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16/10/2007
5- Alex

Definitivamente, él era gris.
Él, el empresario de éxito, el marido infiel, el cincuentón que juega a redescubrirse como amante. Era gris no sólo en sentido figurado, sino también en sentido literal: traje gris, tez grisácea, pelo que otros definirían como plateado pero que realmente era tan gris como todo lo demás. Gris como el traje, como el cielo de esa tarde veraniega que auguraba lluvia, como la calle solitaria, como el hombre que espiaba atrincherado en un coche gris tomando fotos furtivamente con una cámara digital, por supuesto gris.
El tipo del interior de ese coche era Alex, y sus motivaciones también eran grises.
Ella, en cambio, era todo lo contrario. Su rostro escupía jovialidad a los ojos de todo aquel que se atreviese a mirarla. Y no sólo por tener la mitad de años que su acompañante o por lo luminoso de su vestuario. No, era más que eso. A través del visor de la cámara de fotos, Alex escrutaba el alma de la chica y creía distinguir esa clase de jovialidad que las mujeres como aquella experimentaban sólo cuando el hombre sentimentalmente más próximo a sus vidas, se encontraba en la otra punta de la ciudad sufriendo un dolor indecible en lo más profundo de su alma.
Ahí la tienes, mírala –pensó para si Alex. Enderezó el respaldo del asiento de su viejo ford, manipuló con cuidado su nuevo teleobjetivo y comenzó otra tanda de fotos–. Tú tranquila chata, tú como si nada, que ojos que no ven corazón que no siente.
Se movía casi espasmódicamente, con sacudidas de euforia que ella creía de felicidad sincera, pero que en el fondo no respondían más que al consumismo más primario. Se movía arriba y abajo por la tienda de muebles, toqueteando una cómoda, examinando una colcha, deteniéndose en los ornamentos metálicos para el armario, en los apliques, en las tazas de baño, en los estantes para la televisión. Desde su coche, Alex apretaba el disparador para que todo quedara documentado mientras una luz roja indicaba que a la cámara le quedaba poca batería. Estaba empapado en sudor, asediado por el bochorno que dominaba la tarde estival. Había estado aplazando la cita con el taller todo el invierno, y al final el calor del verano le había cogido con el aire acondicionado fuera de juego.
El hombre de gesto y vestimenta gris seguía a la mujer joven y luminosa por todas partes, y detrás de él, iba un dependiente a juego con el color del escenario. Los dos haciendo un alarde de porte varonil, cada uno por sus razones. Razones que ella se encargaba de ignorar como si tal cosa cada vez que se cruzaba con un espejo de pie e imaginaba lo bien que quedaría en su dormitorio nuevo.
Alex miró el reloj del coche. Las ocho y cuarto de la tarde. La tienda debería haber cerrado ya, pero no era así porque la mujer era, también, de esa clase de mujeres que hacen que los hombres que la rodean dejen lo que tengan que hacer para beber los vientos por ella. Eso era lo que le había ocurrido al dueño de la tienda, ante la fastidiada mirada de su empleada que esperaba impaciente en el mostrador para poder irse a casa. Y era también lo que le había ocurrido al propio Alex. Hacía ya tres horas que venía siguiendo a la pareja por las callejuelas de la ciudad, sin demasiado disimulo porque su experiencia le había enseñado que nadie creía que podía estar siendo vigilado por un detective privado. Y menos aún, por un detective privado con su aspecto de universitario prototípico: gafas de pasta negra, camiseta de manga corta a rayas, patillas largas y una media melena cuidadosamente despeinada.
Pensó en arrancar el coche y marcharse a casa. Al fin y al cabo ya tenía suficientes pruebas para probar ante su clienta la infidelidad del hombre de gris. Pero tal y como le venía sucediendo últimamente, se había quedado prendado de la protagonista femenina de la historia. De hecho, desde hacía más de una hora, tan sólo le tiraba fotos a la mujer luminosa para su colección personal. Lo hacía sin más propósito que el que se le ocurriese mucho más tarde, en su casa, cuando Eva durmiese y los anuncios de aparatos de gimnasia o los pitonisos reinasen en la televisión. Aquella mujer joven y atractiva, parecía obrar por el mundo sin pensar en otra cosa que en ella misma, sin reparar en los pobres mortales que pululaban a su alrededor tratando de ofrecerle la mejor cómoda para el dormitorio o poniendo a su disposición el poderío de una visa oro de lo más gris. Parecía actuar ajena al daño que estaba causando a otra mujer, más engañada, más vieja y decididamente más infeliz. Una mujer que se había visto en la tesitura de tener que contratar los servicios de un detective novato para aclarar si estaba viviendo en una mentira adornada con coches lujosos y cenas de domingo.
