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27/11/2007
7- Tony

La televisión continuaba monologando ajena a que nadie la prestaba atención.
Se encendió un nuevo cigarrillo y pegó un vistazo al triste aspecto de su piso de recién independizado. Pensó que tal vez debería colgar algo en las paredes, algo que indicara que allí vivían seres humanos en lugar de androides, pero descartó la idea. No merecía la pena, ya no. Miró a su derecha mientras exhalaba el humo de la primera calada y la observó. Se había quedado dormida apoyada en el reposabrazos sin decir ni una palabra. El sofá era pequeño, pero en aquel momento a Tony le pareció más largo que la mítica ruta 66. Sí, ella bien podría estar en Chicago y él en Los Ángeles. Jugueteó un momento con la tapa de su viejo zippo y se recostó en el incómodo respaldo. Cerró los ojos, era hora de hacer contabilidad.
Al poco rescató uno de sus recuerdos más antiguos, de cuando tenía seis años y estaba con el antojo de ser futbolista. Vivir del balón era un deseo común entre todos los chicos de su edad, pero él se entregó a la causa con una determinación inusual en alguien tan joven. Durante los tres o cuatro meses en los que la idea monopolizó su cabeza, no dedicó ni un minuto de su tiempo libre a otra cosa que no fuera el fútbol. Pasó horas y horas correteando por la plaza del barrio detrás de una pelota con el vecino débil y enfermizo del cuarto, sin duda el mejor sparring que podía conseguir para ponerse al nivel de los jugones de su clase. Renunció gustoso a las copiosas meriendas que le preparaba su madre y que solía devorar frente al televisor. Lo hizo para estudiar con ojo clínico los vhs que su padre tenía grabados con partidos de la liga, convencido de que todos los esfuerzos por mejorar en el manejo del balón tarde o temprano tendrían su recompensa. Y es que con seis años, el pequeño Tony ya había descubierto como funcionaban las cosas.
En el mundo de los adultos, el deporte había dejado de ser una actividad lúdica e inocente y se había convertido en todo un sistema de intercambio de emociones desorbitadas. Los deportistas de elite y especialmente los futbolistas, tocaban el cielo cada vez que ganaban un partido o conseguían un título, recibiendo cantidades ingentes de admiración y reconocimiento. Eran los semidioses de la era moderna, los elegidos para disfrutar todo lo que una persona en el fondo podía anhelar.
Por otro lado, en el cruel mundo de los niños de seis años, el deporte también tenía una importancia capital. Él lo sabía por experiencia. Si uno era chico, aparte de por la marca de las zapatillas, el estatus social dentro de la escuela se repartía fundamentalmente por lo bueno o malo que uno fuera en los deportes. Poco importaba ser inteligente, educado o buena persona; ser una nenaza con el balón equivalía a convertirse en poco menos que un apestado que nadie quería cerca. Tony tardó en comprenderlo, pero después de que el capitán de la clase le dijera con una risa condescendiente que prefería jugar con uno menos antes que tenerle en su equipo, se desengañó. Asumió que su pésima coordinación nunca le permitiría alcanzar la gloria a través del fútbol, y llegó a la conclusión de que lo mejor era recuperar cuanto antes las meriendas frente a alguna serie de dibujos animados.
Apuró el pitillo y viajó hasta el inicio de su adolescencia. Casi pudo experimentar la mareante sensación de tener el cuerpo repleto de hormonas en ebullición, cuando recuperó el recuerdo de si mismo tirado en la cama del cuarto. Era un cubículo diminuto y sin apenas luz natural, pero al fin y al cabo era su espacio sagrado, su torre de marfil desde la que contemplar la rutina de la ciudad dormitorio en la que había crecido. Era el sitio donde tratar de encontrar las respuestas a las mismas preguntas que se planteaban todos los púberes del mundo.
Yacía concentrado en la lectura de uno de los cientos de comics Marvel que había conseguido comprar sisándole sistemáticamente las vueltas del pan a su madre. Cada uno de los ejemplares tenía entorno a las treinta y dos páginas, pero a Tony le duraban como si tuvieran quinientas. Observaba las viñetas con parsimonia, deleitándose con cada uno de los trazos, valorando la composición de la imagen, examinando el color y las sombras exactamente igual que haría un crítico de arte en una pinacoteca. Y es que para Tony, el noveno arte estaba a la altura de la pintura o la escultura, y tenía muy claro que cada uno de aquellos cuadernillos bien merecía cinco o seis horas de su vida.
