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8- Alex | Los Amigos de Peter Pan

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19/12/2007

8- Alex

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Aquella noche le apetecía sentirse guapo; lo necesitaba.

Se repitió mentalmente que lo que vería sería de su agrado. Se enjuagó la cara, se secó con una toalla áspera como la primera palabra en un domingo de resaca y levantó la vista para encontrarse con el espejo. El truco resultó y se vio guapo. Mientras se lavaba los dientes con fruición, dedicó unos instantes a meditar sobre lo maleable que era la percepción humana. Apenas unas horas antes se había visto a si mismo como un tipo escuálido, vulgar, con un rostro demasiado asimétrico con rastros de acné. Pero la imagen que le devolvía el espejo tras salir de la ducha ya no era tan desoladora. La sugestión funcionaba, por suerte. Los rasgos de su rostro estaban lejos de encajar con el patrón establecido por Hollywood, pero existía la posibilidad de que resultaran atractivos para el tipo mujeres que le interesaban. Alex no tenía los labios carnosos, ni los pómulos correctamente perfilados, ni la barbilla ancha; pero sí contaba con unos ojos grandes y algo saltones, unas pestañas largas, un par de hoyuelos que afloraban al sonreír y unos dientes bien colocados que habían aprendido disciplina a base de ortodoncia. No era Robert Redford pero tampoco quería a una Audrey Hepburn, no porque no le gustaran las mujeres espectaculares, sino porque sabía en que división debía jugar. Sabía que con su metro setenta era absurdo intentar rascar bola en la NBA. Eso era algo que más o menos había aprendido a base de tortas, a base de ensayo y error, exactamente igual que el resto de seres humanos. Salvo llamativas excepciones, los modelos eran para las modelos, los guapos para las guapas, los feos para las feas, los gordos para las gordas y así sucesivamente hasta cubrir el espectro de la belleza humana. Las cosas eran así, la naturaleza mostraba su mecánica con una contundencia que asustaba y el que no lo asumiera, estaba avocado al fracaso.

Alex se enjuagó la boca y fue hasta el dormitorio intentando averiguar cuantos puestos por delante de él estaba Eva en el espectro de la belleza, consciente de que lo suyo con ella tenía mucho que ver con la suerte, o con una anomalía en el todopoderoso sistema que regulaba las relaciones interpersonales. Abrió el armario con decisión, agarró dos perchas con ropa y las tendió sobre la cama. Pensó durante un buen rato en que ponerse, asediado por la necesidad de tomar una decisión racional y correcta. Finalmente se decantó por el conjunto de vaquero oscuro y camiseta ajustada de rayas rojas, y comenzó a vestirse con el tipo de excitación que sólo se experimenta cuando se acude a una primera cita con una mujer.

 

En el salón, Eva aguardaba con una vistosa pero exigua cena a base de elaborados canapés. Parecía que otra vez tocaba acostarse con hambre. Como muchas mujeres, era aficionada a las cenas minimalistas, y casi siempre resolvía el trámite de ingerir alimentos por las noches con algo de embutido bajo en grasa, fruta o productos lácteos supuestamente beneficiosos para el tracto intestinal. Aquellos diminutos bocados, que llevaban la perfecta factura de todo lo que hacía Eva, estaban a años luz de lo que Alex entendía como una cena en condiciones, pero también eran la plasmación culinaria del mimo y el cariño hacia el otro, y desde su punto de vista, bien valían que se tuviera que acostar con hambre todas las noches.

–¿No te gustan cielo? –preguntó Eva después de que Alex se diera por saciado al tercer canapé.

–Me encantan, pero no sé que me pasa que tengo el estómago cerrado.

–Malo entonces, con lo que tu eres para las comidas.

–Bueno, será que al final tienes razón y he aprendido a no cenar tanto.

–Ojalá fuera eso –comentó mientras amontonaba los platos semivacíos–. Lo mejor es que vayas al médico el lunes mismo, no sea que tengas algo chungo.

–Anda, las ganas que tienes de que la diñe dejándote toda mi fortuna –dijo tras pegarle un pellizco en el culo a Eva mientras marchaba a la cocina con los platos sucios. Tan sólo iba vestida con unas braguitas blancas de encaje que le resaltaban las nalgas morenas.

