñez. Otro ejemplo más de que losparasiempres en cuestión de sentimientos, eran una forma demasiado burda y frecuente de engaño y  autoengaño.  

Quedar con Gordo era como regresar a la adolescencia, justo a donde él se había quedado atascado. Quedar con Gordo significaba tener las mismas conversaciones de siempre, generalmente sobre motos, coches y pornografía, y siempre en el mismo bar de la esquina. Era casi imposible sacar a Gordo del antro grasiento y casposo que tenía su máquina tragaperras, su solitario en la barra y sus viejos maltratadores de moral intachable jugando al dominó. El único mérito del local en cuestión radicaba en mantener la cerveza algo más barata que la competencia, y en poner un intento de tapa compuesto por pan mohoso y embutido con cada consumición. Más que suficiente para el apetito y la maltrecha economía de Gordo. Para Tony aquel bar de viejos tuvo su encanto con dieciséis años, cuando comenzaba a salir con sus amigos y se descubría así mismo tomando botellines con toda libertad, bebiendo codo con codo con auténticos atletas del deporte etílico. Fue allí donde envuelto en los efluvios fraternales que propiciaba el alcohol, se sintió tratado como un adulto por primera vez. Pero aquel sitio ya no era divertido. Después de su propia casa, era el segundo lugar más deprimente que podía imaginar.

Tony pegó una nueva calada al cigarro  mientras observaba a su amigo. Gordo era insulso, buena persona hasta el tuétano pero totalmente falto de gracia y viveza. Por sus venas llenas de colesterol parecía no correr más que cerveza sin presión.  Era un tipo que disfrutaba de su posición en el mundo, de su mediocridad mitad heredada de unos padres mediocres, mitad potenciada a conciencia. Gordo tenía las rodillas dañadas por el peso, lo que le hacía acreedor de una pensión mísera de carácter no contributivo que lejos de fomentar su inserción laboral, le había despejado toda duda acerca de si merecía la pena labrarse un futuro laboral. Él era así;  para ser feliz le bastaba con poder llenar una vez al mes la nevera de la tía anciana con la que vivía.

Quizá, el rasgo más elogiable de su carácter era la templanza que le había llevado a aceptar sin demasiados aspavientos, que todo el mundo le interpelara hasta el día de su muerte haciendo referencia a su obesidad. En aquella época, todo grupo de amigos que se preciase contaba entre sus filas con un “chino”, un “loco” y un “gordo”; y a Gordo le tocó ser el gordo por razones obvias.

Con media sonrisa en la cara y escuchando heavy por unos cascos que utilizaba a modo de diadema, Gordo se movía por el mundo arrastrando sus ciento cincuenta kilos de tierna humanidad, siempre ataviado con unas deportivas blancas de lengüeta ancha y un chándal tan barato como duradero. Tony llevaba años sospechando en secreto que toda aquella ropa deportiva que llevaba Gordo y que parecía inmune al rozamiento, en realidad había sido puesta en el mercado por la propia nasa para testar el verdadero potencial de un supertejido de origen extraterrestre. Pero nunca se sintió preparado para contarle aquella teoría a Gordo, no fuera que se lo tomara en serio y sumara una nueva fantasía a su ya de por si  desordenada cabeza.    

–Creo que el mundo se está yendo a la mierda –sentenció Gordo mientras ojeaba un periódico gratuito.

–Sí, eso mismo estaba pensando yo –añadió Tony examinando la espuma que coronaba el vaso de cerveza.

–Joder, pero es que ya nada resulta lógico. En Birmania los monjes budistas se lían a tortas con la policía, en Estados Unidos un tipo va y demanda a Dios por todas las tragedias del planeta y en Escocia, los seguidores del monstruo del lago Ness han denunciado oficialmente su desaparición para que intervenga la policía.

–Sí, son todo signos inequívocos de la llegada del anticristo.

–No, lo digo en serio, ¿qué será lo siguiente? –preguntó indignado.

–¿Qué te apuntes a un gimnasio?

Gordo hizo caso omiso del comentario, demasiado acostumbrado a los salvoconductos de sus amigos para llegar sin problemas desde la confianza de años, hasta la crueldad bienintencionada. Cerró el periódico, se llevó un puñado de panchitos a la boca y dijo:

–¿Y tú?

–Yo qué.

