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6- Tirso | Los Amigos de Peter Pan

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29/10/2007

6- Tirso

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Únicamente había diez iconos perfectamente alineados sobre la camada de golden retrievers que adornaba el escritorio.

–Una borrega más –murmuró al comprobar que el equipo recién estrenado funcionaba con windows. Agarró el ratón con decisión y comenzó a invadir la intimidad de su anfitriona.

Mientras se deslizaba con soltura por las entrañas del disco duro, no dejaba de darle vueltas a la idea de que si bien la cara es el espejo del alma, el interior de un ordenador puede mostrar aspectos de la persona que nunca querrían ser mostrados al público. Y eso era precisamente lo que quería encontrar, indicios de que bajo aquella apariencia de niña de papá, había algo más que el terrible aburrimiento que se dejaba entre ver. Tirso pensó en cómo los discos duros se habían impuesto a los perros y los coches como la mejor forma de conocer a alguien mediante sus pertenencias. Pensó en que cada byte de información que decidimos almacenar se convierte en una plasmación tangible de lo que somos, en una impresión perdurable de nuestro cerebro sobre un disco magnético.

La estructura interna del aquel ordenador era tan racional como la distribución de la habitación de su propietaria, tan ordenada como su aspecto, como su plácida vida de estudiante de derecho de un barrio pijo de la ciudad. Todos los archivos se encontraban nombrados siguiendo el mismo patrón, todos perfectamente contenidos en carpetas y subcarpetas también nombradas de forma inequívoca. Mientras cotilleaba los correos del Outlook clasificados escrupulosamente en Amigos, Amores, Universidad, Trabajo y Humor, a Tirso le vinieron a la cabeza las amplias avenidas perpendiculares de Manhattan. Le pareció asombroso lo mucho que ese trazado cartesiano se asemejaba a la vida de la chica con la que había pasado la noche. En cambio, su existencia como estudiante de séptimo año de sociología sin oficio ni beneficio, se podía equiparar al plano de un barrio medieval. Un barrio caótico levantado sin orden ni concierto en el que no era complicado acabar desorientado sin encontrar el lugar a donde se quería ir.

Hizo una búsqueda para localizar los archivos de video y en un par de segundos la pantalla se llenó con cientos de iconos de winamp. Pinchó sobre cinco o seis de ellos y comprobó que efectivamente los nombres se correspondían con el contenido. Eran los típicos videos de humor que circulaban de correo en correo mezclados con grabaciones inocentes de eventos familiares. A Tirso todo aquel detalle nominal le pareció algo de lo más rígido y agobiante. Desde su punto de vista, renombrar escrupulosamente todos los archivos para describir su contenido de forma exacta era una soberana estupidez. Aquello podía resultar útil para encontrar algo en algún momento concreto, pero claramente era un derroche de tiempo casi vergonzante, algo propio de una maniática del orden, de alguna persona obligada a proyectar sus obsesiones incluso a soporte digital. Tirso siempre había sido el tipo de persona opuesta, y cada vez que se topaba con alguien que actuaba de forma más o menos metódica al hacer las cosas, más se convencía de que su estilo de proceder era el idóneo, y en éste caso, de que su forma de almacenar la información descargada era la más eficiente. Siempre procedía igual, especialmente cuando bajaba porno. Grababa los archivos con su denominación original y los renombraba tan sólo cuando había coincidencias, tecleando entonces de forma aleatoria para conseguir un nuevo nombre. Eso le llevaba inevitablemente a convertir las carpetas en un desbarajuste de archivos nombrados como untitledfsdfa.mpg o clip09rerwrf.wma donde era prácticamente imposible localizar nada a la primera. Esa era su estrategia, perder tiempo buscando a cambio de no hacerlo clasificando algo que posiblemente no volvería a mirar. Tirso siempre se había movido bien en medio del caos, sobre todo si él era el causante y diseñador del mismo. 

Continuó curioseando entre las cosas de la desconocida con la que había compartido cama, y mientras lo hacía, sintió un débil atisbo de culpabilidad que rápidamente quedó atenuado por el morbo que le provocaba encontrar algo de material pornográfico en su ordenador, en el ordenador de una mujer. Era consciente de lo estúpido de aquella atracción. Sabía que la pornografía era o no era estimulante dependiendo de quién la mirase y no de quién la poseyera, pero le excitaba de sobremanera el llegar a compartir ese tipo de gustos con un miembro del sexo opuesto. Un género tan cercano como lejano en ciertas cuestiones fundamentales.