Alex giró la cabeza y su tenue sonrisa se disolvió mirando la pantalla del televisor. Una joven reportera informaba entrecortadamente desde el césped de un estadio de fútbol. Se replegó en sus propios pensamientos sin prestarla atención. Estaba nervioso por la cita, tanto como para casi no haber probado bocado. Tal vez no merecía la pena complicarse la vida, o tal vez sí. Se repitió una vez más que no estaba haciendo nada malo, pero su estómago no pensaba lo mismo. Alex probó suerte, pero rápidamente comprobó que no le era tan fácil malear la percepción en este tema como en las cuestiones de imagen.

 –Hazme un sitio, gordo –dijo Eva tras regresar de la cocina. Se tumbó en el sofá apoyando la cabeza en el regazo de Alex y cambió de canal sin pedir opinión. Tras hacer zapping durante varios minutos, se plantó en un documental sobre las deficiencias del sistema sanitario –¿Me haces cosquillas?

–Creo que no tengo alternativa.

–No, no la tienes –dijo Eva entusiasmada mientras se giraba para dejar su espalda al descubierto. Alex estiró la mano y comenzó a tocarla casi de forma inconsciente, sin apartar la mirada del televisor ni la atención de sus cavilaciones. Aquella era una labor que llevaba desempeñando años como un autómata, y casi se había olvidado del privilegio que suponía poder tocar aquella piel tersa y suave. Era culpa del marchitamiento que sufren todos los actos cotidianos por el mero hecho de serlos, del poder que tiene la rutina para restarle valor y atractivo a todo lo que se tiene a mano. Acarició una y otra vez la espalda de una Eva cada vez más relajada, leyendo en braille con las yemas de los dedos los poros de un cuerpo bello pero que ya no podía ofrecerle ni un ápice de misterio. Movió la mano sobre la arista de su costado, recorriendo la cordillera de sus costillas, y descendió lentamente hasta tocar uno de sus pechos. Sus pechos. Redondeados, turgentes y coronados por unos pezones pequeños y elegantes. Los tocó, primero despacio y luego con firmeza, movido por el irrefrenable bienestar que siempre le había causado aquel tacto. Notó como el bello de Eva se erizaba, cómo se le endurecían los pezones. Alex estiró el brazo hasta llegar a sus braguitas húmedas, y comprobó excitado como su novia le ofrecía entrar en ella abriendo las piernas. Un movimiento generoso y de rendición que significaba el triunfo para todo aquel hombre que sitiara el cuerpo de una mujer. Eva abrió los ojos, se incorporó y comenzó a besar a Alex con pasión mientras le apretaba la mano fuertemente contra su vagina.          

–Lo siento –dijo Alex frenando en seco. No podía seguir. 

–¿Qué pasa cariño?

–Tengo que irme.

–¿Ahora? Venga hombre, acaba lo que has empezado –dijo Eva con ternura, pero a Alex aquello le recordó a su infancia, cuando le obligaban a terminar un plato de comida a pesar de no tener hambre. 

–Cielo, llego tarde al trabajo.

Eva giró la muñeca para ver el reloj. Suspiro, ahogó su deseo y dijo:

–Vale, vete, que tienes que ganar dinero para la pequeña Nayara, venga cuando venga –el reproche quedó claro–. Pero no me gusta que trabajes en fin de semana.

–Ya sabes como es este trabajo, tenemos que estar ahí fuera los fines de semana. Es cuando las mentiras se multiplican. 

 

Por algún motivo, las tormentas le seguían de cerca. De nuevo estaba dentro del coche, esperando, y de nuevo el cielo se vertía sobre su pobre ford de más de doscientos mil kilómetros. El ruido que hacían las gruesas gotas al chocar contra el techo de hojalata se integraba perfectamente con el tema de Diana Krall que sonaba en el interior. El jazz no le gustaba especialmente, pero había supuesto que tal vez a ella sí.

Afuera, el sediento asfalto aún caliente no daba abasto con el chaparrón, y los primeros charcos importantes comenzaban a formarse en la calle. Un perro escuálido y empapado cruzó la calle con la lengua fuera, olisqueó dos de las ruedas del ford y siguió voluntarioso con la búsqueda del amo que a buen seguro le había abandonado días atrás. Había infidelidades, e infidelidades. Alex se quedó mirando como el perro se perdía entre unos cubos de basura atestados, preguntándose que coño tendría de malo su coche que ni los chuchos se dignaban a mearlo. En ese momento la puerta se abrió y una figura esbelta se coló apresuradamente en el interior.