–¿Cómo te va conviviendo con la tía esa? Que veo que no sueltas prenda, macho.

–Bien.

–Harto de follar entonces –sentenció Gordo sin disimular la carga lasciva de su pregunta. Él percibía el mundo así, poniendo al sexo como medida de todas las cosas. Si algo iba bien es que el sexo era bueno y abundante; no podía ser de otra manera. 

–Hombre, no te creas.

–¿No? Joder tío, pero digo yo que teniendo sitio tenéis que estar todo el día dale que te pego –hablaba con seguridad, sin concebir que la convivencia pudiera atemperar algo tan mitificado como el sexo.

Tony comenzó a juguetear con la tapa del zippo mientras volvía poco a poco a replegarse sobre si mismo, reservando tan sólo una mínima parte de sus recursos cognitivos para seguirle con monosílabos el monólogo a Gordo. Había regresado a aquel bar única y exclusivamente para no estar a solas consigo mismo en el piso. Había quedado con un viejo amigo con la esperanza de sentirse reconfortado, acompañado en la tempestad sentimental en la que estaba inmerso. Necesitaba no sentirse tan dependiente de la mujer que amaba, de la mujer que le estaba torturando de forma sádica. Pero había conseguido lo contrario. Gordo era su amigo, sí, pero también representaba todo de lo que quería huir. En otro tiempo, durante otras relaciones, Tony había ansiado la libertad del soltero, el sentirse vivo, en activo, el estar en el mercado, el no tener más presente que la copa que se tuviera en la mano ni más futuro que el siguiente fin de semana. Pero algo había cambiado en él. Ahora Gordo representaba la antítesis de lo que quería preservar.   

 

La agonía en el bar duró hasta bien entrada la media noche. A última hora Gordo se animó a probar suerte con la tragaperras, y para desgracia del camarero que quería irse a casa cuanto antes, las monedas comenzaron a brotar una a una del vientre de la máquina cebada anteriormente por la mujer del carrito. Tony tuvo que esperar a que su amigo, sin atisbo alguno de culpabilidad, se llenara los bolsillos con el dinero que debería haber alimentado a toda una familia. Mientras, el tipo de la barra lanzaba toda una retahíla de maldiciones entre dientes contra los afortunados de última hora. Ajeno a la impaciencia del camarero, Gordo recogió con parsimonia las monedas, deleitándose con lo inesperado de su suerte y convencido de que aquello era una señal de que si lo intentaban con suficiente ahínco, podrían follar en aquella noche de miércoles. Insistió en invertir el premio en una buena juerga, apelando a la épica de la amistad, a lo fugaz de la juventud y a las juergas pasadas. Pero no resultó. Tony volvió a casa pensando en una sola cosa.  

  

Permaneció unos segundos frente a la escuálida puerta de aglomerado que separaba su casa del mundo exterior. Mientras apuraba el cigarrillo, deseó con todas su fuerzas que su muñeca no se encontrara con la resistencia del cierre echado, que hubiera luz en el interior, que la televisión estuviera encendida, que los platos de la cena reposaran sucios en el fregadero, que le recordaran la prohibición de entrar fumando en casa, que el cuerpo semidesnudo de ella dormitara en el sofá. Pero no. En el interior del pequeño piso sólo le esperaban cincuenta metros cuadrados de oscura soledad.

Ella no estaba. Había seguido adelante con su plan, imparable, igual que un 4x4 que recorre una pradera indiferente al destrozo que deja tras de si.

Se obligó a entrar. A entrar en la guarida del lobo en que se había convertido su casa. Dio la luz del pasillo y casi pudo ver como las paredes se le venían encima. Pero aún había una posibilidad de que se hubiera estado torturando por nada. Para su vergüenza, Tony se sorprendió así mismo mirando detrás de las puertas y dentro de los armarios, por si ella hubiera decidido esconderse para darle un susto. Luego buscó por toda la casa una nota con palabras amables y rubricada con la esponjosa firma de Amandine junto a un te quiero. Pero no. No había nada de eso. Tan sólo había una escueta nota escrita en una servilleta usada que decía:

He salido a tomar unas cervezas. 