De esa forma pasó la mayoría de su tiempo entre los once y los quince años, rodeado de mujeres desproporcionadas vestidas con leotardos de colores y hombres enmascarados con capa. Tony abrió y cerró un par de veces la tapa del zippo y recordó con una media sonrisa en los labios cuantas veces había deseado desarrollar poderes superhumanos. Durante aquella época había sido muy normal que nada más abrir los ojos cada mañana, se examinara esperando encontrar alguna señal de mutación. Solía mirarse con atención en el espejo del baño no fuera que le hubiera cambiado el pigmento de la piel. También intentaba levantar objetos pesados para comprobar si había adquirido algo de superfuerza, o probaba a calcular la raíz cuadrada de algún número de veinte cifras buscando un atisbo de inteligencia hiperdesarrollada. No es que aquel Tony adolescente, inseguro y algo apocado, hubiera perdido el juicio antes de conseguirlo. No, más bien al contrario. Era plenamente consciente de lo vano de su deseo, de lo absurdo que era intentar traspasar la realidad de un cómic al mundo real. Sabía que esperar ser el primero en dar un salto evolutivo hacia un nuevo estadio humano era una estupidez; pero una estupidez tremendamente sugerente en la que valía la pena creer, que bien merecía una enajenación más o menos transitoria. Y así pasó días y días, fantaseando con la pregunta de cómo utilizaría sus superpoderes mutantes, pensando en lo maravilloso que sería ser el causante de los vítores y aplausos de una nación que había sido salvada de la destrucción. Aquellos pensamientos le duraron hasta que el interés por el sexo irrumpió de forma furibunda en su cabeza y se cansó de quemar los días como un imbécil pensando en milongas. A pesar de todo, tuvo que pasar bastante tiempo antes de empezara a identificar los dejavús como tales, y no como signos inequívocos de una especie de clarividencia.
Tony ajustició al televisor y echó mano de un nuevo cigarro para continuar haciendo balance de su biografía. Últimamente fumaba como un carretero, aunque cada vez le gustaba menos. Pensó en cómo se había entregado a la inevitable tarea de encontrar pareja siendo adolescente, en cómo aquella etapa se había cerrado con una colección de intentos torpes terminados en fracaso, con la noble excepción eso sí, de alguna que otra victoria mediocre pero satisfactoria. Pensó en todas las cosas que había hecho por conquistar el corazón o el útero de alguna mujer, pensó en todos los cumplidos, en todas las veces que se había mordido la lengua, en toda la generosidad que había desplegado en forma de regalitos o invitaciones. Pensó también en la stratocaster que había comprado no con el amor a la música como principal motivación, sino convencido de que era una inversión que le proporcionaría el favor de alguna que otra groupie.
Pero el futuro había pasado de largo como un cartero con demasiada prisa, dejando tras de si una saca de expectativas sin cumplir. Ni había destacado en los deportes, ni había desarrollado ningún talento especial. Ni se había convertido en un buen guitarrista, ni había ligado gracias a la fender. El tiempo había certificado que era un tipo angustiosamente normal, entendiendo la normalidad como algo más cercano a lo mediocre que a lo socialmente aceptable. Y por si fuera poco estaba el tema del cierre de la tienda de discos, la puntilla definitiva a sus aspiraciones de vivir de algo que no le matase cada mañana.
Amandine cambió de postura sin despertarse, encogiéndose de nuevo como un gato que duerme bajo un cielo invernal. Tony la miró. Era cierto que su vida había sido la quinta esencia de las vidas insulsas, pero ella sola se había bastado para llenarla de momentos mágicos, para convertirle en el hombre más feliz de la Tierra. Pero también ella sola se había encargado de joderlo todo sin miramientos. Pegó una profunda calada y recordó contra su voluntad el principio de todo:
El tiempo se detuvo cuando su rostro apareció en el recuadro de la web cam. La Tierra dejó de rotar, la hierba dejó de crecer, la ley de la gravedad quedó suspendida. Tony se quedó en silencio, aturdido, experimentando el mismo sentido de la maravilla que debieron saborear los que lograron la primera conversación telefónica de la historia, los que pudieron hablar con un Yuri Gagarin en plena órbita terrestre. Todavía guardaba el regusto de la primera vez que utilizó un chat con éxito. En aquel entonces, le pareció algo sorprendente el poder escribir en un teclado, lanzar un mensaje a la red y recibir una respuesta coherente a los pocos segundos. Pero la videoconferencia era otra cosa, algo que traspasaba la barrera de lo asombroso y rozaba lo mágico. Era un sistema menos enigmático, menos evocador, pero también con un potencial mucho más grande.