–Vaya tarde, eh –dijo la mujer.

–Sí, este verano no hace más que llover, o al menos eso me parece a mí.

–Tiene su encanto eso de calarse hasta los huesos, ¿no? –tenía la melena rubia completamente empapada.

–Supongo.

Silencio. La mujer se desabotonó la gabardina negra y se apartó los mechones que tenía pegados al rostro. Un rostro que tras la conversación protocolaria sobre el tiempo reflejaba tensión.

–¿Lo tienes? –preguntó la mujer  con un hilo de voz, con la vista perdida al frente.

Alex abrió la guantera y sacó un sobre marrón. Se lo tendió. La mujer lo sostuvo en sus manos durante unos segundos, como si estuviera tomando la decisión más importante de su vida. Finalmente tensó la mandíbula, rasgó el sobre y extrajo las fotografías que había en el interior. En ese momento Diana Krall comenzó con cry me a river, y Alex cayó en la cuenta de que tal vez la música estaba demasiado bien escogida. Pero no alargó la mano para poner otro tema. No lo hizo porque estaba absorto observando a la mujer, expectante ante el efecto que podía causar el fruto de su trabajo. De alguna manera eso le hacía sentirse poderoso, casi como un guionista que sabe de antemano cuales serán las emociones de sus personajes, como el piloto del enola gay que sabe del poder de la bomba nuclear que va a lanzar.

Tenía el rostro ovalado, níveo, sin arrugas a pesar de rondar la cuarentena. Parecía una muñeca de porcelana, de esas que tienen la cara blanca, los ojos grandes y los labios muy rojos. Al principio Alex no observó ninguna reacción externa. Era como si aquellas fotografías que miraba con atención no fueran con ella. Pero estaba convencido de que por dentro se estaba desmoronando. Finalmente una de las fotos terminó por fundir su semblante de hielo. Era una en la que se veía a su marido junto a una chica luminosa, comprando lo que parecía una cuna de bebé.

La primera lágrima brotó con una fuerza inusitada, y tras ella, llegó un llanto más caudaloso que la tormenta que seguía golpeando el techo del ford. Se tapó el rostro con las manos, tal vez por pudor. Tal y como había sospechado, Alex se sintió irremediablemente atraído por aquella mujer desecha, por aquella persona que sentada en el asiento de su coche, acababa de recibir un balazo en el corazón. Sabía que era extraño, tal vez enfermizo, pero eso no evitaba que se sintiera fascinado al contemplar a una mujer vulnerable. Quería decirla una par de palabras que la reconfortaran, que la hicieran olvidar al cabrón que la había engañado. Sí, el podría hacerla sentir bien, él tenía ese poder y ella le necesitaba. Quería consolarla, tocarla. Y eso fue lo que hizo.

 Sus manos tomaron el control y se aferraron a las de la mujer. Su rostro quedó al descubierto. Tenía los ojos rojos por el lloro y el rimel corrido. Interrumpió el llanto y le miró sorprendida. Tenía los dedos calientes y temblorosos, casi tanto como el corazón de Alex.       

–¿Cómo te llamas? –preguntó Alex lanzado en su locura.

–Lucía.

–Todo saldrá bien, Lucía –y agarrándole la cara con ternura, la besó.

Apenas duró un par de segundos, pero pareció mucho más. Ella tardó en reaccionar, y cuando lo hizo, fue de forma suave. Se separó lentamente de Alex, introdujo las fotos en el sobre y abrió la puerta para salir. Una vez fuera miró un instante al interior, y sin decir una palabra, comenzó a caminar apresuradamente bajo la tormenta.   

La puerta quedó abierta, y Alex pudo escuchar el repiquetear de los tacones de Lucía contra el asfalto empapado. Estaba confuso, embriagado por el beso y corroído por el remordimiento. No sabía que hacer, que sentir. Pero una cosa si tenía clara.

Que aquel hombre gris se había ganado un escarmiento.
19/12/2007 16:12 Autor: losamigosdepeterpan. Enlace permanente. Tema: 8- Alex Hay 9 comentarios.


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