–Vaya –dijo una voz de mujer a su espalda– pensé que ya habrías huido a comprarme algo con una de mis bragas en el bolsillo.

–Bueno –contestó Tirso titubeante mientras cerraba el explorador de archivos–, la verdad es que sería imposible comprarte algo mejor de lo que ya tienes. Joder, si tienes hasta tangas con pedrería.

–Sí, claro, lo que pasa es que no te parezco atractiva para hacer lo que cuentas por el photoblog  –murmuró dejando clara su decepción.

–Si lo sé no te lo cuento. Hay mucho de literario, así que no te creas todo lo que subo.

–¿Yo no te sugiero nada para escribir? –preguntó con voz melosa.

–Claro que sí tonta, tú dame tiempo y te dedico una entrada.

Ella permanecía apoyada en el marco de la puerta, embutida en una toalla que cubría sus carnes generosas, mirando con deseo a un Tirso desfondado por el sueño, el alcohol y varias horas de sexo. Tenía la melena chorreante, la piel clara, los mofletes a juego con el cabello pelirrojo y unos brazos anchos y tal vez demasiado cortos. Se llamaba Laura y era la última presa sexual de Tirso, aunque a juzgar por como había transcurrido todo en la habitación, no estaba claro quién había cazado a quién.

  

Tirso y Laura se conocieron la noche anterior en el 24 por Segundo cuando apenas faltaba una hora para el cierre. Ese era el momento preferido de Tirso para pisar el acelerador, para exprimir todos sus recursos y tratar de encontrar algo de calor femenino con el que justificar la noche. Le gustaba saltar a escena bajo presión, con la amenaza del cese de la música que anunciaba el fin de fiesta y el inicio de la resaca, con la inminencia del encendido de luces que rompía el hechizo e inundaba de mediocridad los rostros de los presentes. Siempre esperaba hasta el último instante para lanzarse, justo cuando la desinhibición etílica se encontraba en su punto álgido, y siempre lo hacía después de haber cumplido la cuota obligatoria de risas y momentos fraternales con sus compañeros de fiesta; no fuera que a alguna mojigata le diera por amargarle la noche con un no tempranero. Eso era algo que había aprendido años atrás: era preferible volver a casa solo y caliente, antes que muy caliente y con el orgullo tocado por el no de una mujer.  

Aquella noche el 24 por Segundo se encontraba tomado por una horda de pijos que por algún extraño motivo, había ido a parar al templo del moderneo de la ciudad. Ajenos a las miradas recelosas de Tirso y sus amigos, y lejos de sentirse fuera de lugar, los recién llegados bailaban con entusiasmo cualquier tema de Franz Ferdinan o Editors como si fuera el mejor reggaeton. Tirso no se encontraba a gusto compartiendo espacio con aquella gente con raya al lado y cocodrilos en el pecho, pero aguantó hasta el cierre por la pereza que le daba regresar a su casa del extrarradio. Era consciente de que pensando así incurría en el mismo elitismo que denostaba de aquellos niños de papá que gozaban la vida con despreocupación. Pero Tirso había aprendido a aceptar sus propias contradicciones hacía tiempo, y lejos de sentirse incómodo con ellas, se dedicaba a cultivarlas con esmero.

Se fijó en Laura por su pinta de estudiante de intercambio en busca de apurar sus días de libertad en un país extraño. En ese momento le pareció que era la chica que mejor conjugaba una cierta garantía de sexo fácil, con un aspecto no demasiado desagradable. Vestía unos pantalones de raso negro, color que unido a la típica oscuridad de los garitos ayudaba a disimular las siluetas menos agraciadas, una camisa blanca que llevaba cuidadosamente desabotonada para mostrar un potencial ciertamente importante, y unos zapatos chúpame-la-punta sobre los que parecía sentirse cómoda. Aquella impresión general confirmó a Tirso su idea de que en los buenos colegios de pago, debían inculcar a sus alumnas desde que eran pequeñas la utilidad de explotar un buen escote y de saber andar con soltura sobre tacones. Todo ello encaminado a desenvolverse con soltura en el mundo de la empresa, por supuesto. El look antitético respecto de lo que se veía normalmente por el 24 por Segundo, se completaba con un collar y unos pendientes de perlas.