Mientras la mente de Tony funcionaba a toda máquina para asimilar los acontecimientos, una cara preciosa le sonreía expectante. La imagen era oscura y pixelada, pero no lo suficiente como para empañar el rostro níveo y armónico de Amandine, sin duda el más bello que recordaba. Para Tony, aquel retrato en movimiento era la plasmación misma de la belleza enmarcada en una ventana dispuesta a ser colgada en algún museo; y sin saber cómo ni por qué, se había colado en su monitor para conversar con él. Ella parecía relajada, cómoda con la situación de mostrarse ante un extraño, como si lo llevara haciendo toda la vida. En cambio él estaba desconcertado. Hasta un segundo antes de ver la imagen de Amandine en la pantalla, habría apostado a que la persona con la había estado hablando por msn era en realidad alguno de sus amigos con ganas de cachondeo. Pero no, Tony comprobó para su regocijo que el nick con el que había estado conversando era más genuino de lo que había imaginado.
Había contactado con ella por casualidad cuando navegando por una página de literatura y sin saber por qué, se animó a participar en un foro sobre El Nombre de la Rosa. Allí intercambió varios mensajes con una tal PrincesaSur, dando lugar a una conversación que meses después se descubrió totalmente falsa ya que ninguno de los dos había leído el libro de Umberto Eco, y que a petición de Amandine, pronto se trasladó al msn. Así fue como Tony descubrió en una misma noche, el funcionamiento de las videoconferencias y al amor de su vida.
PrincesaSur resultó ser Amandine, una dulce estudiante extranjera de veinticinco años que apuraba sus últimos meses en la ciudad mientras terminaba su tesis sobre cuidados oncológicos, y que también, sin saber por qué, se sintió movida a alabar en un foro un libro que no había leído. Una semana después de aquel encuentro virtual, Amandine y Tony se conocieron físicamente y consumaron el amor que se habían prometido desde la tercera noche. Cuatro meses más tarde, se trasladaron a un pequeño piso que habían alquilado contra la voluntad de sus familias y de todo sentido común.Amandine dormía plácida, aparentemente inofensiva igual que una leona bajo un árbol en plena sabana. Hinchaba y deshinchaba con dulzura su caja torácica perfectamente esculpida. Una caja que era capaz de desatar más dolor que la propia caja de Pandora. Tony la observó con una mezcla de resentimiento y ternura, de tristeza y melancolía. ¿Pero tenía lógica sentir melancolía de algo que había sucedido apenas unos meses antes? No, esa era otra consecuencia más de haber creído en algo que se había esfumado tan rápido como había llegado, de haber intentado levantar un edificio sin dedicar tiempo a los cimientos. Se acarició mecánicamente la perilla mientras pensaba en que por el bien de la humanidad, debía consagrar su vida a explicar a las nuevas generaciones los peligros de enamorarse por Internet, a alertar sobre lo fácil que era perder el juicio, a denunciar con determinación lo ilusorio que resultaba todo en la Red. Sacó un cigarro de la cajetilla y se lo llevó a la boca, pero antes de que el filtro tocara sus labios sintió asco. Lo rompió por la mitad y lo lanzó con furia contra el televisor inerte mientras una lágrima le recorría el rostro para morir en las profundidades de su barba desgreñada. La volvió a mirar con ira, con un rencor que crecía con cada parpadeo, odiándola por haberle engañado con otro tipo a la primera de cambio, por querer abandonar el piso a la mañana siguiente. En ese momento Amandine cambió de postura sin despertarse, acomodando su cabeza a pocos centímetros de la pierna del que había sido su novio. Tony continuó mirándola sin dejar de llorar en silencio. Luchó con todas sus fuerzas para no hacerlo, pero finalmente su mano se posó sobre su cabeza y comenzó a acariciarle el pelo.
Bastó una décima de segundo para que todo el rencor se esfumara. Era una sofocante noche con luna llena y allí sentando, en un apartamento que nunca llegaría a convertirse en su hogar, Tony comprendió que si podía tocarla, podía ser feliz.
Que nada más importaba.