A Alex le fascinaba el poder que tenían aquellas señoritas para lobotomizar el cerebro de algunos hombres infieles, para robarles todo rastro de raciocinio y empujarles a derribar todo lo que habían construido durante años. Las veía como una suerte de bombarderos B-52 capaces de lanzar bombas devastadoras sobre un matrimonio, sobre un proyecto de vida, sobre el corazón de otras personas. Y por eso sentía por ellas la misma mezcla de respeto, miedo y curiosidad que sólo se puede sentir ante un ingenio bélico.
La batería emitió un último pitido agónico y la cámara gris se apagó.
–Mierda –maldijo Alex.
Guardó la cámara con la tranquilidad del que está luchado con todas las fibras de su ser por no levantar la vista al cielo y maldecir con voz atronadora. Miró por el retrovisor y luego por la luna delantera. No había ni un alma en la calle. Cerró con con desaire el cenicero repleto de los cigarrillos que fumaba su amigo Tony cada vez que montaba en el coche. Encendió la radio y puso el último tema del Meds de Placebo. La tormenta irrumpió con toda su fuerza apenas unos segundos después de que dos tímidas gotas recorrieran la luna del coche y antes de que la canción llegara al estribillo. Activó los limpiaparabrisas con desidia. Miró distraído durante unos segundos al elegante infinito del barrio en el que estaba aparcado.
La idea le cruzó de arriba abajo en una décima de segundo. Abrió la puerta aún más rápido, salió del coche intentando aparentar determinación y levedad, pero rápidamente notó que no plantaba los pies en el asfalto con la firmeza que quisiera. El estómago se le revolvió en un calambre de inseguridad y excitación tan pronto como el agua de lluvia se mezcló con el sudor frío que le perlaba la frente. Camino con rodillas temblorosas hacia el interior de la tienda mientras un trueno se reía de él a una distancia que se le antojó cercana. Entró en el establecimiento precedido por el tintinear de las cuentas del colgante de la puerta.
La dependienta del mostrador posó su cansada mirada sobre él.
–Está cerrado –dijo al borde de la desesperación.
La chica luminosa seguía girando como un torbellino al fondo de la tienda, el amante infiel detrás de ella, y detrás de los dos, el dependiente servicial. Alex se aproximó al mostrador y apoyó sus manos mojadas de sudor y lluvia sobre él.
–Perdone, pero está cerrado.
No tenía nada que decir a esa dependienta, ni nada que hacer ahí dentro. Aún no tenía claro del todo por qué había entrado. Desde el mostrador, sólo podía mirarla, mirar como aquella mujer se movía grácilmente entre las lámparas y los percheros, emitiendo risitas divertidas y guiños a su amante gris y adinerado.
–Mire, lo siento mucho, pero…Deseaba poder hablarla. Acercarse y hablarla, quizá sonreírla un poco. Que ella sonriese a su vez. Intercambiar un par de fórmulas de cortesía. Pedirle permiso para sacarle un par de fotos más de cerca. Decirla que su cara era muy llamativa. Que era preciosa. Seguro que eso le gustaría, aunque tratara de ocultarlo. Probablemente se pondría a la defensiva, pero también se sentiría halagada.
–¿Me oye? Hace más de veinte minutos que hemos cerrado. Tendrá que volver mañana. Y luego ella se marcharía con el hombre gris, y él se marcharía en su coche gris, y nunca sabrían nada más el uno del otro. Y él podría vivir de la leyenda, de la fantasía, como vive un vampiro de la sangre hasta que la sed volviese a oprimirle. Mientras tanto sobrevivía con el calor de invernadero que le propiciaba Eva, su novia. Su querida novia a la que nunca sería infiel, a la que nunca trataría como aquel hombre trataba a su esposa. Al fin y al cabo, ninguna mujer se podía comparar a lo que él que tenía en casa. ¿No?
*Relato escrito a cuatro manos junto a Tony Fuentes.
Dieciocho dedos de esas cuatro manos han sido suyos.