Tirso se acercó a ella con un inicio de conversación preparado en tres idiomas diferentes, pero por desgracia, en cuanto Laura abrió la boca se dio cuenta de que no era extranjera. Ninguna de las opciones le llenaba, pero si tenía que elegir, prefería una pija exótica a una vulgar pija autóctona. Decidió seguir adelante y conformarse con lo poco que aquella extraña noche en el coto del 24 le ofrecía, sin duda animado por el desbordante escote que lucía sugerente a pocos centímetros. Tirso no se arrepintió de la decisión porque Laura resultó ser una chica realmente simpática y educada. Simpática y educada como sólo podían serlo las mujeres que habían recibido una educación de primera. Toda ella emanaba esa especie de tranquilo saber estar que hacía que cualquiera a su lado pareciera un bárbaro incivilizado. Hablaba sin dejar de bailar, lanzando miradas de complicidad a sus amigas y colocándose con un movimiento estudiado y con clase el pelo por detrás de la oreja. Media hora después, fue ella quién de forma elegante, sugirió a Tirso que la acompañara a casa.

Si Tirso hubiera sido aficionado a poner nota a sus amantes, sin duda Laura hubiera quedado entre las primeras, confirmando el dicho de que las gorditas son más agradecidas. Desde el primer momento se mostró activa y complaciente, tal vez sabedora de que la mejor forma de contrarrestar sus kilos de más era exprimiendo al máximo al hombre que tenía enfrente. Las otras dos formas eran acudiendo a la liposucción que tenía programada para dentro de un mes y utilizar el poder de seducción de la fortuna de su padre. Tirso tuvo que emplearse afondo para no verse calcinado por la fogosidad de aquella chica y por su inusitado fondo físico. Después de un maratón carnal de cinco horas acompañado de la inevitable batería de caricias postcoitales, la voz de Laura le sonó a música celestial cuando indicó que se iba a la ducha.

 

Después de pasar otra hora en la cama como el que va a la mina a trabajar, Tirso pudo escapar dejando tras de si la vana promesa de que la llamaría. Salió del portal y el ajetreo de la ciudad le envolvió sin compasión. Empezó a caminar hacia la marquesina del autobús con los ojos medio cerrados para atenuar la luminosidad de aquella mañana de agosto. Notaba la cabeza palpitante, apunto de estallar. Por suerte el bus no tardó en aparecer. Subió todo lo rápido que pudo y cayó derrengado en uno de los últimos asientos, dispuesto a hacer el viaje durmiendo. Pero en cuanto cerró los ojos supo que no iba a poder ser. Había demasiado alboroto como para conciliar el sueño. La mayoría de los otros pasajeros eran niños dicharacheros que iban acompañados por adultos que interpretaban su papel dominical de padres. Tirso los miró con una mezcla de odio y desesperación, deseando que todos se bajaran en la siguiente parada y le dejaran en paz.

Cerca de él había un hombre más o menos de su edad que iba hablando con su hijo de unos cuatro años. Hastiado, aguzó el oído para enterarse de la conversación. Pudo escuchar por encima de su dolor de cabeza y del motor del autobús, como el padre enumeraba entusiasmado todos los animales que iban a ver en el zoo. Mientras, el crío  seguía el discurso de su progenitor con los ojos abiertos como platos. En ese momento y para su propia sorpresa, Tirso sintió un repentino e inédito interés por ser padre. Sintió cierta envidia por aquel hombre que podía disfrutar de la fantasía y la inocencia de su hijo aunque fuera una vez en semana, por aquel tipo de su edad que tenía cosas realmente importantes en las que gastar las mañanas de domingo. Él, en cambio, llevaba diez años empleándolas en volver a casa a duras penas, con el organismo al borde del colapso y el alma cada vez más vacía. Estuvo apunto de considerarse un desgraciado, un niño grande incapaz de quemar etapas, de asumir que la paternidad era algo inherente al hombre y que lo mejor era abrazarla cuanto antes. Pero reaccionó a tiempo. En ese momento y mientras miraba como el padre le señalaba algo por la ventana a su hijo, Tirso pensó en la maravillosa sensación de libertad que experimentaba cada vez que llegaba el viernes por la noche. Aquel hombre podía tener los domingos, pero al él nadie podía quitarle los viernes.
29/10/2007 01:55 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 6- Tirso Hay 6 comentarios.


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