 

 Enchufó a toda prisa el pequeño televisor buscando una voz que aniquilara aquel silencio opresivo. Hacía calor, el aire estaba viciado y sentía las mejillas al rojo. Se desvistió dejando caer la ropa en el suelo y fue hasta la cocina. Sacó tres tercios de la nevera y regresó al salón. Se desplomó en el sofá herido de muerte, dispuesto a afrontar la espera. En la tele, un reality sobre modelos entretenía a varios millones de espectadores que desdeñaban con gusto la frivolidad y decadencia del programa, a cambio de poder ver cuerpos bonitos. Pero en la mente de Tony sólo había hueco para una chica bonita, la suya... O la de otro, ya no estaba claro.

Dio cuenta del primer tercio pensando en que tal vez, ella estaría de vuelta antes de que lo acabara. Miró el reloj. Hizo zapping. Pensó en el cabrón que estaba compartiendo cervezas y quién sabe qué más con ella. Notó en el pecho un desgarro que sólo podía ser provocado por los celos más profundos; unos celos que cada vez tenían menos de sospecha y más de triste realidad. Hizo zapping. Miró el reloj. Pensó en por qué le estaba haciendo aquello, por qué no le daba la puntilla de una vez. Hizo zapping: el programa de las modelos había dejado paso a un concurso telefónico de lo más deprimente. Aún así lo miró durante un buen rato. Abrió el segundo tercio. Lo acabó y abrió el tercero. Miró el reloj: las tres de la madrugada. Pensó en que tal vez sería bueno pegar una cabezada para hacer tiempo, y se recostó en el sofá.

Se despertó sobresaltado a las cuatro y media. No era posible que aún no hubiera vuelto. Al día siguiente ella tenía que estar trabajando a las ocho de la mañana. ¿Le habría pasado algo? Asustado y con una punzada de culpabilidad por haber dejado pasar tanto tiempo antes de recurrir al móvil, marco de memoria el número de Amandine.

Apagado o fuera de cobertura. Volvió a llamar pero el resultado fue el mismo.

Un acceso de furia repentina le atravesó como un rayo, y sin pensarlo dos veces, pegó una patada a los tres tercios que descansaban sobre la mesita. El suelo del salón se cubrió con un baño de cristales rotos y restos de cerveza. Fue hasta la habitación con la respiración entrecortada y dominado por el llanto, sin reparar siquiera en el peligro que corrían sus pies descalzos. Allí se dejó caer en la cama. Una cama de matrimonio que sin ella era el océano ártico.

Se despertó justo antes del amanecer. Rápidamente se giró para ver si Amandine ocupaba su lugar de la cama pero se topó con la cruda realidad. No había pasado la noche en casa. Se levantó y recurrió al tabaco como única forma de hacer algo con sentido. Parecía que lo único real en aquel momento eran sus ganas de gritar y fumar. Fue hasta la terraza, se acodó en la barandilla aferrándose con desesperación al cigarrillo y miró como el día comenzaba a desparramarse por la calle. Se imaginó que la veía entrar a toda prisa en el portal, que llegaba a casa pidiendo disculpas, que él la perdonaba inmediatamente y la llevaba a toda prisa al trabajo deseoso de olvidar todo cuanto antes y proseguir con su cuento de hadas. Pero nada de eso era cierto. La única verdad era que su novia, la persona con la que estaba compartiendo la vida, había decidido pasar la noche con otro tipo.

Tiro la colilla por la terraza y observó como golpeaba en la acera. Por un momento tuvo la ilusión de ser esa misma colilla, de estar cayendo al vacío después de haber sido consumido por una boca gigante. Se giró y entró de nuevo en el salón. Desenfundó la guitarra que había apoyada contra el mueble del televisor y la enchufó en el pequeño Marshall negro. Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo por sus ojos mientras arpegiaba las cuerdas con cariño, como si acariciara la larga melena castaña de Amandine. Recorrieron lentamente sus pómulos marcados para ir a morir a lo más profundo de su barba. Pero esta vez era un llanto sereno, lleno de resignación. Un llanto que confirmaba que por fin lo había comprendido: ella no le quería, todo se había acabado. Dejó los arpegios y comenzó a tocar con más fuerza.

Eran las siete y media de la mañana, y Tony decidió que aquel día, todo el vecindario se levantaría escuchando un torpe pero sentido blues de Gary Moore.     

11/10/2007 01:04 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 4- Tony Hay 6 comentarios.


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